ÉPALE312-ERNESTO CARDENAL

HIJO DE LA REBELIÓN DE ABRIL DEL AÑO 1954, Y DE UNA MACERADA FORMACIÓN RELIGIOSA, DOS DESTINOS ESPERARON SIEMPRE POR EL POETA Y SACERDOTE NICARAGÜENSE: APOSTASÍA Y GLORIA REVOLUCIONARIA. EL TIEMPO SE ENCARGÓ DE QUE AMBOS CAMINOS SE OPUSIERAN

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA

Visitaba el papa Juan Pablo II a Nicaragua en 1983. Andaba el pontífice francamente contrariado con la emergencia en Latinoamérica de la Teología de la Liberación, de la Revolución Sandinista y, en general, con una novedad: por primera vez pisaba un país en el que no todo el mundo se echaba a llorar de gozo ni se arrodillaba a su paso. No todo el mundo, pero sí algunos personajes, de quienes cabía esperar una actitud más gallarda.

Desde el punto de vista de la imagen mediática (esa cosa de la que tanto se cuidan o deberían cuidarse los políticos y aspirantes al respeto de las grandes masas) la escena pública disponible más difundida del cura, poeta y militante Ernesto Cardenal no es la que más le favorece. Era Cardenal el ministro de Cultura, y en tal carácter se encontraba en la comitiva del alto Gobierno revolucionario que fue al aeropuerto Augusto César Sandino a darle la bienvenida al papa. El enérgico Karol, tipo carismático y en su momento de mayor magnetismo, fue saludando uno a uno a los miembros del gabinete, hasta que llegó el turno de Cardenal. El ministro-cura-poeta se quitó la boina negra que lo peculiarizaba, puso una rodilla en el suelo y se dispuso a besarle la mano al jefe de la Iglesia católica (su jefe), pero este rechazó el gesto y en su lugar le armó un soberanísimo verguero ante las cámaras, delante del presidente Daniel Ortega y de todo aquel. Dicen que le dijo: “Primero tienes que obedecer a la Iglesia”. Cardenal dejándose regañar en esa humillante posición, con el dedo del papa apuntándole a la frente, y después aplaudiendo cada frase del discurso del papa: qué bolas.

Puede que ese simple regaño ameritara una explicación extra, pero todo el mundo supo o interpretó la cosa como lo que era: una exigencia del mandamás a su súbdito para que se dejara eso de andar trabajando con los comunistas. Que era Dios o la Revolución.

Menos de un año después, en enero de 1984, el papa le puso corona y conclusión al regaño y expulsó a Ernesto Cardenal, a su hermano Fernando y a otros curas latinoamericanos más de ese club de tipos tan chéveres. Cardenal no pudo ejercer más el sacerdocio, a causa de su insistencia en abrazar la Teología de la Liberación. En 2014 el papa Francisco levantó esa sanción o prohibición, pero Cardenal dijo que no le interesaban el sacerdocio ni la Iglesia ni nada que tuviera que ver con sotanas.

SU TRAYECTORIA REVOLUCIONARIA Y SU ACCIÓN CONCRETA EN FAVOR DE SU TERRUÑO Y SU GENTE NO ES ALGO QUE PUEDA BORRARSE CON UN VIDEO (REGAÑADO Y ARRODILLADO POR EL PAPA: QUÉ BOLAS) Y UNAS DECLARACIONES

El ánimo reivindicativo ha venido persiguiendo a Ernesto Cardenal en sus años otoñales, aunque no se sabe si en realidad él ha propiciado esa persecución. En el año 2012 recibió el Premio Reina Sofía de Poesía, y no me vengas tú a decir que ese premio es puramente literario o que reconoce exclusivamente la excelencia poética; qué casualidad esa abrazadera justo cuando más feo se dedicó a hablar de Daniel Ortega y del sandinismo en funciones de Gobierno.

Ha sido dolorosa para el sandinismo esa ruptura, por tratarse de una de sus figuras históricas y emblemáticas, pero también por lo que significan el contenido y la palabra: está bien que Ernesto Cardenal discursee en contra de la corrupción, la represión y otros conceptos malsanos, pero verlo en plan de solicitar lo mismo que la ultraderecha nicaragüense y mundial (el derrocamiento del Gobierno sandinista) resulta, por decir lo menos, perturbador.

Con todo, su trayectoria revolucionaria y su acción concreta en favor de su terruño y su gente no es algo que pueda borrarse con un video (regañado y arrodillado por el papa: qué bolas) y unas declaraciones. Ernesto Cardenal es un trozo viviente y vital de su natal Solentiname, donde vino al mundo el 20 de enero de 1925, y quienes saben de poesía sabrán si merece el enorme prestigio que lo ha llevado a recibir, no solo premios bastardos e interesados como el Reina Sofía, sino el favor de la crítica mundial.

Ha dicho, en su poema “Barricada”:

Fue una tarea de todos.

Los que se fueron sin besar a su mamá

para que nos supiera que se iban.

El que besó por última vez a su novia.

Y la que dejó los brazos de él para abrazar un Fal.

El que besó a la abuelita que hacía las veces de madre

y dijo que ya volvía, cogió la gorra, y no volvió.

Los que estuvieron años en la montaña. Años

en la clandestinidad, en las ciudades más peligrosas que la montaña.

Los que servían de correos en los senderos sombríos del norte,

o choferes en Managua, choferes de guerrilleros cada anochecer.

Los que compraban armas en el extranjero tratando con gánsters.

Los que montaban mítines en el extranjero con banderas y gritos

o pisaban la alfombra de la sala de audiencias de un presidente.

Los que asaltaban cuarteles al grito de Patria Libre o Morir.

El muchacho vigilante en la esquina de la calle liberada

con un pañuelo rojinegro en el rostro.

Los niños acarreando adoquines,

arrancando los adoquines de las calles

—que fueron un negocio de Somoza—

y acarreando adoquines y adoquines

para las barricadas del pueblo.

Las que llevaban café a los muchachos que estaban en las barricadas.

Los que hicieron las tareas importantes,

y los que hacían las menos importantes:

Esto fue una tarea de todos.

La verdad es que todos pusimos adoquines en la gran barricada.

Fue una tarea de todos. Fue el pueblo unido. Y lo hicimos.

El sólido alegato a favor de la tarea colectiva y multifuncional que es eso de hacer revoluciones. Y más tarde, en el ocaso o remanso de su trayectoria:

Como latas de cerveza vacías y colillas

de cigarrillos apagados, han sido mis días.

Como figuras que pasan por una pantalla de televisión

y desaparecen, así ha pasado mi vida.

Como automóviles que pasaban rápidos por las carreteras

con risas de muchachas y músicas de radios…

Y la belleza pasó rápida, como el modelo de los autos

y las canciones de los radios que pasaron de moda.

Y no ha quedado nada de aquellos días, nada,

más que latas vacías y colillas apagadas,

risas en fotos marchitas, boletos rotos,

y el aserrín con que al amanecer barrieron los bares.

En otro poema asegura y explica que “Odia al tiempo”, esa cosa que pasa, o por la que pasamos, dejando alguna huella o desapareciendo sin remedio.

Lo que dijo y lo que hizo: Ernesto Cardenal ya es memoria, y parece que seguirá siéndolo mientras haya humanidad atenta al grito de sus juglares.

ÉPALE 312

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