POR STAYFREE / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE288-SOBERANÍAS SEXUALESLa necesidad fisiológica más controvertida, tanto por sus restricciones como por sus tentaciones, viene a convertirse ahora, también, en la mejor medicina terapéutica a través de sus anécdotas.

EL NEGRO DEL WHATSAPP

Estaba yo en una discoteca en la barra y me meneaba sentado en la silla mientras me tomaba un roncito bien rico, aunque era una discoteca de heterosexuales yo me sentía divino. Entonces, allá, en la pista, veía a un negro altísimo bailar con una catirota; en eso, el negro mostró su talento metido en el pantalón: una especie de anaconda bien tonificada y dura. Me di cuenta que era el negro del WhatsApp que estaba bailando en la discoteca.

Yo me anime tanto que empecé a tratar de hacer contacto visual con el negro. Me puse a bailar de lo más sexy y hasta me monte en la silla,  pero el negro se negaba a verme o se hacia el loco. El negro salió con la catira, pero yo estaba tan eufórico que pague la cuenta y me fui detrás de ambos. Mientras los seguía, el negro le metía mano a la catira, besuqueándose en la calle; yo me babeaba, como hipnotizado por la imagen de su paquetón y me decía a mí mismo: Es el negro del whatsupp, es el negro, es el negro. Se metieron por unos matorrales muy oscuros y la tipa le decía cosas bellas al negro. Yo empezaba a impacientarme. Luego, la tipa se quitó la ropa y el negro se quitó la camisa; la tipa se acostó abierta de frente y el negro se quitó el pantalón y los interiores. Cayó una manguera grande y gruesa, del color de una morcilla.

La tipa se asustó y grito histérica: ¡Está bien, pues! Tú crees que me vas a meter eso, tú lo que estás es loco, chico. Si crees que eres un toro anda a cogerte una vaca. En ese momento yo vi la gran oportunidad de mi vida. Entre en escena, de espalda, mugiendo eróticamente: Muuuu, Muuu, Muuu.

LA MALA EDUCACIÓN DEL PICAPICA

Un embajador de esos países del norte de Europa contrató a una mujer adulta para que le sirviera de doméstica. El hombre, aunque mayor, era bien parecido; y la mujer, entrada en años, era una negra barloventeña muy capacitada y bella, pero muy mal educada. Sin embargo, entre ellos nació el amor y el embajador desposo a la negrita y esta se convirtió en dueña y señora de la mansión diplomática. Una tarde llegó el embajador, atareado con muchos paquetes y bolsas, abrazó a su mujer, que estaba con cholas, rollos, bata, tomándose un vaso de guarapita y fumando tabaco, y le dijo: Mi amor, nos han invitado a una boda. ¿Y pol qué tú no me dijiste nada?, cuidao con una vaina, respondió la mujer. Tranquila negra, ya te traje la ropa y lo que vas a lucir. Pero, eso sí mi amor, te pido que te comportes, que no hables, que no te muevas. Calladita y a mi lado eres una verdadera diosa. El embajador miró al techo, como esperando una respuesta dura: Güeno, tá bien. Yo polque quiero rumbiá hoy, pero a mí no me gusta esa lavativa conmigo. Así, se fueron a la iglesia. Minutos antes de la unión de los novios la negrita comenzó a rascarse la cabeza, con elegancia, pero un poco fuerte. El embajador le decía que fuese discreta, mas la negra se rascaba y se rascaba la cabeza perdiendo el glamour y las buenas costumbres. Al verla, el embajador le grito: ¡Discreta mujer!. Y esta le contestó: Qué discreta quieres que sea si lo que me pica es la cuca. Tras escucharla la novia se desmayó y el novio le prestó los primeros auxilios a su futura esposa, mientas todo era un caos y escándalo en aquella iglesia.

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