ÉPALE268-TROTA CCS

POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ • @CLODOHER / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Para que tenga efectos serios tanto físicos como psicológicos, es necesario que el trote llegue a ser como un vicio. Un vicio positivo, claro, pues no se trata de sufrir convulsiones o echar espuma por la boca el día que uno no corra. Tampoco así.

Todo el que haya tenido un vicio, sabe que la necesidad de ponerlo en práctica surge sin pensar y, lo que es más, se impone sobre cualquier razonamiento. Parece que fuera -y a menudo lo es- más fuerte que uno mismo. Cuando ya alguien está enviciado, suele preguntarse cómo fue que se convirtió aquello en una necesidad tan imperiosa. Casi siempre esto es producto de que el vicio en cuestión es la puerta de acceso a algún intenso -aunque por lo general efímero- placer.

En cambio, tiende a ser muy difícil convertir en hábitos las actividades positivas para la salud, como el ejercicio o la alimentación balanceada. Para repetirlas día a día hay que tener eso que llaman fuerza de voluntad, una expresión que, ¡uf!, de solo pensarla, uno se siente abrumado.

ÉPALE268-TROTA CCS 1Casi todos los que logran convertir el trote en un hábito lo hacen porque le han encontrado el punto de placer y, entonces, ¡oh, milagro!, opera en la psiquis igual que si fuera un vicio. Quieres repetirlo para gozar, a veces llegando al límite de lo que se considera normal o decente.

Sé de sujetos que cuando está lloviendo muy fuerte se fajan a correr por las escaleras del edificio, conducta que se ha convertido en tema de discusión en asambleas de condominio que, en cambio, no se horrorizan con otras conductas, como violencias domésticas o tremendas curdas escandalosas. Así es la gente.

También tengo un amigo que corre a las 3:30 de la madrugada y ha sido confundido con un alma en pena… Parecen aberraciones, pero no son conductas muy distintas a las insólitas maromas que deben hacer los fumadores en estos tiempos de ambientes libres de humo o a los increíbles actos de escapismo que realizan los ludópatas para ir al bingo a botar los reales de la familia.

De nuevo acá hay que sincerarse con los novatos: el punto de placer del trote no es tan explícito ni se llega a él tan rápido como ocurre con los vicios propiamente dichos.  No es como la cerveza que te atrapa desde el primer trago; o el chocolate, desde el primer cuadrito. Mucho menos es como esas drogas que sojuzgan a la gente desde la primera vez. Nada de eso. Lo habitual es que al trote se le agarre el lado placentero solo después de un tiempo. Una vez que se superan las molestias iniciales (justas protestas de un cuerpo oxidado y prematuramente envejecido), se pasa el umbral del deleite, y solo entonces se vive la experiencia de una borrachera sin alcohol, de una nota sin aquello que te conté.

Cuando corres por placer ya no necesitas hacer esfuerzo para levantarte e ir a cubrir la distancia que te guste, igual como el fumador no requiere de darse a sí mismo un sermón para convencerse de que necesita un cigarro.

Por el contrario, tal vez necesites ponerle un límite a la adicción, por más positiva que sea, sobre todo si en algún momento te das cuenta de que te está importando más que trabajar, estudiar o estar con la familia (¡la etapa superior del vicio, pues!). Quizá algún día habrá que fundar una Asociación de Corredores Anónimos. ¿Te imaginas la escena?… “Hola, me llamo Antonio y soy adicto a correr”.

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