POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE256-FILO Y BORDETendría entonces unos 15 años cuando por primera vez me llamaron doctor. Fue por la esquina de San Pedro donde un señor con saco y pajarita me dijo: “Buenos días, doctor”. Me reí. No tenía otra opción. Sabía que mi apariencia apenas alcanzaba para el certificado de educación primaria y para nada más. Me acostumbré a ver a ese hombre saludar a todo el mundo así, otorgando el título de “doctor” a quien tuviera de frente. Un día le pregunté la razón y me respondió que “doctor” podía ser cualquiera y que lo difícil era llegar a ser “señor”.

Un tiempo después me tocó trabajar en una organización internacional que tiene su sede en Hungría. Allí, entre otros compañeros, estaba un mexicano al que todos llamaban “Licenciado”. Indagué el porqué de esa denominación y me enteré que era costumbre popular en México llamar “licenciado” a todos los trabajadores de la administración pública y “señorita” a todas las trabajadoras. Ya no me gustaba desde antes el título de “doctor” y allá, en Budapest, rodó el de “licenciado”.

Cuando regresé a Venezuela me puse a estudiar eso que Paulo VI llamó “comunicación social”, cuando yo quería solo ser periodista. Lo hice consciente de que me exponía a obtener una licenciatura, pero siempre le dije a todo el mundo que solo aspiraba a obtener mi patente de corso. En esos años ya trabajaba como periodista y, en consecuencia, era perseguido y constantemente regañado por el Colegio Nacional de Periodistas, que exigía que solo se contratara personas colegiadas.

Pedro Chacín decía que si se amarraba un burro por cinco años en la chaguarama que está en la puerta de la Escuela de Comunicación Social de la UCV, al final del quinquenio recibiría el título. Tardé unos años más que el burro, pero al final tuve que pasar por el Aula Magna, esperar pacientemente a que tocara mi turno, para luego arrebatar el título de las manos del rector de turno y retirarme de allí, ofendido, sin darle la mano a nadie.

No sabía entonces de una de las tesis del teórico italiano Giovanni Sartori, quien sostuvo que “hemos fabricado, con los diplomas educativos, una lumpenintelligencia, un proletariado intelectual sin ninguna consistencia intelectual. Este proletariado del pensamiento se ha mantenido durante mucho tiempo al margen, pero a fuerza de crecer y multiplicarse ha penetrado poco a poco en la escuela, ha superado todos los obstáculos con la ‘revolución cultural’ de 1968 (la nuestra, no la de Mao) y ha encontrado su terreno de cultura ideal en la revolución mediática”.

Es decir, han fabricado este mundo dirigido por muchos mediocres titulados por la universidad, cuyo vacío intelectual solo puede expresarse de manera radical.

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