¿Fake news o reseña visionaria?

El 11 de julio se cumplen 107 años de un acontecimiento tan baladí como significativo: de los poquísimos vehículos que rodaban por la capital, dos chocaron en la esquina de Gradillas. O tal vez la efeméride sea un fake news de los más longevos

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Daniel Pérez

No, no fue el atropellamiento de José Gregorio Hernández (1919) el primer accidente de automóvil que tuvo lugar en Caracas. El del 12 de julio de 1913 fue, al parecer, el primero en ser reseñado por los cronistas de la época. “Dicen” que ocurrió en la esquina de Gradillas. De hecho, se ha dicho demasiado durante décadas. Se dijo tanto que mucha gente lo asumió como noticia y curiosidad verdadera, hasta que el bombardeo de especies chimbas o fake news nos ha convertido en eficientes detectores de notas y especies que “suenan raro”. Ya el haber patentado la detección de “chinazos” en tiempo real nos tenía entrenados como pueblo para rebuscar a ver qué es lo que no cuadra o resulta sospechoso; después de tanta maroma antichavista y antivenezolana en estos 20 años se nos han agudizado la vista, el oído63 y el olfato todavía más.

Y sí, es bastante sospechoso el facsímil de una primera página de El Universal que anda rodando por grupos y redes. Entre otras cosas, porque si usted va a la Hemeroteca Nacional y solicita ese ejemplar, se encontrará que la página y las noticias son otras. Del presunto choque de Gradillas, no se dice ni pío.

Lenguaje futurista o retrógrado

Pero sucede que no son simples repartidores de memes los que le dan carácter verídico y veraz a ese texto periodístico; un investigador de nombre Antonio Itriago registra (en un texto cuyo original no sé si existe, tampoco) al menos dos personajes “importantes” que citaron ese choque y esa reseña periodística: Alfredo Schael y Elio Gómez Grillo, uno experto en historia del transporte y el otro famoso criminalista y/o criminólogo.

Pero como estamos muy grandecitos ya para creer que porque alguien tenga un nombresote y un titulote es inmune a que lo engañen o lo estafen, mejor veamos el artículo desde su extraño palabrerío, ese animal que tanto delata.

La reseña del choque comienza con estas reflexiones e informaciones: “Nosotros lo habíamos predicho. Tarde o temprano iba a suceder lo inevitable. Ayer, por desgracia, los hechos nos dieron la razón. A las once y media de la mañana, cuando el dios Febo estaba en su esplendor, dos de esos vehículos de motor que llaman impropiamente automóviles, y que andan por esas calles a 15 y hasta a veinte kilómetros por hora, tuvieron un encontronazo nada menos que en el ombligo de la ciudad, en la propia esquina de Las Gradillas”.

Y sigue: “El vehículo manejado por el joven Gustavo Zingg ‘chocó’ (si se nos permite usar este galicismo), con otro que conducía el ingeniero alemán que fue traído con este objeto por la Casa Blomh de esta ciudad”.

(…)

“Y ahora nos preguntamos nosotros: ¿Es esto civilización? ¿Podrá seguir tolerando toda una ciudad que corran por sus calles, como alma que se lleva el diablo, flamígeros aparatos de hierro? ¿Y todo porque un millonario de la Gran Nación del Norte, quien según informa el cable francés se llama Enrique Ford, se le ha metido en la cabeza hacer dinero en esta forma?”.

Confieso sentir una especie de enfermiza curiosidad por esa pieza y por todo el sistema de símbolos que le gira alrededor, como moscas a la miel: que ese reclamo parezca tan conservador para 1913 y tan de avanzada para el siglo XXI me parece un misterio fascinante, una zambullida sicológica de lo más pertinente y extraña. Lamentablemente, ese punto de vista, que embadurna todo el texto, es también uno de sus delatores o acusadores: esas cosas pudo haberlas escrito una mentalidad “de avanzada” de este tiempo; tanto, que parece una mentalidad atrasada de hace un siglo.

Y el momento crucial:

“Pero todavía hay tiempo de ponerle remedio al mal. De aceptar nuestra reiterada proposición de que esos aparatos sólo se les permita circular por los caminos y que se marquen zonas de salida y llegada en los extramuros de la ciudad. Así se evitarían catástrofes mayores y Caracas podría seguir conservando su hermoso aspecto de la ciudad seria, en donde los coches de caballos van y vienen sazonando la vía con los agudos dichos del cochero y las travesuras fisiológicas de las nobles bestias. Y no sólo la Prensa, el cuarto poder como tan acertadamente la llamaría El Libertador, sino también la Iglesia, suprema guardián de las buenas costumbres, ha dejado oír su voz contra estos aparatos”.

Muy bien todo, pero ¿era tan reaccionaria o tan tierrúa eso que llamaban “la sociedad caraqueña”, como para hablar del olor a mierda con afecto? Porque hay que tener un espíritu elevadísimo o permacultor para referirse con aires de añoranza al olor a estiércol. Eso, en la sociedad de este tiempo, que ya sabe del carácter criminal de los vehículos a gasolina. Pero ¿en la de hace un siglo había ya caraqueños sintiendo nostalgia de los aires campechanos, como si a poca distancia no tuvieran todo el que se les antojara?

Entonces, favor anotar: zámpense en la hemeroteca, cuando la abran, y me ayudan a buscar ese facsímil de un titular de primera página que reza: “Primer choque de automoviles en Caracas” (dándole un valor histórico y también premonitorio: ¿qué iban a saber los curracos de El Universal que ese evento iba a ser el primero de una serie larguísima, y que iba a desvelar a alguien un siglo más tarde?). Tal vez la nota exista, y tal vez no. Ya saben cómo se juega esto del azar.

Lo otro es embraguetarse y soltar el buche de una vez: “Ay, chiamo, el discurso conservador a veces como que nos suena más a tono con el futuro que queremos que con el ‘progreso’ y sus armas capitalistas”. ¿Nos lanzamos esa discusión, o le atribuimos la cosa a un manipulador, a un troll anónimo más?

ÉPALE 380