En favor del indio Pascual

Por Jorge Berrueta • Red de Historia Memoria y Patrimonio de Caracas

En 1702 el indio Pascual Arias de la Encomienda de Don Diego Aguado en Petare, solicito ante el Gobernador de la Provincia de Venezuela el oficio de Casique, argumentaba el distinguido aborigen ser hijo de Benito Arias y “Doña Juliana” por lo que era él el “Principal Casique” y así era reconocido y llamado en aquellos parajes.

Argumentaba aquel indio de Petare que su madre “Doña Juliana” había sido hija legitima de Don Diego Taremo, Casique Principal de aquellas tierras y quién no habiendo tenido hijos varones, su madre había heredado el casicazgo, por lo que siendo el su nieto debía corresponderle el aquel titulo expresión de su linaje. Invocaba también el indio aquel casicazgo conforme a las antiguas leyes de sucesión y hallarse competente para aquel cargo, era ya mayor de los dieciocho años y “me toca” escribía al gobernador, pero que el corregidor de aquellos pueblos no constandole su derecho a pesar de tenérselo explicado en repetidas veces, no lo reconocía por tal.

Por si fuera poco y estando el exceptuado según las “ordenanzas del Rey”,  le cobraba el Corregidor  los impuestos como a los demás indios sus “sujetos”, por lo que le pedía al Gobernador lo tuviese “amparado, mantenido y metido en posesión del cargo de Casique que legítimamente me compete por derecho”. Esperaba aquel indio en su derecho que el Corregidor cesará de cobrarle, le acatara y tuviese por Casique Principal, en su empeño en el reconocimiento que aspiraba se había buscado de testigo a uno de los viejos y reconocidos Casiques de Petare, Don Gaspar de Guevara y su señora esposa Doña Marta Mariche, pues sólo un Casique de reconocido prestigio podía atestiguar en su favor y defensa.

Recaía en Don Gaspar de Guevara el Casicazgo ancestral de Petare y en reconocimiento del indio Pascual lo ratificó ante la soberana justicia del monarca invasor, y por tal lo defendió como uno de los descendientes de los Casiques Principales de aquellas tierras. Atrás habían quedado las armas de la resistencia que ahora se convertían en fina pluma para defender sus derechos.

ÉPALE PETARE (403)