Endorracismo

El asesinato de George Floyd desató una oleada de indignación contra el racismo en Estados Unidos y en otras partes del mundo. Esta enfermedad social plantea las siguientes interrogantes: ¿Cómo estamos en Venezuela al respecto?, ¿De verdad somos todos café con leche y nadie se discrimina en este país?

Por María Eugenia Acero Colomine@andesenfrungen / Fotografías Archivo

Orígenes

Durante los tiempos de la conquista, los grandes eternos enemigos por estas tierras —desde mucho antes de la llegada de los españoles al continente— eran los caribes y los arahuacos. Tal era el nivel de desprecio que ambas naciones se tenían, que los arahuacos fueron capaces de venderse a los españoles para poder acabar con el diao Guaicaipuró y ganar prebendas de los conquistadores. Relatos similares se vieron a lo largo de la historia nuestra. La historia de la Malinche, por ejemplo, muestra cómo una indígena fue capaz de traicionar a su propio pueblo para ser la protegida del Imperio Español.

Los mantuanos preferían seguir siendo una colonia española antes que pertenecer una República bananera independiente

Con el triunfo de los españoles sobre las naciones indígenas se implantó una nueva sociedad, compuesta por una estructura rígida de clases sociales definidas por la raza. Así, tuvimos blancos de orilla, blancos criollos, pardos, zambos y mulatos. Ninguna clase debía mezclarse con la otra, pese a que muchos de los mestizos existentes eran producto de la violación de un blanco a alguna negra o india. Con las luchas independentistas, Bolívar debió problematizar su propio racismo (puesto que era descendiente de colonos), para poder obtener la ayuda de Petión, en Haití. Esta ayuda sería crucial para que el Libertador lograra triunfar en Venezuela y, en consecuencia, Bolívar abolió la esclavitud en nuestro país, no con pocos reclamos por parte de los mantuanos que se negaban a dejar de ser colonia española. Para esta clase social era preferible seguir siendo parte del imperio antes que pertenecer una república bananera independiente. Se dice que en aquellos tiempos las aceras en las calles estaban reservadas sólo para las y los mantuanos. Los que no formaban parte de esta clase social debían caminar por el medio de la calle de tierra. Los títulos nobiliarios empezaron a ganar cada vez más importancia. Un mestizo podía, en aquel entonces, comprar el rango de blanco criollo si tenía los medios para hacerlo; muchas mujeres de baja ralea se desvivían porque se las llamara “doña” y recibir el trato preferencial de las señoras de clase alta. Se dice que las famosas hermanas Bejarano, las autoras de la deliciosa y caraqueñísima torta Bejarano, fueron subidas de rango social gracias a las maravillas de su particular postre.

Por el aroma yo lo sé… La diversidad racial en la publicidad venezolana era casi nula

La tendencia de querer parecer de clase alta y raza “superior” se mantuvo en sociedad a pesar de los profundos cambios sociales y políticos logrados por el Libertador y los próceres de la República. Durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, El Benemérito se encargó de regalar el país a las petroleras estadounidenses. El patriotismo se vio mancillado por la excesiva admiración a los gringos y el deseo de parecerse cada vez más a ellos que a los venezolanos. Con el fin de la dictadura de Gómez, la historia dio curso a nuevos mandatarios y, con ellos, nuevos cambios sociales. Sin embargo, el discurso de la subalternidad se mantuvo muy presente y oculto dentro de nuestra cultura nacional, a pesar de los esfuerzos de muchos por el logro de la soberanía nacional. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez reforzó estas ideas al dar preponderancia a las clases más altas y de alcurnia. La Cuarta República, que vino luego de ese período, siguió reproduciendo estos patrones. La persecución a los guerrilleros comunistas de entonces se llevó por el medio a muchos campesinos, pobres, negros e indígenas bajo el silencio cómplice del Pacto de Punto Fijo. De hecho, los principales líderes y dirigentes solían ser blancos.

El asesinato de George Floyd (uno más en la cotidianidad estadounidense) puso de nuevo en el tapete la desigualdad racial

Venezuela del siglo XX

“Oly Clemente para la gente decente, Yolanda Leal para la gente vulgar”

