Fausto en parodia

POR RODOLFO PORRAS / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Desde los griegos se reconoce a la parodia como un género literario. Se entiende como un texto que se burla, bien de una obra artística, de un hecho, de un personaje histórico o de una idea. También hay combinaciones en las que la parodia aborda al personaje histórico, las ideas y la obra artística, todo a la vez.

Pongamos, por ejemplo, que alguien quisiera parodiar, nada menos y nada más, que al Fausto de Johann Wolfgang von Goethe. Y, al mismo tiempo, quiera parodiar a un personaje no histórico, pero sí noticioso, y a una idea o concepto… resulta que el personaje noticioso es femenino, así que al parodiador le surge la primera pregunta: cómo será el femenino de Fausto: ¿Fausta? En principio funciona, porque el traslado es un primer elemento humorístico y burlón; pero, además, existen personajes históricos que llevaron el nombre. De hecho hay una Ópera Fausta, de Donizzeti, que trata sobre uno de estos personajes. La esposa de Constantino I, que fue condenada por incesto.

Siguiendo con el ejemplo, la parodia podría comenzar con un olorcito a azufre, de esos que alguna vez describió Chávez para referirse al más sanguinario e idiota de los presidentes del país del Norte. A este olor le sigue la presencia de un perro enorme, con ojos sanguinolentos, que va tejiendo círculos alrededor de Fausta. Ella lo ha invocado porque está sedienta de poder. El perro que, por supuesto, es el diablo, le pregunta: “¿Para qué soy bueno?”. Fausta le confiesa que quiere ser rectora porque ama a la universidad en donde trabaja. El can no puede disimular su asombro y dice, con cierto desdén: “¿Tú?”. “¡Sí, yo!”, le responde con altivez la licenciada Fausta. El animal comienza a dar vueltas al asunto, hasta que se sienta. “Está bien, pero tienes que firmar un contratico y el obscuro objeto de tu deseo será tuyo”. Le responde Fausta, con cierta agudeza… de voz: “¡Firmo lo que sea!”.

Mefisto deja su aspecto perruno y le entrega unos papeles, que la licenciada se apresura a firmar. Una vez cerrado el trato el diablo le recuerda que tiene que ser doctora. “Sí señor —le dice ella—, para eso está el honoris…”. “Pero eso te lo puedes autootorgar después, así que tienes que conseguirte tus acríticos…”. “Será acólitos”, le responde ella. “No, no, acríticos, hazme caso”. Mefisto, ejerce su magia diabólica y le hace una última recomendación: “Cualquier vaina, apela a ‘la autonomía’”. Ella asiente feliz y se dedica a desbaratar la universidad y a mandar para siempre.

En este ejemplo vemos cómo se puede parodiar a una gran obra de arte, cómo una persona puede parodiar un cargo de rectora y cómo la complicidad puede parodiar el concepto de autonomía universitaria para convertirlo en un miserable comodín.

ÉPALE 342