ÉPALE 241 MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Vivo en una casa que es un experimento. Como la construí en un terreno inestable es probable que en el próximo deslave, o monumental derrumbe en la montaña, la casita se fracture o termine en el barranco de atrás. La casa donde vivo se va a caer en algún momento de este año, de esta década o de este siglo. Y esto, les juro por mi madre, no lo veo como un problema.

La casita es copia, homenaje o caricatura del arca de José, un proyecto monumental de José Rondón que cobra vida, por allá, en los páramos merideños. José comenzó a hacer esa casa a los 85 años; ahora tiene 101 y mantiene su filosofía esencial: no va a terminar nunca de construirla, porque gente que se echa a descansar la vejez, gente que “se retira” se tulle, pierde el tono muscular y la elasticidad de todos los órganos, incluido el cerebro. José es, probablemente, el tipo más lúcido que conozco. Y como José no es nómada (aunque la edad no lo ha obligado a desmovilizarse sí le exige dejar de andar dando vergajazos por la carretera) uno no concibe a la casa sin ese amigo ni al amigo viviendo fuera de esa casa.

La decisión de hacer mi casa con eso que el capitalismo industrial nos obliga a llamar “basura” tuvo su origen en un breve aprender las bondades del barro, en el arca merideña y en la convicción de que en el capitalismo la casa es un problema. Epa: no dije que la escasez de vivienda sea un problema, no: dije que la casa es un problema. En un sistema donde ese objeto tan sustancial al ser humano no es un derecho sino una mercancía, tener una casa o desvelarse pensando en cómo comprar una se convierte en el dolor de cabeza más recio y largo de nuestras vidas.

Hace poco le oí a Walter Lanz un proyecto que por ahora solo existe en su cabeza, pero que debería ser patrimonio de todos nosotros. Reúna a un grupo de muchachos de 8 a 12 años de edad. Dígales: “Miren, ustedes algún día van a tener que irse de la casa de sus padres y van a necesitar una casa suya, de ustedes. Bueno, vamos a hacer algo con eso el día de hoy: agarremos estas varas de guafa real (una variedad de bambú, el mejor para construcción), vamos a sembrarlas en el lecho de este río o quebrada. Dentro de 15 años ustedes van a venir aquí y van a podar varias de esas guafas, que entonces serán varias docenas y medirán entre 8 y 15 metros cada una, y con ese material van a hacer sus casas. Y ese mismo día, cuando tengan de 20 a 30 años, sembrarán las guafas que sus hijos usarán cuando estén grandes”.

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Les hablaba de mi casita sentenciada a muerte y les decía, llenándome la bocota, que eso no va a ser un problema (a menos que esté dentro cuando sobrevenga el derrumbe). Hoy la habito mientras la voy inventando, padeciendo y disfrutando. Es una casa rara, portátil o desarmable. Una parte de ella ya existía cuando llegué a habitarla (una casita rural, de bloque y cemento, que compré en 50.000 bolos en 2013, cuando por ese precio apenas podía comprarme tres pantalones y media docena de camisas) y luego le agregué un anexo de madera, botellas, materiales desechados. Como es la casa de un nómada, mi casa no pretende permanencia ni inmortalidad sino adaptación a los coñazos de la vida y la naturaleza; así que, llegado el momento, rescato los materiales que pueda rescatar y procedo a hacer otra casa en otro lugar. Y esa será más bonita y, probablemente, más duradera porque será producto de un aprendizaje previo.

Mi casa es un accidente; la vida es eso que transcurre mientras recorremos ese y otros accidentes.

 

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