Entre Maracay y Caracas mi lugar favorito era la UCV

Por Nebai Zavala Guevara • @nebalun / Fotografía Michael Mata • @realmonto

Si me ponen a elegir lugares, símbolos o patrimonios de Caracas para escribir un artículo viendo la ciudad a través de la memoria emotiva, aclaro que caraqueña no soy, por ende mi mirada afectiva de la ciudad es correspondiente a ciertas etapas de mi existencia. Nací en Maracay, estado Aragua, aunque mi vida transcurre entre Maracay y Caracas, viviendo en la megalópolis por un tiempo, y en mi ciudad pueblo por otro.

Tuve muchos miedos a los veintiún años cuando me fui a estudiar Artes en la Universidad Central de Venezuela en Caracas. El inicio de mi adultez hizo que me revelara ante mi mamá y papá, pude dejar Agronomía e iniciar los estudios de la carrera de Teatro. Lo único que me salvó ante la familia fue permanecer en la misma universidad.

La UCV es un lugar especial, significativo, de valor artístico y sentimental para mí, espacio físico y simbólico de aprendizaje, más allá de lo académico. Crecí y empecé a crear según los nutrientes que me alimentaron en ella: mis profes, mis compañeras y compañeros de humanidades, bibliotecas, sótanos, auditorios donde hacíamos teatro; la Tierra de nadie, el rectorado, y espacios como el Teatro Universitario, Piso Rojo, el Chichón, la Trapatiesta, Mundanza, la Sala de Conciertos y el Aula Magna eran mis mejores sitios.

Aprecio y recuerdo también al campus universitario de Maracay, donde por meterme en el departamento de Cultura, terminé en el Teatro Universitario TUM y de allí, putuplúm, directo al campus de la UCV en Caracas. Era 1994, la ciudad era muy diferente a la actual, llegué en un momento álgido y significativo políticamente, se sentían los cambios, su efervescencia. Participé en dos grandes marchas para revocar El Proyecto de Ley donde se privatizarían todas las universidades públicas.

Entre marchas, creaciones artísticas, Festivales Internacionales de teatro, mis rutas habituales (culturales) pasaban por Parque Central, el Laboratorio Ana Julia Rojas, la Cinemateca, museos, el Teresa Carreño, Rajatabla (sala y café), Ateneo de Caracas (hoy UNEARTE), Parque Los Caobos, la UCV y el Teatro Luis Peraza. Así pasé mis veintes, andando por la ciudad capital, con una sensación de máximo esplendor creativo y educativo, hasta que en el 2007 cuando regresé a mi ciudad natal, con el propósito de formar una familia -a veces cuando una se enamora y pierde la ruta trazada-, quedó para luego graduarme.

Hoy después de volver a vivir en Caracas ya graduada y con mi hijo, me alegra recordar las vivencias de mi joven adultez, cuando disfrutaba caminar entre las 164,2 hectáreas (cifra tomada de la página Web de la UCV) del campus y habitar este lugar inspirador con arquitectura de Carlos Raúl Villanueva. Yo leía bastante bajo una matica de un araguaney entre el Pastor de Nubes, los murales, esculturas, vitrales y el reloj de aquellos tiempos en la UCV.

ÉPALE CCS Nº 479