El trotador sonreído (para Aquiles)

Por Clodovaldo Hernández • @clodoher / Ilustración Daniel Pérez

Un paréntesis para hablar de nuestro poeta Aquiles. Y tú me dirás, ¿qué tiene que ver el trote con el Ruiseñor de Catuche? Bueno, tal vez el trote no, pero Caracas sí, Caracas tiene que ver todo con él. Porque nuestro Aquiles era caraqueñísimo.

En su libro Caracas física y espiritual, dice Nazoa: “He aquí que me senté a escribir un libro sobre Caracas y lo que me salió fue un kaleidoscopio. No por el estilo, sino por los temas, mi libro a lo largo de su lectura irá dejando en el alma del lector un reguero de cositas pequeñas coloridas… desechos del tiempo cuyo destino es la diáspora y el olvido”. Y te voy a decir algo que tal vez parezca oportunismo, pero a través del trote un caraqueño de hoy puede mirar por ese caleidoscopio. A mí me ha pasado.

Mi lugar más caleidoscópico es el Cortafuego del Waraira Repano. Si subes a ese balcón montañés y lo recorres al trote verás en la urbe ese reguero de cositas pequeñas y coloridas que anunciaba el poeta.

Aquiles siempre destacó lo variable, inestable, mutable que era Caracas y lo destructivos que eran sus constructores (una paradoja muy poco poética). Los que hemos corrido a través de ella podemos dar fe de este fenómeno. Recuerdo mis primeros trotes en el inmenso descampado entre Antímano y Montalbán, donde ahora están la urbanización Juan Pablo II, el Cardiológico Infantil y seguimos debiendo el cardiológico de adultos. Aquel fue, probablemente, el último pedazo de tierra plana que quedaba por urbanizar en la metrópoli.

En mis recorridos por la ciudad he visto cambiar el paisaje: edificios que caen, edificios que nacen; aceras que se reducen, aceras que crecen; ciclovías creadas, ciclovías demolidas, ciclovías vueltas a crear; plazas restauradas y plazas echadas al abandono.

Tratando de ser como Aquiles, siempre habrá que empeñarse en ver el lado poético de la ciudad. Si él tituló su primer libro El transeúnte sonreído, por acá podemos empeñarnos en ser trotadores sonreídos. Y, como dice su poema sobre Don Anselmo, tal vez la historia no sea cierta, pero es algo bello, bello, bello.

ÉPALE 371