Es mentira que La Guaira es lejos

La nueva normalidad “flexible” permite desde octubre que los caraqueños revivan con esperanza el regreso a las playas de La Guaira. Es un gesto movedizo que se desliza desde la nostalgia hasta el miedo.

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Fotografías Jesús Castillo 

Estaba en sus pupilas movedizas, en el roce excitado de las sábanas sobre su vientre ajado, en el sol chamuscándole la cabellera. Estaba allí, ese mar plenipotenciario de los poetas, esperando por ella, 250 días exactos después de que el Presidente anunciara el confinamiento sanitario aquel infausto 13 de marzo en que la pandemia parecía sólo ficción.

Llamó a su hombre, cualquier hombre, y lo persuadió de envolverse juntos sobre las arenas renacidas de La Guaira y las aguas del éxtasis de un mar que se parecía cada vez más a la nostalgia.

Maduro lo anunció el 19 de octubre pasado, en un lance atrevido que demolió la veda al placer y reabrió playas y otros sitios de esparcimiento, para que el país no sucumbiera ante la tristeza a las puertas de las Navidades, cuando cada vez parece más improbable entonar con honestidad ese himno optimista sacralizado en nuestro imaginario: Yo no olvido al año viejo / porque me ha dejado cosas muy buenas

Atrás había quedado la silueta de un país en movimiento, que se desplazaba cada fin de semana de Sur a Norte con la seguridad de que algún paraje de sus 1.823 kilómetros de costas caribe le cobijaría al borde del extravío. Para mayor drama, la franja poblacional más densa del país se concentra frente a los abismos turquesa de las aguas atlánticas, con sus arenas doradas, sus cielos de azul insondable, sus aguamalas, sus besitos de coco y las empanadas de carne mechada que confeccionan los brazos de acero de una hermosa matrona de ébano.

Durante 7 meses de encierro Caracas lució distinta sin sus rituales de paseo al Litoral.

Sol, arena y flexibilización

En el vaivén de la mole cordillerana que separa a Caracas de La Guaira, ellos reunieron unos bolívares (un millón) en efectivo, y unos cuantos dólares por razones estratégicas, y un viernes “flexible”, tempranito, salieron asustaditos desde un punto indefinible como dos piratas desorientados, a perpetrar la conquista al revés desde las profundidades de tierra firme.

Ellos, como todos, aman la playa. El contraste vertical del ocre montañoso del Waraira Repano, frente al horizonte infinito manchado de cicatrices lejanas con forma de barquitos lanzados a la pesca, o a la caza del kraken inmortal. La quietud, el sosiego, la esperanza, la espuma, el oleaje.

Tanto amor se refleja en el número de áreas marinas protegidas. Siete de los 43 parques nacionales del país son litorales e insulares, con una extensión conjunta de 5.045 km2.

El Gobierno lo sabe, y el corazón mustio del pueblo caraqueño también. Por eso, luego de siete meses de angustioso encierro, la gente cantó: En el mar / la vida es más sabrosa, y en caravana tímida hizo el enorme esfuerzo —contra el miedo y la escasez— de bajar a sus playas a viciarlas de alegría.

Las playas, con pandemia, lucen tan alegres como siempre

Su mar

Ella supo que era su mar desde el mismo instante en que un colector de los autobuses que parten desde las afueras de la estación El Silencio del Metro de Caracas, en pleno centro de la capital, le buceó sin pudor las tetas celadas que amortajaba detrás de un pareo movedizo. Otras, más atrevidas, se dejaron desear a plenitud cuando comprimieron la pantaleta del bikini y exhibieron un poco más los pezones, para empezar a tomar el sol desde el amanecer.

Así volvieron, entre saltos flácidos, a esa felicidad lejana de cuando viajaban en comparsa carnestolenda a Los Caracas a gritar: ¡Aquí es, aquí es!, coreando el mosaico interminable de un cassette de Billo’s Caracas Boys que papá trasponía una y otra vez sobre la conversa de esa multitud familiar enlatada en un destartalado Malibú de 1978, de dos puertas.

