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POR GERARDO BLANCO @GERARDOBLANCO65 / ILUSTRACIÓN RAUSSEO 2

La posibilidad del fracaso en el deporte es estadísticamente tan elevada que nadie debería asombrarse cuando un atleta de cualquier disciplina termina derrotado por el rival de turno o las circunstancias de la vida. El éxito en el deporte es una excepción a la regla y por ello la fascinación que generan las estrellas que de vez en cuando iluminan el firmamento deportivo. Tipos como Lionel Messi, José Altuve o Usain Bolt solo confirman que los caminos al triunfo deportivo son inescrutables.

Messi y Altuve estaban condenados de antemano a la derrota por su diminuta estatura. En el fútbol moderno, que sacrifica la habilidad en aras de la eficacia, Messi simboliza la invencibilidad del potrero. Lo que se aprende en las caimaneras aporta más que todos los conceptos tácticos de iluminados de la estrategia como Guardiola o Mourinho.

Altuve rompió el molde de los peloteros portentosos, formados en los laboratorios químicos de las hormonas de crecimiento y los anabólicos. Heredero de la tradición hiteadora de Teolindo Acosta, César Tovar y Víctor Davalillo, su talento en el terreno no necesitó de fertilizantes prohibidos. Ningún cazatalentos apostaba por un jugador que apenas se despegaba 1,65 metros del piso y que carecía de músculos para conectar con fuerza la bola. Pero el pelotero más chiquito de las Grandes Ligas ha puesto en órbita a los Astros de Houston con el combustible de sus tablazos. Tres títulos de bateo en la Liga Americana, 200 o más hits en cuatro temporadas consecutivas y tres jonrones en su primer partido de postemporada son un recordatorio de que Venezuela es tierra pródiga de pequeños gigantes.

El rayo jamaiquino Usain Bolt es otra rara avis. Su espigada estatura (1,95 metros), una pierna más larga que otra y la extrema pobreza que lo rodeaba auguraban un camino de espinas. Demasiado alto para brillar en los 100 y 200 metros planos, que exigen corredores con el centro de gravedad más cerca del piso; Bolt también tenía en contra la nacionalidad. Antes de su aparición, la velocidad era dominio exclusivo de los corredores estadounidenses. El linaje de estas pruebas había sido establecido desde los Juegos Olímpicos de Atenas 1896 por Tom Burke y la tradición se extendió en las zancadas de leyendas como Jesse Owens, quien destrozó en 10,3 segundos en Berlín 1936 el supremacismo ario; y llegó a nuestros tiempos en las piernas de Carl Lewis, primer bicampeón olímpico en el hectómetro. Pero las tres medallas olímpicas de Bolt en 100 y 200 metros planos, y sus récords de extraterrestre demostraron que el éxito suele dar una lucha descomunal para alcanzar metas imposibles.

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