ÉPALE286-MERCADO DE CATIA

FRENTE A LA MERMA DEL PODER ADQUISITIVO, LA NOSTALGIA GUSTATIVA NOS PERMITE REVIVIR CON EL OLFATO ALGUNAS COSAS ESENCIALES. EN UNO DE LOS MÁS NEURÁLGICOS CENTROS DE ACOPIO DE VÍVERES DEL OESTE CARAQUEÑO OLER NO SOLO NOS REMITE A UN PASADO PATRIMONIAL, SINO QUE NOS ARRASTRA A NUEVAS Y EFÍMERAS EMOCIONES

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

ÉPALE286-MERCADO DE CATIA 7Amo a Catia. Es algo que me supera. Es un sentimiento muy primitivo, que me atrapa desde que salgo de la estación del Metro de Pérez Bonalde y debo ajustar el bolso sobre mi pecho como medida de seguridad hasta cuando me intentan embaucar los bachaqueros que me ofrecen dos kilos de lentejas a cambio de uno de azúcar, con esa habilidad soberana de expertos dedicados a las Bellas Artes.

Amo a Catia. Creo que por ese olor a orines de los eternos borrachitos de plaza mezclado con las especias que se desbordan desde el mercado municipal, con sus perfumes de cilantro, ajos, verdolaga, margaritas, cúrcuma, laurel, parchita, comino, yerbabuena…

Amo a Catia con sus malandros, sus desconocidos, sus isleños, su gente haciendo cola para comprar el pan; muchachos que te venden el alma, muchachas que te la compran, mujeres de belleza inaudita; sus cronistas de arrabal, sus abuelas sentimentales, música de Felipe Pirela y champeta. Y todo cabe en un arrebato.

El misterio de los olores tras la vitrina

El misterio de los olores tras la vitrina

OLFATEAR COMO DERECHO

Quizás el maleficio de la hiperinflación nos impida participar en el antiguo festín de la compra compulsiva, pero no puede evitar que rebusquemos en la memoria gustativa los aromas más distantes, de cuando la abuela María, una andina menuda y melindrosa, nos paseaba por los puertos del bulevar como barcos a la deriva mecidos por la felicidad infinita de la infancia.

Así fueron nuestras correrías, y las de José Vera, heredero de uno de los negocios que abrió sus puertas el 15 de diciembre de 1951, cuando se instaló el mercado Periférico de Catia para descongestionar el antiquísimo surtidor de víveres de San Jacinto, que abastecía a la ciudad de pocas cuadras. Es, además, un cronista oficioso nacido en 1953 pero con los recuerdos prístinos de sus 7 años, cuando despertó maravillado al comenzar como carretillero frente a esa infinitud de apenas 19 locales que comenzaron a proveer de alimentos al oeste caraqueño. Con sus 65 años, no solo regenta El Rey de la Voladora marcado con el número 35, donde aún mezcla jugos con ojo de ganado, remolacha y otras hierbas sino que se pasea curtido por los olores que describen una especie de cartografía sensorial: nos señala la zona de las hortalizas donde huele a verde, la del ganado que apesta a sangre, la de pescado con sus tufos obvios”, la charcutería que aflora fragancias embutidas, las flores con olor a Galipán, el café con la esencia primordial de Venezuela.

Las flores traen aromas de Galipán

Las flores traen aromas de Galipán

Los gatos custodian los pasillos desde hace más de medio siglo

Los gatos custodian los pasillos desde hace más de medio siglo

Los gatos lo saben: el mercado es un recinto custodiado por los felinos que deambulan misteriosos, no solo por donde van quedando vísceras esparcidas sino por cualquier resquicio desmigajado de paredes agrietadas y pisos curtidos por donde puedan meter el hocico para estirar sus siete vidas.

Los sifrinos también lo saben: un fenómeno emergente es la presencia de compradores que provienen del este de la capital, la zona económicamente más pudiente, quienes comienzan por descubrir mejores precios para, finalmente, hallar un universo paralelo, lleno de milagros. Como explica Samuel Velásquez, director del mercado desde hace seis meses, las estadísticas no fallan: al menos 60% de los usuarios de la proveeduría no pertenecen a la parroquia Sucre. Se ha monitoreado, nos cuenta, la presencia de compradores que vienen de Caurimare, Santa Fe, Los Palos Grandes, Altamira, pero también de algunas alejadas poblaciones mirandinas y hasta de La Guaira.

A lo mejor tiene que ver con que el registro de delincuencia dentro de las instalaciones es de apenas de 0,5%. Las autoridades trabajan a través de una sala de monitoreo y control y están permanentemente supervisando los depósitos y los concesionarios, quienes cumplen a rajatabla la norma de exhibir con habladores visibles los precios sugeridos en bolívares actuales y bolívar soberanos, así como la fecha de colocación del producto.

QUIZÁS EL MALEFICIO DE LA HIPERINFLACIÓN NOS IMPIDA PARTICIPAR EN EL ANTIGUO FESTÍN DE LA COMPRA COMPULSIVA, PERO NO PUEDE EVITAR QUE REBUSQUEMOS EN LA MEMORIA GUSTATIVA LOS AROMAS MÁS DISTANTES

ÉPALE286-MERCADO DE CATIA 6“Pero tampoco te puedes apendejear”, ataja Pedro Delgado, un narrador fundamental de la historia “catiense”: “Si te descuidas y dejas tu bolsa mal parada, de pronto, desaparece”.

