ÉPALE244-FELIPE PIRELA

VÍCTIMA DE UNA CAMPAÑA ATROZ, Y QUIZÁ DE SU PROPIA INMADUREZ, EL BOLERISTA DE AMÉRICA TUVO UN FINAL PREMATURO QUE IGUALA —EN EL DATO TRÁGICO— A OTROS INMORTALES DESAPARECIDOS A CORTA EDAD

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Felipe Pirela pertenece a esa estirpe de mitos que quiebran una época, impactan a toda una generación y, de pronto, la perturban con una muerte temprana. Más tarde, cuesta un poco explicarle a la gente, esa masa olvidadiza y en constante renovación, en qué consistió su aporte a la formación sentimental de los pueblos. Pero ese esfuerzo hay que hacerlo siempre, todo el tiempo, permanentemente.

SIEMPRE FUE UN MUCHACHO EL BOLERISTA DE AMÉRICA, UN COÑITO QUE CONOCIÓ LA GLORIA Y EL FANGO ENTRE LOS 20 Y 30 AÑOS. NO TUVO TIEMPO, QUIZÁ, DE VOLVERSE MADURO O DE LLEGAR A ESA ETAPA QUE LLAMAN ADULTEZ, EN LA QUE SE SUPONE QUE UNO EMPIEZA A COMETER MENOS ERRORES O A COMETERLOS MENOS INGENUO

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A esta Venezuela salsera por vocación y por temperamento, por ejemplo, es preciso entrarle por el lado de una de sus leyendas más queridas, a ver si se reencuentra con la inmensidad del cantante maracucho. Hay que recordarle, cada vez que se presente la ocasión, que unas cuantas canciones interpretadas por Héctor Lavoe forman parte de un homenaje de El Cantante de los Cantantes al bolerista de los boleristas. Hay que repetir, hasta que nos duela la boca y retumbe el eco en los oídos al gentío, que aquella versión de “Sombras nada más” de Héctor palidece ante la grabada por Pirela; pero la cosa no es culpa del salsero, porque resulta que la versión de Javier Solís también tiende a palidecer cuando la confrontan con la otra. Tanta sombra tiene que haber incidido en ciertos destinos y desenlaces; asoma por aquí el Pirela asesinado, el Pirela vejado por la familia de su esposa, el Pirela reducido a polvo en su dignidad por una prensa sensacionalista y coñoemadre; y, finalmente, el Pirela olvidado por un país que debería tenerlo en mejores pedestales.

Siempre fue un muchacho El bolerista de América, un coñito que conoció la gloria y el fango entre los 20 y 30 años. No tuvo tiempo, quizá, de volverse maduro o de llegar a esa etapa que llaman adultez, en la que se supone que uno empieza a cometer menos errores o a cometerlos menos ingenuo. Una de sus primeras muchachadas tuvo lugar en aquel baile en que lo invitaron a cantar y terminó llevándose como trofeo amoroso a la que habría de ser su esposa pocas semanas después: una niña de 13 años llamada Mariela Montiel, marabina como su apellido y como él mismo. Nadie sabe hacia qué barrancos lo llevarán el amor o su hermano destructivo, el embeleso. El buen Felipe, de 24 años de edad, no vio —y no tenía por qué ver— el burrundango de abismo en que se lanzó esa noche, embriagado por la fama y por la bellezura de esa muchacha que apenas despuntaba en la pubertad: “¡Ay chiamo!, esto me cayó del cielo. ¿Cómo me lo voy a perder?”.

En el ranquin, o escala de las emociones fuertes, ese encuentro de 1964 tuvo que haber sido de la misma naturaleza y enormidad que la recibida a sus 20 años, en su propia casa paterna, la vez que se apareció por allá el maestro Billo Frómeta (ni más ni menos, el papá de la orquesta más famosa y cotizada del país) y le anunció a toda la familia que quería contratar a Felipe como cantante. La familia le había preparado un almuerzo colosal al famoso director, tal vez para ayudarlo a convencerse de contratar al muchacho, pero Billo se tomó apenas tres minutos para hablarles de sus intenciones, les dijo que no tenía hambre y se largó. Iba a lo suyo siempre el maestro Billo, y aquella vez iba por Felipe Pirela. Lástima por la comida de la doña, que cocinaba tan bien.

MEDIOS DE COMUNICACIÓN AL ACECHO

La vida de los músicos y cantantes es la vida de los músicos y cantantes. Aquí, entre nosotros, no hay que andar explicando ni disertando mucho sobre ese asunto, pero explicárselo a una carajita de 13 años, convertida en esposa de 14 años y después en madre de 15 años, es bastante más engorroso, y me perdonan las y los feministas esta conclusión sin ahondar en premisas. Siempre habrá alguien que no entienda que a un cantante de fama internacional no puede imponérsele una dinámica de trabajo y ritmos vitales, que se parezca a la de cualquier oficinista: “Me hacés el favor y te venís a dormir en tu casa después del concierto, y no me hagáis arrechar”. En poco tiempo estallaron los demonios de los celos, la violencia doméstica y, por último, el forjamiento de una campaña mediática que en aquella época hizo chorrear baba de la mala a millones de lectores de periódicos.

El diario Últimas Noticias ya había alcanzado antes altísimos niveles de ventas mediante el recurso abominable de destruir la imagen de un cantante famoso. Varias ediciones agotó el tabloide en entrevistar y encuestar ciudadanos a partir de la pregunta generadora: “¿Cree usted que Jorge Negrete es homosexual o solamente afeminado?”. Cuando la familia de la muchacha decidió ir de periódico en periódico y de emisora en emisora difundiendo la especie de que Felipe Pirela era “sospechoso” y que “había abandonado sus obligaciones como cónyuge” (traducción: como no amanecía en la casa y llegaba borracho y, por lo tanto, no se cogía a su esposa Mariela, lo más probable es que fuera marico) estalló la fiesta del descrédito, el linchamiento moral y, luego, la destrucción del patrimonio del cantante.

Tuvo que vender la casa para pagarle daños y perjuicios a la joven madre y luego someterse a un juicio repulsivo después del cual, seguramente, iban a quitarle también lo que no tenía. Huyó entonces del país, dejando atrás a una hija con la que nunca pudo compartir la compañía y el abrazo (Lennys, se llama, y a sus 50 años de edad declara que lo adora). Comenzó una corta etapa de internacionalización, más o menos por la fuerza. En Puerto Rico encuentra lo que pareció ser la oportunidad de reconstruir su carrera y su fortuna. Y encontró, también, el estilo de vida que no deja escapar en buenos términos a mucha gente.

En 1972 Venezuela venía, en un tiempo relativamente corto, de dos despechos musicales, a causa de la desazón de la muerte de ídolos en pleno despegue. En 1967 se había despedido de este mundo, cuando todo anunciaba que su gloria estaba apenas llegando, la voz dulce y rotunda de Cherry Navarro, fulminado a los 23 años por una enfermedad degenerativa rarísima, que en la época era muy difícil de combatir. Y en mayo de 1972 acababa de morir también, en la Gran Manzana, quien, según muchos melómanos, ha sido la mejor voz de la salsa hecha en el país: Perucho Torcat se quedó dormido en un carro que destilaba anhídrido carbónico y murió en un sueño plácido y caliente en mitad de una nevada neoyorquina.

A Felipe Pirela lo emboscaron y liquidaron a tiros el 2 de julio de 1972. En la madrugada, por supuesto. Después de una noche de música y de parrandas, por supuesto también.

ÉPALE 244

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