ÉPALE244- VIRGEN DE COROMOTO

POR MARLON ZAMBRANO •@MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

El mito que se teje en torno a la Virgen de Coromoto es el de siempre: una aparición milagrosa que emergió en una situación de reto espiritual, para advertirle a los nativos conquistados que solo la devoción los redimiría de sus penas y los encausaría hacia la absolución, Dios mediante.

Esta relación dialéctica tiene semejantes a lo largo del espinazo latinoamericano, donde el crucifijo regó con sangre y miedo los pastos mustios de la fe usurpada por un grupo de advenedizos barbados que llegó buscando la tierra prometida, apertrechados con armas de distinto calibre, incluyendo los cañones de la evangelización.

Aquí hizo su aparición beata, por 1652, cuando entrompó dos veces con un indio resabiado, el cacique Coromoto de la tribu de los cospes, por los lados de Guanare, Portuguesa; a quien exhortó al bautismo que, como se sabe, es el acto sacramental más elevado del recetario católico si se quiere ascender al cielo. El indio se negó y hasta le lanzó un flechazo a la aparición mariana, quien durante su segunda materialización le soltó un corotico en sus manos: una imagen dibujada sobre una pieza de algodón de apenas 2 centímetros de ancho por 2,5 centímetros de alto, que hoy permanece detrás del altar del Santuario Nacional Nuestra Señora de Coromoto, desde donde reina.

Coromoto, básicamente, es una rubia extraviada a la que la iconografía oficial representa como una muchacha caucásica sentada sobre una especie de altar, con velo y corona, sosteniendo en sus piernas a un bebé Gerber (Jesús) con las manos alzadas a modo de bendición. Esa divina estampa, en cualquiera de sus representaciones, acompañó el genocidio de la conquista que diezmó a la población nativa en 95%, solo durante los primeros 130 años tras la llegada de Colón.

Pero nos quedó la virgen y, lo que es mejor, el misterio de sus ojos. En marzo de 2009 se procedió a una operación de asepsia espiritual cuando, con permiso de la Conferencia Episcopal Venezolana, se iniciaron los trabajos de conservación de la reliquia. Lo que encontraron los expertos fue un estropicio. Lógicamente, luego de tres siglos y medio desde su aparición la imagen estaba fracturada, tenía hongos y una mancha de óxido en la cara.

Lo que vino luego fueron los prodigios: no solo se experimentó el blanqueamiento de la pieza sin utilizar químicos sino que algunos extremos rotos del soporte se modificaron por sí solos, sin necesidad de manipulación.

Los niveles de pH del agua donde se mantuvo sumergida la imagen para su recuperación arrojó ciento por ciento de pureza, y lo que más impresionó a los restauradores fue el hallazgo del análisis microscópico: los ojos de la virgen tenían vida.

En su ojo izquierdo (de no más de un milímetro de diámetro) se hallaron iris, cristalino y retina; mientras en el derecho (de igual dimensión) un iris con forma de mapa de Venezuela y, en el centro, la imagen de Jesús.

La figura de la virgen parece “dibujada” de un solo trazo con una tinta irreconocible y aparenta flotar en el aire, como atada de la superficie por hilos microscópicos.

Además, el rostro es el de una mujer que no tiene corona sino un penacho indígena y que está sentada, no sobre un trono, sino sobre dos columnas laterales de tejido de cestería indígena.

La pregunta que cabe: ¿y con esos ojazos no se enteró de los estragos que aquí armaron en su nombre?

ÉPALE 244

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