El que le pega a la familia, se arruina

 

POR MARIA EUGENIA ACERO COLOMINE / ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ

“La libertad de expresión es un bien escaso. Sería terrible dejar a los fanáticos marcar los límites”.
Salman Rushdie

Si bien Oriente, aparentemente, es más entendido en las lides espirituales y posee un ritmo de vida más pausado e integrado con la fe, a la hora de que se metan con su cosmogonía arremeten con furia infernal.
Así le pasó al escritor indio Salman Rushdie (1947). Ya llevaba rato haciendo ruido con Los hijos de la medianoche (1980) y La sonrisa del jaguar (1987). Pese a haber sido obras de ficción, el autor se dedicó a hacer denuncias sociales y políticas que ya lo tenían marcado en las altas esferas del Medio Oriente.

A punto de arribar a los años 90 (la última década del siglo XX), el entonces joven provocador se lanzó la obra que lo catapultaría y, al mismo tiempo, constituiría soga para su garganta: Los versos satánicos (1988).En aquel entonces Irán e Irak estaban en conflicto y Estados Unidos pescaba en río revuelto. Este tipo de obras representó echar leña al fuego del escándalo que buscaba, justamente, satanizar todo lo que oliera a musulmán.

Para cualquier cristiano mortal, o simple lector, el argumento de tan controversial novela se asemeja a El séptimo sello de Ingmar Bergman o al Fausto de Goethe.

El argumento de Los versos satánicos va así: dos supervivientes caen al mar: Gibrel Farishta, un legendario galán cinematográfico, y Saladin Chamcha, el hombre de las mil voces, autodidacta y anglófilo furibundo. Consiguen llegar a una playa inglesa y notan unos extraños cambios: uno ha adquirido una aureola y el otro ve con horror cómo crece el vello de sus piernas, los pies se le convierten en cascos y las sienes se abultan. Así, un relato fantástico ironiza sobre los principios fundamentales de la fe musulmana y hace sorna del profeta Mahoma. La historia está tan bien relatada que le da la vuelta al mundo… y alarma, de manera fatal, a las altas autoridades del islam.Al pobre Rushdie no le quedó otra que esconderse por 13 años. De hecho, el ayatolá Ruhollah Jomeiní le pone precio a su cabeza y sus libros dejan de ser vendidos en Pakistán, Arabia Saudita, Egipto, Somalia, Bangladés, Sudán, Malasia, Indonesia y Catar. La persecución le costó al autor su matrimonio y un duro aislamiento social. Incluso, uno de sus traductores, Hiroshi Igarashi, terminó asesinado en 1991 por “haber apoyado una obra blasfema”. Otros de sus traductores y un editor también fueron atacados. El autor optó por confirmar su fe musulmana y pedirle perdón a todos los dioses, pero lo que nunca le perdonaron fue el oprobio de haberse metido en la ficción con el papá de los helados del islam.

Llegamos a los tiempos actuales y vemos cómo en el mundo, y en Venezuela, la prensa denuncia dictadura y oprobio contra sus dardos. Recordar a este autor ayuda a reírnos de nosotros mismos.

ÉPALE 342

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