Estaba una guacamaya, sentada en su chaguarama

Por María Alejandra Martín • @maylaroja • Ilustración Astrid Arnaude • @loloentinta

Caracas abre sus brazos de valle recibiendo a todo aquel. En nuestra tradición es esa la lectura de muchos quienes la viven y hablan de su bondad.

Es el caso también en la modernidad de las guacamayas, que según los estudiosos de la biología venezolana dicen que son resultado de que tu familiar creyera que era un buen gesto comprar una guacamaya enjaulada y traértela a la ciudad.

La venta de fauna silvestre y el abandono de estos animales resulta en otra población del interior que adoptó la misma ciudad que tú o tus ancestros. Nuestras amigas emplumadas son oriundas del Amazonas, otras de Ciudad Bolívar, del Zulia y Barinas.

Se conocieron sobrevolando Caracas, una Ara ararauna, azulita con amarillo apodada Doris, oriunda de El Callao y Hermócrates del Zulia un Ara chloroptera mollejuo y rojito. Se casaron en la montaña, volaron en caravana con amigos por Los Símbolos y la Central, la fiesta las agarró en Bellas Artes donde vieron caer el sol antes de retornar a la casita recién hecha en una chaguarama muerta inaugurado así el vínculo nupcial.

Desde allí vivieron felices recorriendo a diario la ciudad, comiendo perdices, frutos secos y fruticas, y generando guacamayitas caraqueñas que hoy en día, de mañana y por la tarde, ves sobrevolar, discutir y conversar, comer en cualquier balcón, restaurante y que sacan sonrisas ante el día laboral. Siempre juntas hasta que una se va, y queda la otra esperando pasando el guayabo contemplando la tarde sola en un palmar.

Hay también toda una historia de vida detrás de un hombre apodado Vittorio, residente caraqueño con una casa en Bello Monte, padre simbólico de toda una nueva generación con plumas de otros colores. Por años se dedicó a rehabilitar, cuidar y dejar en libertad a muchas especies de guacamayas de familias incapaces de entrar en empatía con el animal.

Y tan simpáticas que son las panas, que se te llegan al balcón para pedirte cambur, mandarina, martillándote el desayuno o el monchis. Hablando un dialecto casi humano, los psitácidos también tienen la cualidad de emular tu voz, y esto lo sabrá quien aún conserva en sus recuerdos al primo de esta especie, el periquito de tu abuelita que se la pasaba repitiendo: “Buenos días. Fernandiiito, mi amoor, deja eso ahiií”.

Decía una bióloga que las guacamayas caraqueñas debían hablar más duro en comparación a las de otras regiones, para poder escucharse ante el ajetreo de la cotidianidad.

Que desconsiderados somos, ojalá nos detuviéramos más a escucharlas a ellas, a escucharnos, y a escuchar a la ciudad.

Diría Desorden Público: “Mira ese tumbao, se parece al caminao de Simón Guacamayo”.

ÉPALE CCS Nº 479