El silencio de las gradas

Por Gerardo Blanco @GerardoBlanco65 / Ilustración Justo Blanco

El silencio atronador de las gradas es tan temible para el deporte como el propio coronavirus. Millones de aficionados continúan apartados de los escenarios deportivos, cumpliendo con el distanciamiento personal, mientras en algunos estadios se ensayan remedos de enfrentamientos sin una sola alma apoyando con su grito efervescente.

Los brasileños saben mejor que nadie lo que significa ese silencio atronador en las gradas. Ya lo escucharon en 1950 en Maracaná, cuando el segundo gol del uruguayo Alcides Ghiggia produjo ese lamento de muerte en el mítico estadio de Río de Janeiro. Años después, el propio Ghiggia repetía que sólo el Papa Juan Pablo II, Frank Sinatra y él habían sido los únicos que pudieron enmudecer al Maracaná. Habría que añadir un cuarto silenciador: el covid-19, que lo ha hecho con todos los escenarios del mundo.

Para que el deporte exista en estado de gracia, hacen falta almas sensibles en los estadios. Aficionados que repleten los graderíos, cuya energía enciende a los jugadores en el terreno con la misma pureza que los creyentes reviven al A Bao A Qu en la Torre de La Victoria en la India. Sin esa fe de los fanáticos en los estadios, el deporte es un gélido espectáculo televisivo con aficionados de cartón poblando los asientos; falsos gritos de apoyo reproducidos por los altoparlantes; y tomas en primerísimos planos para morigerar tanto vacío, como se puede apreciar en la liga de fútbol de Alemania.

Imaginemos lo que será un Caracas-Magallanes desprovisto de público en el José Bernardo Pérez de Valencia o en el Universitario. ¿Cómo se celebra un jonrón sin aplausos, sin la cerveza que reboza exultante en los vasos y sin el tumulto de jugadores esperando en el home play para abrazar al héroe de la jornada? ¿Qué pasará en el clásico Caracas-Táchira cuando un gol de último minuto defina el título, como el de Rosmel Villanueva en Pueblo Nuevo para sentenciar el torneo Clausura 2019? ¿Con un triple al filo de la chicharra de Heissler Guillent para matar la partida en la nueva Superliga de Baloncesto? Por los vientos que soplan, nadie estará allí en lo que resta de año para festejarlos.

Mientras la epidemia del covid-19 ronde por cada esquina, como un Pedro Navaja a la espera de potenciales víctimas sin mascarillas, habrá que adaptarse a la nueva realidad del deporte. Lo que nos espera son estadios silentes con jugadores que acudirán a la cancha para cumplir, burocráticamente, los contratos de transmisión de sus clubes. No se jugará para el hincha, el forofo, el tifosi o el fanático que empuja frenéticamente desde las gradas, sino para esos amigos invisibles que seguirán aislados, sin nadie con quien compartir la sagrada comunión del triunfo o la congoja insufrible por la derrota de su equipo.

ÉPALE 376