En el siglo XX hubo muestras en nuestra cultura de que el racismo vivía implantado en nosotros como algo natural. Con la llegada de los medios, los rostros y voces que aparentemente nos representaban eran blancos. En los certámenes de belleza la preferencia a candidatas blancas era más que evidente. En 1944, a propósito de la celebración en Caracas de la VII Serie Mundial de Béisbol Amateur, se suscitó una contienda que dejó entrever el odio del blanco hacia el pobre. Dos candidatas se disputaban la corona y ambas representaban a grupos sociales opuestos. Oly Clemente era la representante de los ricos y Yolanda Leal era la candidata de los pobres. El lema que se escuchaba en la calle era “Oly Clemente para la gente decente, Yolanda Leal para la gente vulgar”. Curiosamente, la pobre fue la ganadora, lo que representó un triunfo social y político en aquellos tiempos. Susana Duijm fue otro incipiente logro en el que una mestiza pobre se erigiera como reina en una competencia de belleza. No obstante, la hegemonía de la televisión y el cine era blanca. La publicidad sólo se encargaba de mostrar a gente rubia, a pesar de que la mayoría de la población venezolana era mestiza. La campaña de los chicos Belmont, por ejemplo, jamás mostró a un negro ni a un indígena. Las telenovelas de Venevisión y Radio Caracas Televisión exacerbaron, por mucho tiempo, la supremacía blanca y el poder de los ricos sobre los pobres. El argumento de la protagonista pobre que, al final de muchos sufrimientos y escollos, terminaba siendo rica también caló profundamente en nuestros barrios, propiciando en muchos grupos sociales la búsqueda de la riqueza fácil y el desprecio a los orígenes propios. Frases como “hay que mejorar la raza” eran bastante frecuentes. Que muchas mujeres buscaran la manera de parecer rubias también se hizo regular. El cabello crespo era “pelo malo” y el negocio de las peluquerías floreció hasta convertirse en uno de los más prósperos del país, gracias a tantas mujeres renegando de su fenotipo.

El racismo en nuestro país ha cobrado una nueva dimensión al filtrarse en la política
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Colina: el chino de Recadi del mundo de la música… por negro

Esta tendencia a preferir lo blanco sobre lo mestizo se extendió a tal punto que lo importado estaba por encima de lo hecho en Venezuela. En los conciertos sigue siendo común que los artistas nacionales son utilizados como teloneros para el artista extranjero. Durante los años 80 un escándalo acabó con la carrera de un artista excepcional. Colina, un cantante y músico de vanguardia, cayó en la cárcel por posesión de drogas y su destino se vio sepultado, no tanto por el vicio, sino por el hecho de ser negro.

Sin embargo, el racismo en Venezuela no ha sido tan evidente como en Perú o México, por ejemplo, donde es socialmente aceptado el rechazo a los indígenas. Aquí, en teoría, todos somos “café con leche” y mezclados, pero no se admite públicamente la discriminación. Los únicos lugares donde el racismo y el clasismo salieron a flote fue en los locales nocturnos y en los restaurantes durante los años 90. En esa época no se admitían negros, gordos ni gente fea en Las Mercedes.

Tiempos actuales

El endorracismo es una enfermedad social muy presente en los países del Tercer Mundo, y consiste en la discriminación y rechazo no solo a la propia raza, sino a las razas y clases sociales aparentemente inferiores. En Venezuela el endorracismo se manifiesta, principalmente, a través del clasismo.

Con la llegada de Hugo Chávez a la historia política venezolana se reivindicaron a las llamadas razas y clases inferiores. Desde entonces, empezó a ser más evidentes la aparición de personas de color y pobres en los medios. Asimismo, otros referentes de talento nacional en la música y en el cine empezaron a ganar fuerza; la inclusión no sólo se quedó en el ámbito mediático. Con la redacción de la actual Constitución vigente, los indígenas pasaron a ser sujeto de derecho y se les concedió el derecho al voto. La comunidad afrodescendiente también ha podido recuperar dignidad, reconocimiento y fuerza, contando con el amparo legal y cultural del Estado.

El racismo en nuestros días ha cobrado una nueva dimensión al filtrarse en la política. Actualmente, todo simpatizante del proceso revolucionario es un “maburro” para la oposición venezolana, que se ve a sí misma como “la gente decente”. La violencia política ha obligado a que el Estado tomara cartas en el asunto para proteger a las víctimas de ataques fatales por su posición política. La violencia de las guarimbas puso sobre el tapete el odio ancestral de los ricos contra los pobres.

A pesar de que la Revolución Bolivariana ha reivindicado a los grupos sociales y raciales históricamente invisibilizados, aún en nuestra sociedad el endorracismo persiste. Para que nuestras generaciones futuras no sigan reproduciendo estos patrones de odio es indispensable que la cultura, la educación y las leyes continúen trabajando para erradicar de nuestras prácticas sociales la discriminación, para que construyamos una sociedad incluyente y libre de odios raciales y de clase.

Los certámenes de belleza venezolanos estuvieron signados por el clasismo

ÉPALE 377