En el vientre de El Silencio

Publicado en Épale N° 170 el 20 de marzo de 2016

Concebida durante la fiebre desarrollista de mediados de los cincuenta hasta ser en la actualidad una estructura suntuosa que insiste en pervivir, el Centro Simón Bolívar, y sus imbricados pasillos, son un emblema de la ciudad terca que se empeña en respirar

Por Nathali Gómez

Clark Gable, con un impecable traje de paño beige, y su característico peinado engominado, camina bajo las torres de El Silencio. Sus zapatos con pátina dorada pisan los azulejos traídos de Italia para este proyecto, cuyo primer boceto data de 1942. El mármol de las columnas reluce bajo las lámparas, que le dan a este pasaje una iluminación acariciadora. El cristal de las vitrinas de los cien locales comerciales reluce. Picadura de oloroso tabaco, pipas, plumas fuente, cigarreras de metal, billeteras de cuero y boquillas, reposan sobre fieltro rojo surcado por hilos de oro.

Clark Gable no compra nada en el primer centro comercial construido en Venezuela, e inaugurado por Marcos Pérez Jiménez en 1954. Él lo tiene todo. Solo camina para dejarse fotografiar por la prensa, que lo persigue por cada pasillo. Los limpiabotas ven el fulgor ante sus ojos y continúan su labor. El protagonista de ‘Lo que el viento se llevó’ se acerca al joven Héctor Eloy Rivas y le pide que lustre sus zapatos pintados a mano. Así lo hace. Nadie toma una foto.

Lo que quizá no sepa el actor estadounidense es que Héctor Eloy vio a César Rengifo durante todo un año, entre 1954 y 1955, crear su mural “El mito de Amalivaca”, concebido por el artista caraqueño en 1952, tras haberse negado inicialmente a participar en el proyecto solicitado por la dictadura. Al final, Rengifo fue convencido por Salvador de la Plaza y Rodolfo Quintero de hacer esta obra pública de gran magnitud.

Es así como el mito de los Tamanacos, sobre la creación de los primeros hombres, queda plasmado, a través de millón y medio de piezas de mosaico, en los 90 metros cuadrados de una de las paredes del Centro Simón Bolívar, que alberga a las torres Norte y Sur de El Silencio. Es un grito de resistencia indígena presente en el vientre de una ambiciosa obra arquitectónica como consecuencia de la visión desarrollista de la época.

Gable se despide, su tiempo es escaso. Lo esperan directivos de Televisa para almorzar. Tal vez tampoco le hayan dicho que habría podido alojarse en el Hotel Majestic, si no hubiera sido derrumbado en 1949 para construir este lujoso lugar por donde hoy camina. El progreso devora al progreso.
Hacia abajo

Al entrar a las torres de El Silencio el color que predomina es el ocre, sin necesidad de filtros artificiosos. Los ojos se empeñan en ver pasado en el presente. La luz de la plaza Diego Ibarra, devuelta a la vida en 2011 por la Alcaldía de Caracas, trata de llegar a los rincones del que fuera el primer centro comercial de Venezuela, pero no lo logra.

La herradura conformada por las 120 tiendas, de las que funciona solo una cuarta parte, se hunde por caminos sinuosos, que cada cierta cantidad de pasos son atravesados por ocho pasillos que tratan de insuflar luz en tanta oscurana. El olor a orines es la guía que deja el humano para los que prefieren cambiar de dirección.

Las vitrinas invitan a conocer el tiempo detenido, aunque los precios se impulsen en un rápido ascenso al futuro. Rara dicotomía. Ya Clark Gable no camina por estos recovecos donde el mosaico lucha con el grafiti y el polvo. Si lo hiciera, vería peluches de tamaño natural que hablan de amor felpudo, tan irreal como un oso rosa.

Las fuentes de soda y los restaurantes, entre los que se incluye uno chino sin nombre, alimentan a los trabajadores de los ministerios que se encuentran allí. Afuera, las películas quemadas, la ropa de moda y los vendedores ambulantes, custodiados por “El hombre americano” (1954), un mural de cristal veneciano del artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (rescatado por Fundapatrimonio, el Gobierno del Distrito Capital y la Embajada de Ecuador, en 2013).

Héctor Eloy sigue puliendo zapatos, como desde hace 62 años, en el Centro Simón Bolívar. Desde su banquito habla de los arrebatones y del esplendor que se ha desdibujado. Además de los zapatos que según él le pulió a Gable, en 1957. No lejos, dos policías le piden la identificación a un hombre. Es una tarde como cualquier otra.

Algunos hablan de la trata de personas, principalmente de transexuales; otros incluso han visto escenas de sexo en los baños de algún local de expendio de bebidas alcohólicas y otros más prefieren no pasar por allí después de las seis de la tarde o los fines de semana. Hay mucha oscuridad y soledad, que no presagia nada bueno. El puesto de información del Terminal Río Tuy está vacío.

En las agencias de lotería y en las peluquerías se ve mayor movimiento. Hay varias a lo largo del vientre de las torres. El resto de los comercios están abiertos, esperando a un eventual comprador nostálgico de artículos que ya no se regalan.

El mural del “Mito de Amalivaca”, rescatado por el gobierno entre 2006 y 2012, deslumbra al caminante y hace que se acerque para hacer un recorrido por la historia de nuestros orígenes que nos cuenta Rengifo. Es puente, que une a la herradura comercial, y es el oasis. Sus colores son fulgurantes y está muy bien conservado e iluminado.

Sin embargo, en otro mural sin identificación, que queda en frente de las antiguas entradas de los ministerios de Hacienda y del Trabajo, los peces de bronce que lo componían no sobrevivieron a la red desvalijadora. De ocho, solo quedan seis. En el espacio donde estuvieron los anteriores queda el trozo de cemento desnudo. Fue vil pesca de arrastre.

Héctor Eloy dice que antaño caminaron por ahí Alfredo Sadel, Benny Moré, Daniel Santos, Barbarito Diez. Un historiador presente afirma que le cree y que prefiere no decir nada cuando él habla.

Los objetos de las tiendas son una amalgama inexplicable en estos tiempos, no apta para un indeciso. Pipas, anillos, cadenas, artesanías “típicas”, lentes, artículos de oficina, billeteras, carteritas de licor, productos naturistas, linternas, brochas de afeitar, yesqueros, bolígrafos, relojes, juegos de mesa y navajas. Esos productos que eran para hacer regalos, en un pasado lejano, con sonido de bolero.

Debajo de todo esto, rugen y exhalan humo los autobuses del Terminal Río Tuy, inaugurado en 2011. Donde diariamente se movilizan unas 18 mil personas, que van a Bello Monte, Chuao, el Clínico Universitario, Santa Mónica, Prados del Este, El Cementerio, La Rinconada, La Bandera, Baruta, La Trinidad, El Hatillo y Petare.

La tarde cae y los limpiabotas comienzan a recoger sus implementos. El flujo de personas también comienza a reducirse, pues los trabajadores ya han culminado su jornada. Los pasillos volverán a quedar solos, con la dignidad de sus materiales que resisten al tiempo destructor. La Plaza Diego Ibarra apunta sus rayos de luz al mural de Amalivaca, como diciéndole que es posible salir de la oscuridad del abandono y volver a respirar. El vientre del Centro Simón Bolívar, que palpita aún lleno de vida, lo cree y espera. Ojalá que no tenga que volver Clark Gable para verlo.

ÉPALE 382