ÉPALE 241 CRÓNICAS

 POR ANDER DE TEJADA / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Uno es débil frente al prejuicio, y más a los 13 años: el gordo no sabe de defensa personal callejera; el playboy, el fortachón, con el peinado endurecido por los geles y la actitud de relacionista público sabe, o debería saber.

Previamente, por supuesto, una aclaratoria: en los mundos del bachillerato el saber sobre defensa personal no tiene nada que ver con las técnicas especializadas del kung-fu, el kempo o el jiu-jitsu, sino de pelear efectivamente con la intuición, en un movimiento que aspira parecerse al boxeo pero que se parece más a la natación. Esto, además, con ciertas reglas que ya sabemos machistas, con el objetivo de tener una disputa disque de caballeros: nada de agarrarse, nada de jalarse el pelo, pegarse desde atrás o impactar las gónadas que encarnan, en sí, el honor.

Ese día estábamos en una cancha de fútbol ubicada en un colegio de Los Ruices. Teníamos que jugar contra un equipo del municipio. Antes, se había disputado otro encuentro de los mismos equipos pero en sus categorías mayores. Salimos a la cancha y nos ubicamos en nuestras posiciones, cuando la categoría superior del equipo contrario estaba tomando agua en los bebederos ubicados al lado de la banda izquierda. El partido se demoró, entonces, porque el abandono del campo solo era realizable a través de una puerta en la banda contraria. Por ende, para llegar a ella, había que pasar por encima de la cancha.

Cuando los jóvenes del otro equipo pasaban frente a nosotros, al delantero centro de nuestro plantel se le encendió el instinto de cacería y sus ojos recorrieron la turba como si se trataran de un escáner. Entonces, cuando tuvo su víctima avistada, dejó que su personalidad de pelo engominado y su rostro estirado se manifestaran con plenitud.

—¡Gordo! —sonó en la cancha entera.

Pero el gordo no volteó.

—¡Gordo marico! —recorrió la grama.

Pero el gordo siguió caminando.

—¡Gordo güevón! —como un taladro en la oreja.

Y el gordo se mantuvo impávido ante los llamados ofensivos. Miró hacia otro lado, incluso lanzó al aire la palabra “¡déjame!”, que, en el mundo bachiller, también denota cobardía. Nosotros pensamos que el playboy de nuestro equipo lo tenía bajo control, que lo tenía ganado, pero al pequeño hombre se le ocurrió extender el oleaje de injurias y algo dijo relacionado con la mujer que parió al gordo. Algo como:

—¡Gordo, que tú mamá es no sé qué vaina! —como un zancudo en madrugada.

Y el gordo, a quien no llamaría así si me supiera el nombre, debido a que siempre estuve a favor de él, se volteó como nadie se hubiera esperado, se le plantó en la cara al playboy y se cayó a coñazos dignamente. Vi los puños volar de lado y lado. Vi las mejillas blandiéndose por los nudillos del otro. Escuché sus respiraciones a medida que el círculo estándar se formaba alrededor de la disputa. Y entre el miedo que uno siente al ver dos seres humanos agrediéndose, me sentí lleno de adrenalina y de vida: por algo vemos boxeo, kick boxing y UFC.

La pelea se acabó con la irrupción del árbitro. Este árbitro no dictaminó el vencedor de la disputa. El gordo se fue llorando, pero con el honor por el cielo. El playboy salió expulsado del partido que ni siquiera había iniciado. Se fue asustado, decepcionado, sobándose la mejilla que el gordo había hecho suya. Si de reglas del bachillerato se tratase, sería un empate técnico, un estado común de tablas, y bien sabemos que el empate puede saber a la victoria más bella o a la derrota más amarga. Para el gordo, seguro que fue la primera.

 

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