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POR CARLOS COVA • @CARLOSCOBERO / FOTOGRAFÍAS CAMILLE BRICEÑO

ÉPALE276-CUCHITRIL 5Ciertas palabras desmerecen el destino que el diccionario les concede. “Cuchitril”, por ejemplo. Eufónicamente, ningún término que anteponga la raíz “cuchi” podría designar algo grotesco (siendo “cuchillada” la excepción de la regla). Más gráfico aún: siempre que a alguna persona se le extravían los adjetivos para calificar aquello que le resulta gracioso, gentil o delicado apela a este bisílabo sin etimología conocida. Perogrullo nos incita a aclarar en esta reseña que El Cuchitril es más “cuchi” que “tril” (corral), y el hecho de que sus socios optaran por este apelativo dice más de ellos, y de su ÉPALE276-CUCHITRIL 4lúdico sentido de los negocios, que de su propuesta gastronómica. En cuanto a esta última, resulta muy ambiciosa, y su lanzamiento definitivo se viene amasando largamente, como el mejor de los hojaldres. La experiencia que ahora nos ocupa supone el cuarto o quinto ensayo de campo, mientras la sede oficial afina sus innumerables y personalísimos detalles.

En esta oportunidad, el “express” de El Cuchitril ocupó uno de los coquetos tarantines dispuestos en el espacio de Ciudad Teatro del Parque Los Caobos durante el recién finalizado Festival Internacional de Teatro de Caracas 2018. La experiencia, por tanto, venía impregnada por el excepcional ambiente que la movida teatral trae aparejada, pero también por el olor fresco de los parques cuando reciben atención, por la música que acompañaba desde las tarimas dispuestas para la ocasión y por la emoción de un público visitante, asiduo o casual, que en el contexto debía sentirse invitado especial.

ÉPALE276-CUCHITRIL 2Ofreció en ese marco El Cuchitril choripanes al mejor postor, acompañados de un chimichurri de la casa que en el tiempo ha ido construyendo su propia leyenda. El costo sumamente asequible de este emparedado (Bs. 500) les garantizó ventas excepcionales durante la primera semana de operaciones. El segundo sábado del Festival, sin embargo, debieron echar mano a sus recursos en vista de que el proveedor de pan falló. Fue el día en que este “pichón” comparecía pleno de expectativas. No mermaron las esperanzas, a pesar, dada la alternativa que Mercedes Chacín, chef del lugar, ofreció: combo de punta trasera, chorizo y bollito asado. Lo ventajoso de su precio pudo medirse al compararlo con el que un suntuoso tarantín aledaño, en forma de gandola (¿o era lo contrario?), pedía por el de su respectiva parrilla. Una diferencia que justificaba sus mesas vacías y rictus hostiles.

Otro punto fuerte lo supuso la oferta de unos helados de vasito que causaron furor y que no más llegar, a la afortunada hora de los postres, se agotaron rápidamente. Se trata de unos sorbetes traídos del llano cuyo sabor justifica el laborioso y comprometido traslado por parte de Gustavo Mérida, el otro socio, que se demora en el cuento del heladero que, en mitad de la nada, confecciona los helados más gustosos que este cronista recuerda haber probado en mucho tiempo.

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