Explotadas de exportación

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Justo Blanco

Venezuela, país petrolero y “missero” (si es que es válido llamar así a nuestra factoría de reinas de belleza), ha desarrollado un sello particular, una especie de denominación de origen para identificar a sus mujeres: están buenísimas todas. Hasta la más fea está buena, y si habla, mejor. Porque, además, ha desarrollado una vocación particular de cosmopolitismo que le facultad con poderes especiales para sostener las más gratas conversaciones en cualquier contexto, incluso más allá de nuestras fronteras.

Los venezolanos feos (también hay mucho hombre bello, por un tema de competitividad) la tenemos más fácil en nuestra propia tierra, pues estadísticamente nos debe corresponder una bonita, salga sapo o salga rana. Si a usted no le ha tocado, revísese los arcanos.

En ese contexto la belleza, como fruto de la banalidad, ha estigmatizado a las nuestras. Muchas, huyendo de la terrible eventualidad de no poder acceder económicamente a los rudimentos esenciales para apuntalar su divinidad (cremas, champús, labiales, plata para la peluquería, exfoliantes, etcétera), se han dejado seducir por el espejismo de la prosperidad transfronteriza y han ido a parar con su hermosa humanidad a tierras lejanas, donde son objeto de la maldita envidia.

Fundamentalmente, países nuestroamericanos Perú, Colombia, Ecuador, Chile, algunos de ellos liberados del yugo opresor de la colonia española por una casta de superhéroes de carne y hueso fraguados, también, en esta tierra hace 200 años han visto desfilar a nuestras mujeres como si atravesaran la alfombra roja para ser coronadas nuevamente reinas. Pero esta vez no se trata de un asunto frívolo ni de un acto meramente vanidoso de la estética sin propósito, sino de un fenómeno que, para bien o para mal, ha tocado profundamente a las sociedades implicadas en este novísimo fenómeno migratorio.

Por años, Venezuela fue un receptáculo franco que admitió la migración del mundo, y siempre sonreímos al darle la bienvenida a los pueblos extranjeros, pero sobre todo a las pueblas que aceptaron la integración y el mestizaje, dando como resultado la aparición de estos portentos femeninos que se forjaron con la carga hereditaria del cruce de caminos.

Forastera pero linda, la venezolana promedio que se fue al exterior no solo se ha visto obligada a redefinirse laboralmente, sino que ha debido desarrollar novedosas estrategias de supervivencia ante la maledicencia de las que no soportan que una extraña con otro acento, y otro meneo, venga a exhibirse con toda su soltura tropical donde no es bienvenida, y menos si es objeto del deseo.

Lamentablemente, el machismo arraigado en todo el continente ha concedido al varón la antipática potestad de desear y pretender seducir, a propias y a extrañas, sin que medie discreción alguna. Esto, obviamente, ha desembocado en lamentables episodios de celos, rabias y disputas con desenlaces incluso fatales, como lo ha reseñado suficientemente la prensa del mundo.

Bella, inteligente e interesante, la mujer venezolana no siempre puede jactarse de su mixtura híbrida, mezcla de la exacta proporción de nacionalidades que corona su perfecto ensamblaje. Fuera de su país de origen, tanta precisión puede terminar siendo una condena.

Las hay quienes sí se aprovechan de la voluptuosidad de sus cuerpos y la desinhibición de su lengua para pasarle por encima, como una aplanadora, a las lugareñas desaliñadas que obedecen, en todo caso, a otros preceptos estéticos. Eso que llaman “belleza diferente”. Aunque orondas por el mundo, corren el riesgo de una venganza de género que puede llegar a ser terrible.

Las hay quienes, por el contrario, se arremangan la camisa, resguardan con una colita su tersa cabellera, se ensucian los cachetes y esconden con anchas faldas sus caderas de infarto, intentando pasar desapercibidas hasta que el acento las delata.

Ambas, por más que se tongoneen en otras geografías, jamás serán más bellas que en su propio hábitat: esta tierra de gracias donde reinan con justicia.

ÉPALE 362