El símbolo

POR ARGIMIRIO SERNA / ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ

A lo largo de la historia hemos comprobado que los cambios son inevitables, pero también que la cultura tiende a protegerse, tanto en el caso de los imperios como de las culturas gestadas en la periferia. El cambio y la duración son dos tendencias opuestas que mantienen una tensión, la cual, frecuentemente, ocasiona enfrentamientos. Según el materialismo histórico, esas guerras tienen un motivo fundamentalmente económico y político: por los medios de producción. No hay rastros de la importancia de la paloma en este sentido, salvo por su cualidad hermética o mensajera amaestrada que regresa siempre a su origen. Como sea, el cambio entre la duración y el asalto de la vanguardia es como el caminar y la dialéctica misma. Ante esa condena discursiva de avanzar por prados frondosos y desiertos abrasadores hasta los márgenes de algún imperio avasallante, el arte hizo metáfora como la única forma de volar sobre tal menester hereditario, como es razonar hasta la confrontación. Y no solo en lo que convenimos en llamar Occidente.

OTRAS FUENTES DE UN MITO

¿Podían los indios aztecas o incas prevenir la llegada de los cognados idólatras católicos y protestantes con patente de colonización, secuestro y masacre por derecho teocéntrico? Tampoco las etnias periféricas arrastradas a las márgenes del territorio frondoso, salvaje, exuberante que después llamaron Venezuela y que ahora nos identifica a estos hedonistas, expresivos, politizados y caóticos que somos, pudieron predecir la invasión.

Según algunos estudios, todos nuestros orígenes nos transfieren el germen de una confrontación. Los temibles caribes significaron, por su cuenta, un azote para otras etnias autóctonas. Y resulta que también  aquí habían diluvios frecuentes, como el que vivimos hace un par de décadas. Aunque todavía no eran palomas propiamente, las aves ya poblaban el imaginario.

ORIGEN DE UN SÍMBOLO

A los efectos de cómo evoluciona un arquetipo hasta la paloma de la paz que ahora conocemos, los signos profundos (metáforas, analogías, metonimias, símiles, quiebres semánticos al fin) nos permiten vivir otros puntos de vista. Esa distancia que las aves marcan en el cielo respecto a la batalla en el suelo, incluso antes de la llegada de los espejos, la cruz, el arcabuz y sus dioses, quizá dieran investidura imaginaria de ángeles, extraterrestres o simples héroes paradigmáticos.

No deja de ser muy curioso que la resistencia más larga registrada en el continente proviniera de quienes convivían ya con parientes lejanos alados, en cuyos cuerpos lograban volar transmutados por ritos insoslayables. Los españoles parecían encontrar el sitio ideal para un enfrentamiento con ventaja como sucedió en Vietnam.

El sueño de volar es un anhelo humano, evidenciado en el imaginario de películas como Birdy de Alan Parker, en la cual su protagonista se refugia en una obsesión con las aves para evadir  la memoria de sus vivencias de esa guerra tan adulterada y tan asimétrica, anatema de la contracultura .

EL MITO EN UNA IMAGEN

Se dice que la paloma regresó al arca de Noé con una rama de olivo para significar la noticia de que se aproximaban a tierra firme. Así el mito bíblico desenlaza con esperanza el capítulo de la ira hídrica con que Dios castigó a sus descarrilados hijos del Mediterráneo. Dicha historia no deja de tener su correlato, o paralelismo, con cantos míticos autóctonos en los que el gavilán, el martín pescador y hasta el mismo cóndor representan formas de liberación y visión distantes, aunque no siempre pacíficas.

Las aves, en general, aunque protagonizan dramáticas e indolentes cacerías, escapan del enfrentamiento clánico del Homo sapiens, de homínidos y de primates, entre otros mamíferos gamberros y patoteros, gracias a una distancia prudencial desde la cual han podido asesorar, por vía de esos ritos que no podemos entender ahora, dibujos gigantes y lecturas más precisas de la bóveda celeste. Aunque este último es un vuelo imaginario
la ciencia no ampara tales metáforas, pero sí que los alados sean el último atisbo evolutivo de los arcaicos y colosales dinosaurios, seguramente da cuenta de su capacidad de migrar y sobrevivir a enfrentamientos territoriales.

EROS: ENTRE SÍMBOLO Y ARQUETIPO

Pero un arquetipo es un arquetipo, y no llega a nuestra memoria profunda sin la intervención del talento.

La significación de una paloma blanca como alivio de enconos, envilecimientos, empellones y escozores es una imagen recurrente que conforma esencias con su significado literal y metafórico, aquí y en cualquier otra parte donde se use lenguaje para comunicar mensajes complejos, como que se desee a la mujer del prójimo, por ejemplo. Con lo cual se suma al impulso de defender  nuestro libre albedrío patentado en las alternativas amatorias, la postmoderna sensación de segregación sexista. Cultura compleja que encuentra enfrentamientos como los debidos a Helena en el mito griego, inspirada en Afrodita, la diosa que tenía una paloma como mascota, con la que se describía su gran habilidad para enviar mensajes a dioses y humanos.

Pablo Picasso, eterno deseante de las mujeres, se dio a la tarea de pintar palomas recurrentemente durante toda su vida para consagrarlas en el imaginario colectivo como un símbolo, y más aún con esa crucifixión fantasmal, como un ave abatida en la premonición que terminaría de significar su famoso cuadro Guernica. De esa forma, la paz queda en nuestra memoria integrada al vuelo de musas con una técnica y la preferencia del creador por el amor y el eros ante la opción de la guerra.

EFECTO DE UN ARQUETIPO

Un ave poco rapaz denota nuestro rechazo a un enfrentamiento, hasta ahora impuesto por nuestra forma de pensar, pero que gracias al talento, ahora, para evitar un enfrentamiento, cuando la diatriba no se allana sino que más bien se calienta, expresamos nuestra desavenencia incontrovertible, simplemente levantando el dedo medio de cada mano, para asemejar esa parte del cuerpo masculino que ciertamente, desde ciertos ángulos, parece el alado en cuestión, como queriendo decir: Qué te parece mamaguaevo; mira cómo, mientras tú te quedas con la arrechera, yo me voy volando.

ÉPALE 344