Esa cosa incómoda que es el teatro

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

Echar un cuento es una actividad que habla del carácter gregario del ser humano. Por la misma razón que necesitamos un abrazo, una sonrisa, festejar, ir en grupo por ahí; así, necesitamos echar el cuento de lo que nos acontece, de lo que presenciamos, de lo nos llama la atención. Echar el cuento es convertir al oyente en un testigo de nuestra memoria. Es tan vital como comer, dormir, tener sexo, reír, llorar o gritar. De eso estamos hechos.

El teatro no es otra cosa que echar un cuento donde, además de palabras y sonidos, usamos el cuerpo. Quien cuenta deja de ser un narrador y se transforma en protagonista. Ya no es había una vez, sino que es aquí y ahora lo que fue ayer y en otro lugar.

Esta manera de complicar las cosas, de involucrar el cuerpo, de trastocar el tiempo, de superponer varios presentes y varias realidades exige un estado especial, tanto de quien cuenta como de quien recibe la historia. Por ello, la ritualidad es imprescindible. Entonces, es necesario el espacio teatral, el tiempo de representación, gente que se prepara para realizar lo que se cuenta. Por eso el público debe creerse lo que ocurre en el escenario, abolir su noción de realidad y entrar en otra noción. Acuerdo imprescindible para que la magia ocurra y el cuento se haga.

Todo esto obliga a tener cuidado con lo que se cuenta. No puede ser cualquier pendejada. Tiene que ser algo que mueva y conmueva al público, algo que le interese, algo que quiera dejar, aunque sea un rato, en su recuerdo.

Por eso se suelen contar cosas que no son cotidianas, cosas que no son fáciles de contar con la mera oralidad. Los temas, los argumentos, entonces, también son parte del acuerdo entre teatreros y espectadores. Se tocan asuntos en los que estamos envueltos, que nos hacen incierto el piso firme, que dicen verdades que suelen pasearse por el lado de la sombra, que en otros lugares se dicen bajito; que evidencian que no somos de dos dimensiones, sino de tres, o más. Y es allí que no valen los lentes 3D ni los efectos 4D, aquí las tres o cuatro dimensiones son en vivo: el mismo largo, ancho, profundidad y espíritu para actores y público.

Tal vez por eso lo raro, lo incomodo, lo no fácilmente comprensible, lo que no se estaciona en convicciones inamovibles son los temas más recurrentes en el teatro. Por eso sigue existiendo ese arte, que parece rebasado por la tecnología. Porque esa dimensión humana, física y espiritual solamente tiene espacio en el teatro. Cuando el teatro echa el cuento, no solamente se libera lo que bulle en la sombra de nuestra psique, sino lo que somos hoy y hace mil años.

ÉPALE 361