¡Ese Maradona!

 

POR PEDRO DELGADO
FOTOGRAFÍAS ARCHIVO 

¡Murió Maradona! La noticia se regó por el mundo y millones de lágrimas amigas comenzaron a rodar.

Muy posiblemente Germán, el otrora chamo vecino del barrio Los Cedros, al norte de Catia, muy pana de mi hijo, haya sido uno de los primeros en mojar su rostro. Igual, haya dado en recordar que, precisamente, el apodo que le colocaron cuando se inició en las lides futboleras fue el apellido del astro argentino, su ídolo.

Y era que Germán tenía la habilidad de fajarse durísimo a la hora del balón rodado por el terraplén o en la cancha de futbolito, lo que también practicaba. Una destreza que para algunos se asemejaba a la del Diego Armando y, muy cariñosamente, comenzaron a llamarlo Maradona.
Maradona, es decir Germán, empezó a crecer física y anímicamente apasionado por el arte de la gambeta, el pase al compañero, el cabezazo, el chut desde la banda izquierda, desde la derecha, la entrada al área y gooooooool. Una bala de pierna derecha.

Tan igual como el Pelusa, llevó con prestancia el número 10 en su torso y una melena rodeándole el rostro, pues su onda era maradónica y punto. En solidario gesto, luego de acumular sapiencia y años, comandó equipos del barrio elaborando cuadros de muchachos a los que él mismo enseñaba. Se dio con furia a ritmo de caimanera en la bien proyectada cancha del Bloque 4 de Ruperto Lugo, donde fijo era verlo y aclamarlo: “¡Vamos Maradona!”.

Cuánto orgullo sentía por aquello de servirle a los demás, que hasta esa virtud lo llevaba a parecerse al che pibe.

De pronto, las condiciones del muchacho de Los Cedros comenzaron a mermar producto de una severa enfermedad: la epilepsia. Los temblores y las contorsiones empezaron a apoderarse de su cuerpo, los golpes y los revolcones más atrás. Las contusiones se fueron haciendo más continuas y la angustia de su madre no cesaba. El trámite médico en busca de la cura y su viaje a Cuba. En el Centro Internacional de Rehabilitación La Pradera, La Habana, estuvo compartiendo ratos de pana junto a mi hijo Pedro, quien recibía allí terapia en su pierna izquierda. Era el año 2008. Allí se enteraría que en un lugar anexo estuvo ocho años antes el Rey Diego. Cuánto de anécdotas sobre la legendaria figura escuchadas por aquellos lados, luego traídas a compartir a este otro. Hasta en ese perfil fue favorecido.

Hoy día, cuando sus conocidos lo ven pasar al lado de su mamá, no falta quien exclame: “¡Ese Maradona!”.

EPALE393 

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