Los jueves, día en el que se hace la renovación de casi toda la mercancía, entra un promedio de entre 13 y 14 toneladas de alimentos proteínicos, víveres, aseo personal, etc., que rápidamente se tranzan entre los más de 400.000 habitantes de la parroquia, sus alrededores y más allá.

Velásquez, un gocho de 43 años dedicado a la compleja tarea de desmontar los vericuetos delictivos de la usura y la especulación que contribuyen al bachaqueo, comenta que su padre lo introdujo en los prodigios del mercado siendo muy niño, cuando empezó como vendedor de limones. Para él, el mercado tiene el olor de la prosperidad. “Es el olor del ajo, del limón, del pescado. A mí me gustaba que mi papá me trajera a hacer mercado porque terminaba brindándome refrescos. Y tú veías a todo el mundo trabajando, los puestos llenos, había prosperidad, pues. Eso es lo que yo quiero para el mercado nuevamente”.

Ir al mercado es también una tradición familiar.

Comenzó con 19 locales. Hoy alberga 260 con sus respectivos aromas

Comenzó con 19 locales. Hoy alberga 260 con sus respectivos aromas

PERFUME DE CAFÉ

Había personajes entrañables y tenebrosos. Cuentan que entre los imprescindibles estaba el policía Veneno, quien, según Pedro, sometía a los carretilleros y azotaba a los carajitos realengos. Una poblada lo quiso linchar a la caída de Pérez Jiménez pero, finalmente, le perdonaron la vida. El revés de la moneda era El Ratón, un bandolero de Lomas de Propatria que mantenía fustigado a los comerciantes y que, como delincuente justiciero, terminó enrolando las filas de la corte malandra. Lo mataron a plomo en una rueda de policías obstinados.

Eusebio Varela molió café en la vieja máquina del año 51 y la gente llegó atraída por un sor

Eusebio Varela molió café en la vieja máquina del año 51 y la gente llegó atraída por un sor

“El kilo de verdura era a bolívar. Y todo freeeeesco”, rememora Pedro Delgado, a quien lo sacude el olor a café. Es su recuerdo más entrañable señala el pasillo al fondo del ala este, donde se instalaban los molinos que dejaban escurrir el aroma más penetrante de todos aquellos parajes de trapicheo constante. En Los Magallanes de Catia estaban las tostadoras más famosas de la capital, y en el mercado se distribuían las marcas Santo Domingo, San Antonio, Primor, Santa Ana, Fama de América, El Peñón, El Negrito, Universal Minerva, etc. Hoy sobreviven el olor y los restos de una molienda con las muelas vencidas en el puesto Inversiones Gabriela’s Cofees. Eusebio Varela, su propietario, se apiada de nosotros y enciende la máquina que, en medio de un gruñido asfixiado, sirvió para triturar un cuarto del mejor café a ¡8,5 millones de bolívares!, cuyo olor, como un sortilegio místico, atrajo mágicamente a la gente que se acercaba, con la seguridad de que oler aún es gratis.

ENTRE SUS DIEZ EXTENSOS PASILLOS, TRAS ESCUDRIÑAR DE ENTRE LOS 260 PUESTOS QUE ALBERGA HOY EL INMENSO COSO DE FACHADA SOLARIEGA, DECRETADO MONUMENTO HISTÓRICO NACIONAL EN EL AÑO 1994, SE ENCUENTRA QUE TAMBIÉN HAY ALIMENTO PARA EL ALMA

“Aquí no había puertas ni santamarías, y esto que tú ves aquí son los estantes originales del año 51”, cuenta Carlos Espinoza, hijo de fundador, cuyo local identificado con la numeración 108-109 mantiene esa estampa de bodega patrimonial, cuando también nacieron los mercados de La Pastora, Quinta Crespo y Guaicaipuro en la cartografía de la ciudad opulenta, que crecía al compás de la bonanza petrolera.

“No había ni puertas ni santamarías”, según cuenta Carlos Espinoza con la antigua estantería al fondo

“No había ni puertas ni santamarías”, según cuenta Carlos Espinoza con la antigua estantería al fondo

José Vera conoce sus entrañas desde los 7 años

José Vera conoce sus entrañas desde los 7 años

ESENCIA A PALOPATÍ

Entre sus diez extensos pasillos, tras escudriñar de entre los 260 puestos que alberga hoy el inmenso coso de fachada solariega, decretado Monumento Histórico Nacional en el año 1994, se encuentra que también hay alimento para el alma. Lo testifica Lizbeth Gómez después de rezarle la culebrilla a una abuela, quien se retira adolorida pero sonriente de su pintoresco cuchitril que, como un pesebre barroco, está adornado de los ramajes más misteriosos para convocar la fuerza de los espíritus. Para brindar por el cumpleaños del fotógrafo Jesús Castillo nos ofrece un brebaje reconstituyente con 21 ramas, raíces y conchas como chuchuguasa, jengibre, ñame salvaje, cúrcuma, yuquilla, zarzaparrilla, guásimo, venamí…

“¿Y venteamor?”, le pregunta Castillo con media sonrisa trenzada en su rostro. “Y palopatí”, le responde ella con la velocidad del humor sencillo, con sabor catiense.

Lizbeth se encarga de los asuntos del más allá

Lizbeth se encarga de los asuntos del más allá

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