POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE280-FILO Y BORDEA un historiador se le ocurrió escribir la historia del concepto del diablo. Es decir, no la historia del diablo en sí, sino la historia de la idea del diablo en distintas etapas de la cultura occidental. El investigador se llama Jeffrey Burton Russel, nacido en Estados Unidos, y en el proceso descubrió que era imposible entender la idea del diablo sin contraponerla a la idea de Dios. Su investigación me resulta de especial interés cuando trato de entender la obligación a la que me somete el primer mandamiento, el que me indica que debo amar a Dios sobre todas las cosas. Aunque la redacción del mandamiento es clara, uno entra en contradicción cuando nota que Baltazar Porras, mi abuela, mi tía y mi papá tienen percepciones distintas de qué o quién es Dios. ¿Es el mismo Dios el de Torquemada y el de Camilo Torres?, ¿el de Juan Pablo II y el de Ernesto Cardenal?, ¿el de Baltazar Porras y el de Arturo Sosa? Que me perdone Dios, pero tengo la sospecha de que se trata de dioses distintos y de que esas concepciones tienen consecuencias teológicas, sociales y culturales.

En sus estudios, J. B. Russell indica que el dios del Antiguo Testamento, probablemente, fue comprendido al inicio como un dios del trueno. Si así fuera, nuestro Elohim, o Yahvé del Antiguo Testamento, estaría emparentado con la idea de Thor y la de Zeus, es decir, habría sido comprendido como la fuerza cotidiana más imponente de la naturaleza. En esa etapa, en la del Antiguo Testamento, estábamos en presencia de un dios protector pero también vengativo. Aquí sí escribo una blasfemia, y la asumo: era un dios capaz de cometer crímenes de lesa humanidad, como el asesinato de los primogénitos de Egipto, las siete plagas y Sodoma y Gomorra. Pero en el Nuevo Testamento ya Dios ha cambiado totalmente de enfoque. Se ha hecho un Dios amoroso, ha dado más libertad a la humanidad y se ha confrontado con el Imperio Romano, con los mercaderes del templo y con las autoridades religiosas judías.

El Dios de Baltazar Porras tiene su Catedral en Washington. El Dios de mi abuela tiene un pequeño altar en su cuarto. El Dios de mi tía es escoltado por ángeles que portan espadas sangrientas. El Dios de mi padre es su principal rival de debate. Hace muchos años que yo ando sin dios y sin diablo, pero como lo dijera muy claro E. M. Cioran: “Nadie está tan cerca de Dios como un ateo”. Si creyera en Dios en estos días, sería muy ortodoxo en mi apego al dios del Nuevo Testamento. Sin embargo, conservaría del Antiguo la noción de que es inseparable de la naturaleza. Es en ese sentido que asumo como mío el primer mandamiento, porque amar a Dios sobre todas las cosas es amar al planeta, a la humanidad, a los pobres y tener disposición para la paz y para una vida en comunidad.

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