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POR ANDER DE TEJADA / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Se puede decir de René Higuita que fue un loco. Si se le mira, efectivamente, es lo primero que se piensa: con el pelo crespo y largo y con una cara de estarse divirtiendo siempre, paseaba con naturalidad el campo, como aquella especie de jugadores de fútbol que juegan como aprendieron a jugar y no por el dictamen inamovible de una táctica.

Se podría decir que proviene de otro tiempo, de cuando el fútbol no estaba convertido en la multimillonaria industria que es hoy y los jugadores, además de ser productos con precios, dejaban asomar en el campo lo que les quedaba de humanos: muchos analistas del deporte viven en una nostalgia perpetua por recordar los tiempos en que el fútbol tenía aquello de la lealtad por la camisa y el purismo por el juego. Curiosamente, el dios financiero que es la industria también se lucraba en ese entonces —aunque con cifras menos groseras que ahora—, pero la noción del arraigo futbolero tenía más que ver con la pasión que con los números en la cuenta. En esta época de lógicas postmodernas en torno al deporte rey —sobre todo en las principales competiciones, en donde no hay un gran relato como simbolización del juego, en donde no hay disputas idiosincráticas ni regionales, en donde hay una obvia diferenciación entre la política y el deporte—, ¿qué es lo que se extraña?, ¿la falta de pasión del futbolista?, ¿o la crítica es a la aceptación que hoy en día hace el jugador de su condición de producto?

Higuita era del grupo de los viejos. Desarreglado, feo, loco como efectivamente lo tilda su apodo, capaz de volarse la pseudomoralidad táctica que sostiene que el portero es un jugador que realmente no se involucra en el campo; capaz de gritar, de saltar y de hacer una acrobacia absurda e innecesaria solo porque, de pronto, le provocó. En esta época, en que el futbolista es un megaatleta con una vida rígida, robotizada por el concepto que debe encarnar un deportista, ¿dónde cabría Higuita?, si era un tipo que tenía amistad con Pablo Escobar, que pasó tiempo en la cárcel y que se metía perico; si, al final de todo, no se dejó llevar por el estado acomodaticio del deporte sino que, en cierto modo, vivió el destino del latinoamericano pobre que se encuentra de frente con grandes cantidades de dinero y el prestigio de toda una nación; además, en una época convulsa del país neogranadino.

Recordamos el movimiento del alacrán: el arco que forma con la cola es previa al ataque, al picotazo, al veneno, a la muerte. René doblaba el cuerpo de la misma manera. Parecía levitar durante unos segundos con la barriga paralela al suelo y, de pronto, sus piernas se doblaban hacia atrás y hacían un arco arácnido que permitía que los talones —¡hay que echarle bolas!— fueran los que rechazaran el balón. Una jugada estúpida, innecesaria, pero inmensamente bella. Como algunas cosas en la vida, como ciertos comentarios, ciertos pasajes literarios, ciertas transiciones musicales e, incluso, ciertas personas.

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