Fin de mundo

TRAMA COTIDIANA POR RODOLFO PORRAS

Fin de mundo es una expresión que valora ciertas acciones que rebasan el concepto de normalidad y se presentan como síntomas del acabose. Fin de mundo viene de un mito que se ha manifestado con cierta constancia en muchas culturas alrededor del planeta. El cristianismo, a partir de un escrito del apóstol Juan, convirtió este mito en todo un entramado filosófico, religioso, simbólico, pavoroso y de coaccionante predicción llamado Apocalipsis. La geografía también cuenta con lugares que aluden al fin del mundo. Finisterre en Galicia, Ushuaia en Tierra del Fuego, Cabo Beachy en el sur de Inglaterra. Lugares que fueron asumidos, por razones poéticas o porque sus habitantes no concebían que nada podía haber más allá, como si allí se terminaba la Tierra.

La modernidad, sin abandonar ninguna de estas acepciones, ha hecho del Fin de mundo un buen negocio basado en el miedo, tanto mágico-religioso como bélico.

No es necesario, para los fines de este artículo, seguir ahondando en cómo el concepto ha percolado en nuestra imaginería, convirtiéndose en parte de nuestra concepción del vivir.

Así que Rubén Joya, cuando titula así su pieza teatral, que ganó el Premio Apacuana el año pasado, sabe que no está proponiendo ningún concepto novedoso, al contrario: sabe que más que un concepto es un miedo, una amenaza que pende sobre la humanidad, bien tratándose de un exterminio total, bien tratándose de lo que le puede acontecer a una íngrima persona cuando se despeña por el desfiladero de un drama o una tragedia. El sabor a viejo teatro del absurdo a lo Ionesco, fundamentalmente refuerza esa idea de momento caótico, angustiante, inconexo en el que deriva todo fin de los tiempos: el eterno retorno en su fase de decadencia.

El Fin de mundo que nos propone Joya como dramaturgo, y Carlos Arroyo en la puesta en escena, se hermana con el Apocalipsis, en tanto su intensión filosófica, simbólica y lo pavoroso que resulta en lo anecdótico; se aleja porque el detonante y las consecuencias están más vinculadas al acontecer político que al religioso y, aunque el tono y el tema cobran un carácter universal, todo apunta a las consecuencias que puede traernos el regreso del fascismo y el gorilato en América latina.

Carlos Arroyo demuestra, una vez más, que conoce el oficio y que lo hace con sensibilidad y perspicacia política. Una puesta en escena delirante, llena de imágenes y recursos escénicos da cuenta de la intención de esta pieza. Con un elenco desigual, pero contando con grandes del teatro venezolano, Fin de mundo entra a formar parte del repertorio de la Compañía Nacional de Teatro. Esté pendiente, que por ahí viene la reposición.

ÉPALE 346

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