ÉPALE277-MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUEI / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Una niña va por la carretera cargando unos trozos de leña. En esa escena sencilla y aparentemente marginal intervienen o se anuncian todas, o casi todas, las manifestaciones energéticas que nos incumben como seres vivos: la cósmica, la planetaria, la corporal-animal, la que ocurre en los niveles moleculares y celulares de la materia; la humana-societal, la economía política. La palabra “leña” es un lujo de significantes. Contiene dos elementos en su raíz original: lignum (en latín) alude a un trozo de madera y también al acto de recogerla. La leña existe para recogerla; de otra forma solo sería un árbol muerto, o descomponiéndose. Un árbol muerto es un cadáver vital.

Antes de llegar a ese estado de su desarrollo el árbol debió lidiar como laboratorio para procesar materia terrestre y solar, buscando al ancestro solar (paternal) hacia arriba y a la madre tierra hacia abajo; todo ese despliegue energético consistente en trabajar con calor, fluidos y sustancias minerales devino árbol robusto y poblado de millones de seres. Muere, cae o es derribado, y la niña invierte energía en recoger sus trozos para llevarlo a un fogón. Arde la leña y al cabo de un tiempo queda reducida a cenizas. La ceniza es uno de los más potentes abonos; sirve para reintegrarle minerales a la tierra y a las plantas: el árbol que uno pudiera considerar extinguido y desintegrado en realidad renace en nuevas plantas y en más alimentos para la tierra, la gente y otros animales. Cocinar: alterar el estado de restos vegetales o animales para comerlos. Comer: transferir energía de unos seres a otros. Ambos procesos requieren y resultan en danza energética. Pero el fogón es también el hogar, el sitio y ritual donde se refugia el ser humano de la intemperie. Sin hogar no hay familia, y sin familia no es posible concebir las formas sociales que conocemos: el clan humano organizándose de distintas maneras, pero siempre alrededor del haz de fuego que proporciona protección, comida y excusas para estar reunidos. No hay casi nadie en el mundo que no sienta “algo”, que decidimos llamar nostalgia, cuando sentimos el olor de la leña en combustión. Es nuestro ancestro manifestándose desde algo más poderoso que los recuerdos. Recuerdo: proceso orgánico del cerebro que para activarse requiere energía. Energía: todo lo anterior.

Decía arriba sobre la recolección de leña, y esa escena de la niña cargando esos palos secos nos resulta marginal porque en las ciudades y pueblos de Venezuela estamos habituados, desde hace décadas, al uso del gas doméstico. Pero esa marginalidad del uso de la leña solo es una apariencia; es bueno ir sabiendo que ese tipo de fuente energética es la más difundida y la más multitudinariamente usada en el planeta. La manía especializadora de ponerle nombres pretenciosos a todo llama biomasa a la energía de origen vegetal y dendroenergía casi a lo mismo, y las Naciones Unidas y otros organismos multinacionales se han manifestado preocupados porque eso de cocinar con leña afecta la salud, es contaminante y, de paso, amenaza la existencia de árboles maderables. En Venezuela no hay tal problema; uno camina por cualquier campo y encuentra leña en cantidad. En otros países, donde el subsuelo no tiene el océano de gas natural que tenemos acá ni han proliferado los gasoductos transnacionales, es preciso sembrar y resembrar muchas hectáreas de árboles destinados solo a la combustión con fines energéticos. Casi 3.000 millones de personas dependen de la leña o el carbón vegetal para cocinar, calentarse y mover varios tipos de artefactos útiles para la vida. No hemos profundizado en el tema como para burlarnos de lo que parece obvio: debe ser el único caso en que los presuntos amantes de la naturaleza proponen la industrialización como vía para proteger a la naturaleza y al ser humano.

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