ÉPALE254-TRAMA COTIDIANA

TRAMA COTIDIANA POR RODOLFO PORRAS

Voy por la cuarta palabra de este artículo y puedo hacerme de la imagen de su publicación en Épale CCS, al lado de otra columna. Ese es su destino natural. Cuando se escribe un poema, un cuento, una noticia el escritor está pensando, seguramente, en una revista, un periódico, una hoja suelta, una página en internet o, tal vez, proyecta el texto para que conforme, al lado de otros, un libro. Quien escribe una novela o un sesudo tratado sobre cualquier cosa entiende que el destinatario natural de ese escrito es un lector tras un grueso libro.

No pasa igual con quien escribe teatro. Está enfocado en unos muy pocos lectores: los actores, los directores y las otras personas  que conforman la parafernalia del oficio teatral. El libro no es el destino natural de una pieza dramática, es el escenario. El público final del texto teatral es el espectador, alguien que va a escuchar y ver lo que cuenta el dramaturgo, lo que cuenta el director y lo cuentan los actores: una historia cuyo referente inmediato es un texto desarrollado con técnicas, estructuras y formas para ser contado de esa manera. El libro, para el escrito teatral, es un accidente, una estrategia de difusión, un tanteo para que algún director o grupo teatral se anime a montarla.

Resulta paradójico que una pieza presentada ante el público cumpla un periplo natural y deseado; sin embargo, el establecer una relación perecedera, efímera  con el espectador no le otorga al material escrito un espacio en la Historia. El texto y la puesta cobran, más bien, un espacio en la cotidianidad, en la mención casual o en la conversación a fondo, detrás de unas cervezas, un café o cualquier otro brebaje que ayude a rememorar y valorar lo que se acaba de presenciar.

La escena apunta a la memoria, el libro  apunta a sumarse a la Historia. Memoria e Historia son dos formas de recuerdo. Ambas imprecisas, sesgadas por la visión de quien escribe o recuerda. Pero el libro, como la expresión más acabada del lenguaje escrito, por su condición de permanecer, tiene mucho más prestigio y credibilidad que el lenguaje oral, siempre dinámico y perecedero. Por ello todos recordamos a los dramaturgos y olvidamos a los directores y los actores.

Hasta los muy legos en materia teatral dicen, de vez en cuando, la primera línea del monólogo del Tercer Acto de Hamlet, pero nadie podría mencionar a alguno de los actores que, en la época isabelina, pronunció el monólogo completo, independientemente de la maestría con que lo haya hecho ante un público ahíto de drama, sangre, chistes gruesos y frases profundas.

ÉPALE 254

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