ÉPALE 231 MINICRÓNICAS

POR PEDRO DELGADO

Conocí a Cantinflas hace unos 60 años, es decir, cuando yo tenía 9, en tiempos del gobierno del general Marcos Pérez Jiménez. Con una harapienta figura envolviendo un discurso inseguro, ingenuidad a toda ley y un humor desbordante, se presentó ante mis ojos y los de mi hermano mayor haciendo que nuestra infantil risa se enlazara con otras que igualmente advertían el prodigio de su hilarante arte.

Era la primera vez que entraba a un cine. Un edificio con la fachada de una alta pared, como algunas que posteriormente conocí en Caracas prestando igual servicio: el entretenimiento colectivo. En la entrada, ahora que tengo mayor uso de razón para poder afirmarlo, se exhibía un afiche con su típica figura, su nombre y el de otros dos colegas, excelentes comediantes como él: Sara García y Joaquín Pardavé. En letras más pequeñas, la también protagonista, Sofía Álvarez, y el director, Juan Bustillo Oro. La fecha de estreno: 1940. El título: Ahí está el detalle.

Llevar suplementos al cine de los domingos para cambiarlos o, en todo caso, venderlos, tenía como objeto completar para comprar la entrada, el maní, la cotufa, el algodón azucarado: chucherías infaltables al momento de instalarse frente a la pantalla. Ese día mi hermano vendió unos cuantos, y al rato estábamos instalados en balcón de a real y medio. Habíamos llegado remontando una cuesta en un autobús del Instituto Municipal de Transporte Colectivo, color crema y rojo, a los que uno subía cancelando con un ticket que el chofer, de uniforme y gorra caqui, marcaba con un troquelador manual a razón de 0,25 por pasaje.

Para mí, el verdadero detalle redunda en la infinidad de veces que he visto esa película. Según la crítica fue la que convirtió a Cantinflas en un verdadero fenómeno de masas e ídolo latinoamericano. Nuevas oportunidades me ha dado la vida de reír delante de la TV, Youtube o el DVD. Recientemente la volví a gozar frente a la computadora aprovisionado de birras, canillas, jamón, queso y mayonesa.

Mucha pena sentí cuando murió Cantinflas, Mario Moreno, el 20 de abril de 1993 en su México lindo y querido (cuna natal desde el 12 de agosto de 1911), aflicción compartida con millones de admiradores de todo el mundo.

Cuando subo, en moderno Metrobús, vía a El Manicomio, giro la vista hacia la izquierda, y al observar la fachada donde quedaba el cine Lídice me desboco en recuerdos.

 

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