El Mión de calle

Yo no sé a ustedes, pero a mí me desagrada mucho caminar por las calles y tener que saltar charcos de orina a cada paso. Ríos y ríos de miao regado por las aceras, avenidas, con su hedor inconfundible. No sólo es asqueroso, sino violento. Ya les voy a explicar por qué.
No es fortuito que la mayoría de los que se orinan en las calles sean hombres, y no sólo se trata de la facilidad anatómica que tienen para hacerlo. No es sólo eso. Tampoco tiene que ver con razones biológicas, justificarlo diciendo que es porque los “hombres no pueden aguantar tanto como las mujeres” es caerse a mentiras.
Las mujeres no nacemos con una supervejiga, todo lo contrario, requerimos ir al baño con mayor frecuencia que los hombres: cuando nos viene la menstruación o estamos embarazadas, por ejemplo.
Tampoco vengan con el cuento de que es por razones de salud o enfermedad, patrañas. La incontinencia también la padecemos las mujeres y, hasta los momentos, yo no he visto a las abuelas con las pantaletas abajo regando las veredas.
Las mujeres aguantamos las ganas de orinar porque nos enseñaron que debía ser así, porque desde pequeñas nos dijeron que levantarnos la falda y agacharnos en cualquier esquina a mear no es cosa de señoritas.
Por el contrario, a los varones se les inculca el dominio total de lo público, se sienten dueños y señores de todo el espacio que, por herencia patriarcal, es masculino. Las mujeres allí somos casi unas intrusas.
Esa es la razón por la que, para ti, hombre, resulta más fácil sacártelo en cualquier parte, ya sea un hospital, una parada de bus, un teléfono público, el Metro; cualquier lugar es bueno para desprender tus esfínteres, sin ningún tipo de vergüenza ni culpa.
Mientras tanto, el resto tenemos que aguantarnos los malos olores, las terribles manchas y, además, tener cuidado de aquéllos que, aprovechándose, nos acosan exhibiendo sus genitales o masturbándose en plena vía pública.
El mion de calle es un agresor: agrede el espacio público, no sólo de las mujeres, sino de niños, niñas, de todas las personas que habitamos las calles. Ensucia, afea, contamina. Es un problema de salud pública.
Muchas veces no es siquiera porque no aguanta más o porque es un adulto mayor con problemas de la próstata. La mayoría de las veces es por simple despreocupación, desinterés por el respeto ajeno, porque les da la gana, y punto.
Ni hablar de los que orinan en potes plásticos de agua o refresco y los lanzan a las orillas de las avenidas, semáforos y carreteras, convirtiendo las arterias viales en campos minados de bombas de miao.
Este fenómeno hediondo y grosero cuenta, además, con la complicidad social, pues son menos juzgados los hombres que orinan en la calle que las mujeres que amamantan a libre demanda.
Sabemos que en nuestras ciudades no abundan los baños públicos y que entrar a un bar o un restaurante muchas veces, como está la cosa, no resulta rentable si le piden consumir para usar el baño. Pero esto no debe ser un justificante.
¿Hay alternativas? Seguramente, siempre hay una manera de hacerlo mejor. Tal vez ayudaría una política pública que cree mayor número de baños accesibles para todos y todas, o un decreto que penalice a los miones de calle. La verdad, ninguna de las dos opciones sería suficiente si la conciencia colectiva no se transforma.
Mientras los hombres sigan asumiendo que son superiores a las mujeres y que el mundo les pertenece por el simple hecho de tener un pene; mientras la violencia, el descaro y la falta de respeto sea lo que domine, seguiremos chocando, una y otra vez, con la misma piedra; en este caso, con el mismo pozo que está en la misma acera.

POR Marielis Fuentes / @marielisfu/@mardalunar
LUSTRACIÓN JUSTO BLANCO