OTAIZA

SE LE HABÍA ESCAPADO DOS VECES A LA FATALIDAD, PERO ESTA LO ALCANZÓ EL FIN DE SEMANA PASADO BAJO LA FORMA DE UN CRUEL ASESINATO. EN SU MOMENTO, EL COMANDANTE CHÁVEZ LE DEDICÓ UNO DE LOS MAYORES ELOGIOS QUE ERA CAPAZ DE PRONUNCIAR: “¡ESE MUCHACHO ES UN SOLDADO!”, DIJO

POR CLODOVALDO HERNÁNDEZ • CLODOHER@YAHOO.COM / ILUSTRACIÓN ALFREDO RAJOY

A la tercera fue la vencida. La muerte ya lo había visitado fallidamente dos veces, pero en esta ocasión Eliézer Otaiza no logró zafársele.

Su primera huida había ocurrido el 27 de noviembre de 1992, durante la segunda sublevación militar de ese año. Según cuenta la historia —ya hecha leyenda—, ese día lo dieron por muerto y hasta había ido a parar a la morgue del Hospital Militar. Por fortuna, un médico notó que respiraba. Estaba tan maltrecho que, prácticamente, lo reconstruyeron y fue solo gracias a sus inmejorables condiciones atléticas (era nadador de alta competencia) que aquel teniente de 27 años pudo recuperarse por completo. Una persona que lo conoció, a mediados de los 90, relata que cuando alguien le preguntaba si había quedado con alguna discapacidad luego de aquel episodio en el que recibió cuatro disparos, Otaiza le decía: “¿Quieres que te muestre?”, y allí mismo se fajaba a hacer abdominales, lagartijas y todo tipo de flexiones.

La segunda cita con la fatalidad fue en 2005, cuando sufrió un accidente de moto en el que su acompañante, una joven de 23 años, perdió la vida instantáneamente. Otaiza tuvo graves lesiones, pero tampoco entonces era su hora.

El pasado fin de semana se acabó su providencial suerte. Por causas que no se han precisado (al momento de escribir esta nota), el mayor retirado del Ejército Bolivariano, a la edad de 49 años, fue asesinado a tiros tras haber sufrido torturas. Su cuerpo fue abandonado en una zona boscosa de El Hatillo.

Las reseñas biográficas han abundado. La mayoría destaca el hecho de que Otaiza fue el encargado de proponer en la Asamblea Nacional Constituyente que se incorporara la palabra “bolivariana” al nombre oficial de Venezuela. Esos recuentos de su vida también señalan que fue director de la Disip, la policía política que ahora lleva el nombre de Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin); presidente del Instituto Nacional de Capacitación y Educación Socialista (Inces); del Instituto Nacional de Tierras (INTI); director del Servicio Nacional de Contrataciones; coordinador del Terminal La Bandera; director del Instituto Municipal de Deportes y Recreación de Libertador; concejal electo en 2013 y presidente de la Cámara Municipal de Caracas.

Una periodista (a la que prefiero no nombrar) dijo en una oportunidad que a Otaiza le pasaba como a “esas mujeres que están bien buenas y, por eso mismo, casi nadie les cree que son inteligentes y estudiosas”. Un ejemplo: el oficial se había destacado tanto en la maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Simón Bolívar (la misma que cursó Chávez) que hasta se había convertido en amigo de uno de los dioses del Olimpo de ese postgrado, el filósofo Luis Castro Leyva. Sin embargo, los maledicentes aseguraban que su relación no era académica sino deportiva, dado que Castro Leyva también practicaba natación. Era la forma de negar que ese moreno con estampa de modelo (que llegó a trabajar como estríper) tuviera también algo funcionando dentro de su cabeza.

Quien sí creyó siempre que Otaiza no era puro físico fue el presidente Chávez y, por eso, le encomendó tan importantes tareas en la Constituyente y en el Gobierno. En estos días signados por la tragedia ha salido a relucir uno de los Cuentos del arañero en el que el líder relata que Otaiza, siendo oficial activo, fue a visitarlos a Yare disfrazado de mujer: “Una negra grandota y bien fea”, según lo describe jocosamente. Más allá de la anécdota, Chávez le dedicó a Otaiza uno de los mayores elogios que cabía en su boca de comandante bolivariano: “¡Ese muchacho es un soldado!”. Después de eso, ¿qué más puede decirse?

ÉPALE 78

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