En la calle el Che y en la casa Pinochet

Por Marielis Fuentes@mardalunar / Ilustración Erasmo Sánchez

No hay nada más parecido a un fascista de derecha que un machista de izquierda. Y vaya que abundan estos especímenes en las filas de nuestra amada revolución.

Son capaces de recitar el Manifiesto comunista como un mantra, pero totalmente ineficientes cuando se trata de advertir las ventajas que el machismo les otorga en la cultura.

Diestros en el arte de subestimar las opiniones de las mujeres, les encanta ejercer el papel de abogado del diablo. Para ellos, cualquier justificación es válida si quien comete una agresión sexual es un miembro del partido o un “camarada”; en esos casos prefiere hacerse el loco.

En sus discursos se refiere a la orientación sexual de una persona como insulto. Se llena la boca cuando termina cada oración con sufijos masculinos y femeninos, pero considera que la voz de una mujer no tiene suficiente autoridad para ejercer un cargo de poder.

Frente a las estadísticas son miopes, una mujer asesinada cada 24 horas le parece tontería, asuntos menores. Cree que lo más importante es la lucha de clases y, como Shakira, se hace el ciego, el sordo y el mudo cuando sus compañeras de partido plantean sumar la agenda de género.

Le encanta hacerse la víctima cuando una mujer lo acusa de machista. En las asambleas emite calurosos discursos sobre la importancia de la mujer en la sociedad, pero cuando llega a casa exige la ropa planchada y la comida caliente. Considera las leyes que amparan a las mujeres no como avances, sino como una amenaza personal. Llama “feminazi”, “histérica” o “sensible” a una mujer que le exige respeto o le planta un “no” en la cara.

Se le resbala la mano fácil en la entrepierna de sus compañeras de trabajo o sus estudiantes, el acoso callejero lo confunde con halago; para él las mujeres son las que en las reuniones políticas deben encargarse de servir el café o hacer la minuta. Cree que los temas “serios” o los trabajos que requieran fuerza física sólo deben ser realizados por los varones.

Opina mucho sobre los asuntos propios de las mujeres (como el aborto), pero es incapaz de hablar sobre el derecho de los hombres a ejercer en corresponsabilidad las tareas del hogar y la crianza. Infantiliza los argumentos de ellas, interrumpe constantemente las intervenciones de las mujeres para reexplicarlas.

Todas las mujeres que hemos estado en espacios mixtos nos hemos topado con alguno alguna vez. El socialismo, por sí mismo, no hace a los hombres feministas. Bien lo recalcó el comandante Chávez en el Foro Social Mundial, realizado en Brasil en 2009: “Un verdadero socialista tiene que ser feminista; si no, algo le falla…”. Para superar el sistema de explotación de la mujer hace falta que el obrero, el revolucionario reconozca las ventajas que el patriarcado le otorga y renuncie a ellas.

Hombres y mujeres aprendemos de la sociedad el machismo, junto con el capitalismo y el racismo;  por ello, alcanzar la utopía socialista no garantiza que los varones dejen de asumirse como únicos protagonistas de la Historia, para eso se requiere que la Revolución se haga consciente de los problemas que afrontamos las mujeres. Los varones deben tomarse muy en serio la construcción de una masculinidad menos tóxica si de verdad se desea alcanzar la superación de la explotación humana. De lo contrario, las mujeres seguiremos siendo las proletarias de los proletarios, las esclavas de los esclavizados.

En el mundo, de la totalidad de las personas pobres, al menos 70% de ellas son mujeres y niñas, no en vano se dice que la pobreza tiene rostro de mujer. Para alcanzar los ideales de bienestar social que esperamos como revolucionarios, se deben erradicar las contradicciones de género que naturalizan la desigualdad entre hombres y mujeres.

Ya lo decía una de las que fuera la primera mujer en un cargo del alto rango en el mundo, la bolchevique Alexandra Kollontai: “La clase obrera, para cumplir con su misión social, necesita no una esclava impersonal del matrimonio, de la familia, una esclava que posea las virtudes pasivas femeninas, sino una individualidad que se alce contra toda servidumbre; necesita un miembro consciente, activo y en pleno disfrute de todos los derechos de la colectividad de clase”.

Si continuamos separando nuestras prácticas personales de lo político seguiremos pecando de hipócritas. En cada casa una batalla nos espera. Las mujeres revolucionarias necesitamos, exigimos de ustedes, camaradas, más aliados, hombres realmente nuevos y menos machos progresistas.

ÉPALE 361