raspadito

Amigos, amigas, venimos a este mundo tan, pero tan limpios que cuando nacemos no solo no tenemos dinero: ni siquiera tenemos bolsillos. Conforme vamos creciendo empezamos a tener cosas: zapatos, pantalones, camisita, vestidito. Y esas cosas van cambiando también, haciéndose más complejas. Con el paso de la edad nuestras cosas son capaces de contener otras cosas: bolsillos, morrales, cartucheras; saquitos que adentro llevan metras, creyones, libros con muchos colores, juguetes, y así.

Y vamos creciendo y acumulando un bojote de corotos, pero aunque tengamos mucho más de lo que teníamos al nacer seguimos estando limpios y siendo las más inocentes, bonitas y puras representaciones de la pelazón.

El espíritu infantil es capaz de inventar las más ingeniosas y audaces soluciones para los problemas cotidianos. Un cerebrito nuevo, inventor, y en bastantes casos temerario, es capaz de arriesgar el cuero o la tranquilidad de su barriga inventando una chuchería para merendar en caso de emergencia. De modo que como los adultos aprendemos constantemente de los niños, he aquí una receta de chuchería casera extrabaratísima y muy nutritiva: el raspadito de jugo de cualquier cosa.

¡RASPAO!, ¡ RASPAO!…

Las palabras rebotaban en las hojas de los árboles a la salida de su escuela con sabor a tamarindo, granadina, limón y naranja. Ella, de alma muchísimo más limpia que su barato morral de lona gris, miraba a otros niñitos con sus coloridos morrales de muñequitos comprándose el condenado helado, pero como no tenía ni un soberano picado por la mitad ni una moneda de la reconversión de 2007, para meter el paro con el raspadero y salir corriendo antes de que se diera cuenta, tomó el camino a su casa sin preocuparse de más ni envidiarles los raspaos a los otros.

Sonriente, caminando por alguna transitada calle caraqueña, donde las cornetas de los carros suenan de fondo entre campanitas de heladero, ladridos de perro y brisa fresca que baja del Waraira Repano, va pensando en una solución, al estilo “hágalo usted mismo”, para su antojo vespertino. Al llegar a su casa almuerza la comida que le hizo su mamá y se pone a dibujar un rato hasta quedar dormida. Más tarde se despierta, lee un poquito, hace algo de la tarea sin muchas ganas y, cuando le suena la barriga a la hora de la merienda, sale camino a la nevera, abre el congelador y de él saca una gavera de hielo aparentemente igual a muchas otras gaveras de hielo corriente, pero que guarda un secreto que la hace muy especial: a la hora del almuerzo, en lugar de tomarse el jugo de parchita, la niña lo vertió en esa misma gaverita de hielo a la que ahora recurre y dejó que la nevera se encargara de hacer su trabajo mientras ella hacía la siesta.

Coloca los cubitos de hielo de parchita en la licuadora y al encender el aparato se tapa los oídos para no escuchar la batalla de las aspas contra el hielo. Segundos después, sentadita frente a la televisión, se regodea de su infinita creatividad y piensa que tal vez algún día pueda vender su receta en la entrada de la escuela.

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