El personaje, la situación y el conflicto

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

El personaje tiene un hábito, consolidado por la práctica de más de dos décadas. No tiene dudas de que la vida hay que vivirla como él la vive. Sus amigos, más que amigos, son la constatación perfecta de que lo que hace y piensa está bien. Se considera a sí mismo un paradigma. Está satisfecho. Su rutina le causa una complacencia indecible, al mismo tiempo le es cómoda… tal vez demasiado cómoda. Se levanta a eso de las 7. Después de hacer pipí, se cepilla los dientes, se lava la cara con agua fría, se mira fugazmente en el espejo. Cree saber qué es lo que se ve por esa ventana antipática. Desayuna una taza de café negro, con poca azúcar. Desde que vive solo ha sido así. Va a su lugar de trabajo. Realiza algún tipo de actividad administrativa para dar cuenta de su puesto como asesor jurídico. Como siempre escasean las asignaciones, pasa la mañana rondando el filtro de agua, la cafetera, el pasillo y dando cuenta de cuanto sabe, de cuanto cuenta y de lo atinada que ha sido su visión jurídico social… siempre, eso sí, deja colar lo mal que lo han entendido; y lo asombroso, casi una persecución, el hecho de no ser llamado para cuestiones importantes del acontecer político y judicial del país. A mediodía va a casa de su hermana, quien lo espera con el mismo almuerzo, de lunes a viernes, desde el día en que su mujer lo dejó. De allí a la plaza. Dicta cátedra, caza alguna que otra discusión de la que, invariablemente, sale vencedor. Esto le ocupa la tarde y un pedacito de la noche. Cuando lo que alumbra son los faroles, inicia su tercera jornada. A pesar de la crisis económica, pasa un buen rato en alguno de los dos bares a los que asiste día tras día. Llega a su casa. Se baña, se coloca un pantalón de pijama. Mira un poco de televisión para irse quedando dormido. Se levanta a eso de las 7…

Nuestro personaje está inmerso en una situación que se hace teatral cuando su modus vivendi se ve interrumpido por una fuerza superior. Digamos que una cuarentena. Entonces, el mismo levantarse a la misma hora cobra un sentido revelador: ya no lo espera la oficina en la que casi no hace nada. La taza de café se le transforma en una lupa, no habrá otro café a media mañana, ni charla alrededor del filtro de agua, ni asombro por el descuido en los órdenes superiores administrativos con respecto a su persona. Ahora no hay almuerzo en casa de la hermana, ni mucho menos discusión en la plaza, ni visita al bar acostumbrado. Así que o cambia o la no nada de cada día, durante 20 años, se le echa encima. Eso lo convierte en un personaje de Chejov.

ÉPALE 367

Previous article

Incitatus

Next article

La vida y la muerte