El último tango en París

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

¿Qué por qué metí en esta edición de xenofobia este filme erótico e inmortal, El último tango en París?… Confieso que no lo sé, tal vez por mis arbitrariedades impunes, a lo mejor por ignorancia o porque me dio la gana. Aunque me dé pena poner o todas las anteriores, debo decir que esta maravillosa película de Bertolucci, proscrita en su época aquella sociedad pacata de 1972, que no entendió el amor libre ni Woodstock ni el Mayo francés de 1968, fue en su momento perseguida y satanizada por el simple cariño de coger por el culo, con mantequilla, a la mujer amada.

Sexofobia anal, tal vez; pero también xenofobia.Porque cuando se habla de un último tango en París se está diciendo de ese sentimiento que se baila, como mencionaba Discépolo, una frase que lo “ultimiza” de la maravillosa ciudad; y es sólo la música del Gato Barbieri, ese saxo argentino del carajo, quien viene a salvar la jugada.

De los escándalos vinculados al cine, ninguno como aquella memorable película franco-italiana, El último tango en París, protagonizada por el gigante Marlon Brando (a sus 49 años) y María
Schneider (una carajita de 19 brincando en el trampolín de la fama). Pero como diría Miguel Ángel Ortega Lucas, de quien me encanta su nota curricular (Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Poca vergüenza’”): “No es el sexo, es la desolación lo que nos une. No es el verano, su constelación de pieles lúbricas como soles, como lunas en celo, lo que nos imanta el uno al otro: es el frío que traemos de antes, de mucho antes de cualquier invierno”.

Y tampoco es la mantequilla: es el diabólico y delicioso deseo, primitivo tal vez, de inventar algo diferente con un amor de paso; es la conversión de un miedo en deseo y rasgueo de cariño, en el ritual más amoroso, doloroso también (sólo al principio), de la hermosa sexualidad.

El problema no es el tango, el tango es la excusa del amor.

ÉPALE 362

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