ÉPALE 225 PICHONES 4POR NATHALI GÓMEZ @LAESPERGESIA / FOTOGRAFÍAS MARYORI CABRITA

No es la primera vez que entro a La Posada de Cervantes. La barra, junto a mis amigos, había sido mi lugar. Freddy De Freitas nos preparaba cocteles y ponía en Youtube la música que pedíamos. Hoy decidí, junto a Maryori, la fotógrafa, subir al segundo nivel para sentarnos a comer. Ya no tengo veinte.

Sentadas al fondo, me siento en un barco. Hay tablones de madera, un pasillo largo donde caben 22 mesas y dos pantallas inmensas que pudieran servir para ver el mar. Freddy llega y me saca del ensueño: “esta es mi casa”. Habla con nosotras un rato y sigue en su faena: atender a los clientes, complacer sus pedidos, correr de un lado a otro y subir y bajar escaleras.

Nos pregunta sobre lo que deseamos ordenar. Le decimos que queremos pescado y enseguida, como un genio humano, corre y llega con  una catalana, ceviche de mero con tostones, una ensalada thai con pepino y aceite de sésamo y unas papas a la brava. A esta altura ya nos derretimos.

Antes de comenzar a deleitarnos, Freddy nos cuenta cosas asombrosas: cada semana va a las costas del estado Vargas por los pescados. Nos habla y muestra fotos de rarezas marinas como el chivo, el torito, la catalana, el obispo, el loro. Yo me atrevo y me como un ojo, pues solo los conocedores lo hacen, dice Freddy.

“El pescado que consigues aquí, no lo vas a conseguir en otra parte”. Le creemos. Además compra la leche, los quesos y los vegetales directamente en El Junquito.

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Cuando vemos las posibles combinaciones con las que podemos comer los pescados, contamos 22 maneras: a la plancha, poche, a la gallega, al ajillo, zarzuela, miel y limón, por solo nombrar algunas. Además, hay mariscos, carnes, arroces, sopas y ensaladas.

La comida del restaurante, que es de nivel alto, según nos explica, es cuidada en cada detalle. La frescura, la presentación y la posibilidad de preguntar sin que alguien ponga mala cara. Además, siempre hay sopa invitada por la casa.

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¿Por qué La Posada de Cervantes? Pues porque a principios del siglo XX hubo un busto de Miguel de Cervantes, en la plaza del mismo nombre, en la actual esquina de Plaza España. Dentro de la tasca hay reproducciones de El Quijote y un detalle que es el que más llama la atención: un rostro de bronce del manco de Lepanto en la puerta. Si pasa por ahí, tóquele la nariz. No se sabe por qué, pero tiene la punta desgastada de tantas veces que lo han hecho.  EPALEN225_21.indd

Freddy se despide. Ve la satisfacción en nuestros rostros. Lo abrazamos y nos dice: “Me gusta la cocina, no soy chef, soy gordito”.

 

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