El Sol, el niño Jesús y el otro albedrío

El nacimiento o pesebre de Belén que elaboramos cada año, con tanto esmero que hasta algunos tienen su riachuelo causando curiosidad en las visitas, es una expresión occidental de una manifestación universal que celebra el solsticio, o renacimiento, del Sol. Tal y como podemos corroborar, tanto en la astronomía más básica como con nuestra simple percepción, en la segunda mitad de diciembre el Sol detiene su caída hacia el Sur para comenzar su asenso hacia el zénit, en los meses centrales. Esa celebración ancestral nos conecta con el universo y la naturaleza. Así que el catolicismo sólo aporta una fábula histórico-mitológioca; en realidad, no es su propio rito.
La celebración precristiana —el cronógrafo, celebrada en Roma el 22 de febrero del calendario romano— se hibrida con la fábula católica en el día 25 de diciembre del calendario gregoriano. Ahí el Solis natus (nacimiento del Sol) cambia al Christus natus (nacimiento de Cristo). Es de notar que los visitantes al pesebre eran, en realidad, sabios, que no reyes ni magos. Este nombre de reyes proviene de una interpretación medieval. Desde una mirada simbólica, que ya no fueran sacrificios animales ni humanos, sino un advenimiento, resulta notable y hasta acto de resistencia; en el mismo contexto en que un obispo santificado, llamado Nicolás de Bari, establece una competencia simbólica por su altruismo y posibles milagros.
En el mismo siglo IV el papa Liberio ordena construir una iglesia en Roma, sobre el monte Esquilo, para escenificar el nacimiento de Jesús. De manera que se inicia como celebración pública lo que llamamos Belén, que viene de Lahamn o Bet Lahamn y que significaba “Casa del Pan”. Así, la simbología sigue cumpliendo propiedades de lo esencial, lo primigenio, el alimento base de la gente sencilla o silvestre que nace para enfrentar poderes y producir nuevos valores.
Fue hasta el siglo XIII cuando otro santo, Francisco de Asís, heredero de exitosos comerciantes, escenifica con actores al niño, a la virgen y al padre. La ocurrencia tuvo un márquetin tan acertado que al poco tiempo se hicieron grandes estatuas, luego más pequeñas, hasta que en décadas constituyó un rito familiar entre la clase social con acceso a formación cosmopolita. Supongo que son los cimientos de la burguesía. Y supongo que, por eso, este mismo santo estigmatizado habló del libre albedrío, concepto ambivalente que puede hibridarse y derivar en otros, como ahora sabemos que solía suceder entre ritos y dioses.
A nuestros días llega una simbología que puede representar una comunión múltiple entre la salida del Sol, la reunión familiar, lo femenino de María, la sabiduría de los tres sabios, la fuerza del trabajo (en la mula y el buey), el ángel (de quien hay opiniones indecorosas de lo que puede representar), el carpintero (constructor o arquitecto sencillo) y el niño Dios (o niño Sol). Aprovechar ese ritual de renacimiento para que olvidemos las arrecheras sucintas en una catarsis es una bendición divina. Que muchos empresarios adictos al dinero aprovechen de hacernos adictos al azúcar, entre otras mieses, es algo que debemos asumir con otro albedrío.
Hasta ahora, la mejor versión de esta escena la escribió Aquiles Nazoa y se llama “Retablillo de Navidad”.