POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE290-FILO Y BORDEHoy la forma usual del Sexto Mandamiento es “No cometerás actos impuros”. Creo haberlo aprendido como “No cometerás adulterio”, aunque también sabía de la forma más cruda y simple: “No fornicarás”. En mi barrio se aprendía rápido y rudo.

Comprendo que es complicado explicar este precepto a niños en catecismo. La formulación tradicional obligaría a que se transformara en una iniciación distinta. “Actos impuros” evade la connotación directa y abre otras posibilidades.

Voy a referirme a la formulación que ya conocía. Es la más cercana al texto bíblico y se puede comprender más la necesidad de tal precepto en las condiciones históricas en que fue dictado, junto al resto de las normas contenidas en las tablas de Moisés.

Como cualquier otra forma normativa, apunta a mantener y acrecentar determinada formación social. En este caso, corresponde a la forja del antiguo concepto de Israel, en ese momento un pueblo pequeño, que acababa de huir de Egipto, donde había sido esclavo por 400 años, no tiene territorio y transita por una región que disputan diversos pueblos, con mayor experiencia y capacidad militar.

Es, además, sin atenuantes, una sociedad absolutamente patriarcal, en la que la propiedad, expresada en ganado y sirvientes, otorga poder y rango. La autoridad religiosa, económica, política y militar reside en el padre y es heredada por el mayor de los hijos varones, quien asume todos los derechos, que disminuyen gradualmente en la medida en que desciende la edad del resto de hermanos varones.

Esas condiciones requieren certeza sobre la descendencia para asegurar el traspaso, sin confrontación, de la autoridad y de la propiedad.

Algo sobrevive en nuestras condiciones, sobre todo en lo referente a la cultura patriarcal y a la propiedad. Todo lo demás ha cambiado.

Vivimos en una sociedad que otorga valor al Sexto Mandamiento y que, a la vez, utiliza la sexualidad como mecanismo privilegiado de ventas. Nos impulsan a una vida sexual sin límites que será por todos criticada y envidiada. No es fácil encontrar hoy a quien honestamente se sienta en condiciones de arrojar la primera piedra.

La formulación actual, el “No cometerás actos impuros”, eleva un poco más la exigencia. Desde la perspectiva cristiana el estado de “pureza” es imposible, portadores como somos de “pecado original”.

Frente a esto, provoca citar el poema de Nicolás Guillén “La pureza”, y reivindicar ante el mundo nuestro carácter de impuros.

Con todo, rescato para nuestros días, para nuestra cultura tocada por la noción de amor de pareja que no existía en los tiempos de Moisés que los actos de amor son mucho más intensos y más plenos y no requieren de la Iglesia, aunque tampoco le estorbe. Ateo como soy, en eso sí creo y en eso milito.

ÉPALE 290

Artículos Relacionados