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LA RECUPERACIÓN DEL CASCO HISTÓRICO DE CARACAS SE FUNDA EN LA REVELACIÓN DE UNA CIUDAD CON ALMA

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

—Y de lejos me hace así, mi corazoncito, y yo así como que ¡maldita sea! Ese día yo no estaba hablando con ella, sino que estaba buscando de hablarle a través de una amiga suya, pero ella estaba sentada en una escalera y veía que tenía los ojos mirandito, y yo así ¡maldita sea! Después, trato de hablar con ella por whatsapp, pero por ahí sigue siendo la misma fría, seca de mierda, rusa como es ella, y no hemos hablado más. Yo no sé, pa invitarla a tomarse una maldita cocada, o pa salir.

—Es que ustedes tienen filin, pero es hablando por whatsapp.

—Y también hubo un momento en que iba a darse lo del beso como tal, pero había un amigo entre nosotros, que siempre nos cagó todos los momentos, y me arrechó.

—Pero dile las vainas como son.

—Ella ya sabe que me gusta y toda esa paja, hasta me contó vainas, que terminó con su novio y toda esa mariquera.

—Pero háblale, dile, cuál es el juego, cuál es la vaina. Vamos en serio, si no, chao pues.

—Eso es lo malo de las carajitas que están buenas. Yo pensé que iba pa’lante, pero maldita sea, ni siquiera nos hemos dado una beso.

—Habla con ella: mira ¿qué’s lo qué?, ¿tas clara o no? Y ya.

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Los dos adolescentes que intercambiaban incidencias sobre sus iniciales escarceos sexuales, sentados sobre un banquito de la plaza El Venezolano, nada sabían —mientras sus barquillas de fresa se derretían bajo el sopor del mediodía caraqueño— que en ese mismo lugar donde abjuraban del amor, se ofertaba un kilo de pollo en 1,20 bolívares en diciembre de 1942. El kilo de café molido se conseguía en 1,30, según la misma lista. La harina de maíz en 1,10, seis plátanos por 0,25, el queso de primera en 2,60, la sal molida en 0,20 y la cebolla en 0,50.

Lo cuenta Guillermo José Schael en su libro La ciudad que no vuelve, donde, además, nos recuerda que en la plaza estaban los puestos de flores, quioscos para la venta de periódicos y librerías improvisadas donde se conseguían Las aventuras de Búfalo Bill. Estaban el amolador, los limpiabotas que se apostaban frente a los almacenes de El Gallo de Oro y se trapicheaba con la más variada mercadería, que trasladaban pequeños productores en burritos de carga arreados a fuetazo.

Era un mercado improvisado a pocos pasos del Mercado Principal, cuando la ciudad albergaba un promedio de 100.000 almas y una extensa playa de géneros populares invadía la cuadra con más abolengo del cuadrilátero fundacional, con su reloj de piedra marcando la hora civil del poblachón tropical, que se abría paso en su ambición de ser ciudad, capital de la República.

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En la cara sur estaban los botiquines donde se ofrecían fruto de burra, naranjita, berro y vino isleño, como La Atarraya, donde se expendía, además, canela y zamurito, dos aguardientes que se vendían “a centavo el pocillo” y estallaban en el güiro de los asiduos, quienes casi siempre terminaban a trompadas.

Mientras tanto, tras un salto olímpico desde las pulperías aldeanas de San Jacinto, la gente de hoy abarrota el cercano Páramo Café en el antiguo hotel León de Oro, donde un guayoyo se vende en 61 bolívares de los que llaman soberanos, una torta de limón en 350, un sándwich de jamón de pavo y queso tentación en 882 y una ensalada de frutas en 630.

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LOS HUESOS DE DON JOSÉ

Don José me lleva al fondo de un depósito improvisado y me muestra, con aires de idólatra, un costal de harina de trigo arrumado en una esquina. Me acerca a su tesoro y lo desembala con la pretensión de incitar mi asombro, y lo logra: de su interior emerge un manojo de huesos de cortes y diámetros que dan la impresión de provenir de un osario maldito. Me pregunta si no estoy interesado en organizar un sancocho, y se ríe a carcajadas. Su espesor es sospechoso, demasiado gruesos para ser de humanos. Son los restos de los burritos —conjeturamos— que agonizaban en el entorno provinciano del mercado, cuyos despojos desenterraron de las profundidades los del Gobierno del Distrito Capital (GDC) durante los trabajos que adelantan para erigir espacios culturales y comerciales, que promuevan un modelo de desarrollo integral sobre una extensión de 13.372 m2 del Casco Histórico de Caracas, que administraban manos privadas hasta las expropiaciones del pasado martes 24 de abril.

Don José es uno de los trabajadores, ronda los sesenta y pico de años y, aunque vive en Macarao, admite que el viaje a diario en Metro ya no le preocupa: está acostumbrado.

Relata, emocionado, que las excavaciones arqueológicas se han hecho con sumo cuidado, tratando de preservar la memoria histórica. Un obrero sale del fondo y advierte que lo único que no han conseguido son morocotas. De resto: botellas, petates, vasijas de acero inoxidable, mosaicos de porcelana y gres, estantes, planchas de hierro, lámparas y, lo más sorprendente, una fuente de agua brotando desde el subsuelo, que hace presumir que aún persiste el acuífero que hizo célebre a la cercana esquina de El Chorro.

La mayoría de los hallazgos provienen de los siglos XVIII y XIX. Los trabajos los supervisa el arqueólogo Guillermo Román junto a un equipo especializado, haciendo el debido registro sistemático, fotográfico y planimétrico de los restos.

Adentro trabaja un mar de gente en la recuperación de techos y paredes, fomentando los pilares de lo que será el futuro centro comercial, que ya muestra una torreta de cinco pisos, mientras que las obras de recuperación de fachadas parecen a punto de caramelo para sonreírle a la Navidad.

Por fuera, la gente pasa y observa sorprendida. Se preguntan por el destino de La Atarraya, Sombreros Tudela, las piñaterías, algunos de los negocios emblemáticos ubicados entre las avenidas Sur 1, de San Jacinto a Traposos, junto al Pasaje Linares de la avenida Universidad, tinglado que se inserta dentro del Conjunto Urbano de San Francisco, declarado Bien de Interés Cultural en la Gaceta 36.762 del 11 de agosto de 1999.

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El proyecto original, según fuentes oficiales, forma parte del plan denominado Revitalización de la Zona de Desarrollo Especial, Cultural, Turístico y Socioeconómico del Casco Histórico de Caracas, con la idea de promocionar a la ciudad desde el punto de vista turístico, histórico, comercial y socioeconómico.

No se sabe con precisión cuándo serán entregadas las obras culminadas en su totalidad, pero, por lo pronto, el ornamento externo evidencia la recuperación de fachadas, balcones, portones, aceras y un refulgente cobertizo de luminarias adorna, como un cielo de marquesinas, las veredas empedradas del Pasaje Linares y la esquina de Traposos, donde es posible proyectarse al pasado transitando un inaudito túnel del tiempo en la ciudad que resiste.

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