Maduro lo anunció el 19 de octubre pasado, en un lance atrevido que demolió la veda al placer

Ella fue la primera, luego de remontar el túnel de Boquerón, en avistar a lo lejos el aeropuerto de Maiquetía y las aguas tornasoladas del naufragio; mientras él, tipo cualquiera, se mantenía atento a los detalles peligrosos, a las curvas interiores de la morena sentada dos puestos más allá, al vuelto del pasaje, al punto de llegada y partida de un viaje que un mes atrás resultaba imposible, porque nadie tenía acceso a una playa al menos que viviera al lado, y aún así, no estaba autorizado a bañarse.

Todo tan diáfano, tan extrañamente viable. Antes era impensable, pero desde que el Presidente hizo el anuncio, tampoco estaban muy claras las reglas de juego: durante una semana “radical”, unos motorizados bajaron a lo arrecho a tomarse las playas de La Guaira por asalto y se encontraron con una muralla de guardias y policías que retuvieron la caravana enardecida para explicarle que eso era una semana sí y la otra no, lo que muchos no quisieron entender y pretendieron saltarse a trompadas. Otro día, un domingo, los prodigios de lo inimaginable se materializaron y se armó una cola —de las históricas— subiendo la autopista, que aprovecharon los conductores para detenerse sobre el asfalto al asomar la noche para beber, cantar y bailar como sólo es posible en nuestra modalidad de fantasía tropical, que no admite ni distanciamiento social, ni tapaboca, ni saludo de coditos.

Los vendedores ambulantes reinan de nuevo

A lo femme fatale

La playa fue de ella, que lució una creación original en seda china rematada por un traje de baño de dos piezas, con los que modeló su pequeño cuerpo alucinado como una Audrey Hepburn de San Bernardino, a través de la alfombra de arena de una playa de nuevo cuño llamada San Luis, nacida sobre la cicatriz terrosa esculpida por la vaguada de 1999, mientras las tumbonas eran custodiadas celosamente por unos amables muchachos, a 5 dólares el par debajo del toldo, 10 dólares el cubo de diez birras heladas, y toda la cordial atención que la moneda extranjera pueda provocar, incluyendo pescado frito con tostón.

Él, para variar, se concentró en el cocuy, le juró amor eterno, le hizo una escena de celos, buceó cuanto culo deslenguado le pasó por el frente, y en un intento fallido de ser un dios Neptuno redivivo, se lanzó a nadar sin pasar de la orilla, hasta que ella vino a rescatarlo con un abrazo que saldó la épica del amor sobre las playas variopintas del coronavirus.

La nueva normalidad playera infantil

Normalito

La “nueva normalidad”, esa novísima acepción que no define nada pero lo anuncia todo, insinúa que tendremos que acostumbrarnos a ser felices de otro modo, que la cotidianidad tendrá otras prácticas y que veremos un nuevo amanecer en el devenir de la humanidad.

Eso no explica que ella sonrió con todos y todas con amabilidad franca, los vecinos de las tumbonas de al lado le prestaron a su niño para que jugaran como viejos amigos, que un puñado de muchachos pasaban campaneando ron con Coca Cola en la felicidad de la tarde, que los bañistas se dejaban acosar por los salvavidas enclenques del Litoral Central, que los enamorados se encogían sobre un solo doblez de piel, ni que las gaviotas y los pelícanos sobrevolaban indiferentes a los chirridos del reguetón que sonaba desde unas cornetas invisibles y que varios carajitos bailaban haciendo un círculo lascivo alrededor de la chica más bella que haya reinado nunca frente a las olas de todos los mares.

Bajo el esquema 7+7, las playas pueden cubrir su aforo natural sin verse abarrotadas

Bajo el esquema 7+7, las playas pueden cubrir su aforo natural sin verse abarrotadas, con balnearios abiertos desde las 7:00 am hasta las 3:00 pm, fórmula aplicada a rajatabla en La Guaira, donde se vieron obligados a retirarse espantados por las autoridades, para servirse de regreso a la ciudad de un transporte púbico eficiente como nunca, con precios regulados salvo uno que otro desliz de los cobradores de turno, relajados y sin afectaciones desde las antípodas del miedo al contagio viral.

Él, quizás se quedó borrado dentro de un sopor ebrio, metido en la borrasca, pero ella fue como una reina piadosa, tan eterna como la vieja normalidad, sorprendida por la quietud de tasa de su mar, ese viejo mar de la memoria que viene a ella cada vez que el mundo anda vuelto mierda.

Casi todos los servicios playeros se cobran en verde

ÉPALE 392

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