“El mareado perdido”

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

Ocurrió una circunstancia en los días de las dos reseñas del tango “Los mareados”, de Enrique Cadícamo (en su segunda versión), que comentamos en esas entregas. Resultó ser que se nos enfermó Juli, nuestra flamante ilustradora, y su trabajo llegó tarde, por lo que tuvimos que usar una gráfica de emergencia; pero era tan linda la imagen, como todas las suyas, que convine guardarla para usarla en algún momento de falla digital sobrevenida; y quedamos en nombrarla “El mareado perdido”, por lo que si ya lo están leyendo algo debe haber pasado. Jejé.

Así que “revolviendo el guiso quemado en la olla”, como diría en Chamuyando tangos el doctor Eduardo Giorlandini, quien mencionara que más cercano a la verdad habría sido el título “Los encurdelados”, a lo que yo le agregaría que pudo haberse llamado también “Los emburdelados” porque el tango tiene su acta de nacimiento en burdeles, lupanares y, por supuesto, en el cabaré. Vale decir que chamuyo es una voz del lunfardo que se aplica al discurso de un hombre para llevar a la cama a una mujer, e incluye también la conversación trivial que hacen las personas ¡para llenar los huecos del silencio! Y aunque también se cuenta que el tango fue, en principio, bailado por hombres, quién quita que a más de uno le hayan chamuyado en la nuca. Comentarios homofóbicos aparte, y con el perdón de la concurrencia por especular con la historia, el chamuyero del doctor Giorlandini introduce otro elemento medio escandalizante, tal vez porque en su inicio se llamó “Los dopados”: el consumo de fármacos o sustancias estimulantes en las letras, pues no había ley que sancionara penalmente la ingesta de drogas como la cocaína, la morfina y el opio.

El fin de fiesta de este bienamado tango culmina como bien transcribió Juli en su preciosa ilustración, casi perdida: Esta noche beberemos porque ya / no volveremos a vernos más.

ÉPALE 377