Final horrendo el de El Zagal

Casi todo el mundo desearía un final doloroso para los hegemones o emperadores más feroces o crueles (Trump, que ojalá te vaya bien). Pero final duro y desagradable de verdad, el de uno de los últimos emires de Granada

Por José Roberto DuqueDuqueJRoberto / Ilustración Erasmo Sánchez

El final de esta historia coincide con los preparativos del primer viaje de Colón “a la India” y con el final del señorío de los árabes en la península ibérica (1492). Pero primero hay que irse un poco, o bastante, atrás en la historia para entender qué mother fucker hacían y cómo llegaron los árabes a establecer un reino (en realidad más de uno: cuento largo y enredado) en el territorio que hoy conocemos como España.

Resumidito: a comienzos del siglo VIII (se lee “ocho”; ni Lila Morillo existía todavía), más o menos entre los años 711 y 726, los árabes musulmanes saltaron desde el norte de África y entraron a espada limpia en ese territorio, dominado y administrado entonces por los visigodos, pueblos que se instalaron entre las actuales Francia y España más o menos desde 409 (les dije que había que ir bien atrás). A nosotros nos parece un abuso espantoso que los monarcas españoles hayan gobernado en América 300 años y que los gringos hayan saqueado a su antojo aquí durante un siglo. Bueno, es hora ya de consolarnos: los españoles tuvieron que mamarse a sucesivas generaciones de gobernantes árabes durante 780 años: desde 711 hasta 1492. Así que la actual España se llamó en ese período Al-Ándalus, o así la llamaba el invasor.

También es verdad que los árabes no perpetraron allá el genocidio que después vinieron ellos a desatar aquí. De hecho, cuando la reconquista de los territorios en manos de los árabes por parte de los cristianos estaba avanzada, la relación de guerra-acuerdos de convivencia parecía un largo ajedrez y no una matanza permanente. Hubo muchos sultanes y “reyes” invasores que fueron capturados por los ejércitos católicos y luego soltados a cambio de una plata y unas tierras. Algo así como “okey, te suelto y te dejo gobernar en Morón si me entregas Caracas y diez millones de dólares”: así, negociadito y civilizado, fue transcurriendo el tiempo, así que el Reino Nazarí de Granada (que así se llamó en los últimos años) parecía un acordeón de tanto estira y encoge de poderes y territorios.

Pero todo tiene su final, incluso el tiempo de las negociaciones y los simulacros de cortesía.

Divide y vencerás

En esa frase (que seguramente ninguno de ustedes había leído ni oído nunca) queda resumida la más grande habilidad de unos reyes cuyos nombres sí recordamos por aquí: Isabel y Fernando, los mismos que financiaron los viajes de Colón para acá, aprovecharon las innovaciones tecnológicas de su armamento, pero sobre todo las intrigas y conflictos entre los jerarcas del momento en Granada, último territorio-bastión donde gobernaban los musulmanes.

Había en Granada un sultán llamado Boabdil, en conflicto por el poder con su tío, El Zagal. Este último, con fama de sanguinario y malote, suele ser representado en las pinturas montado en su caballo con varias cabezas de enemigos decapitados colgando de la silla. El otro fue nombrado “El Chico” porque era un muchacho, o tenía cara de serlo, quien al final resultó ser el más perro de los dos.

Estallada la guerra civil entre las facciones árabes. El Zagal tuvo un golpe de suerte, pues los católicos, pescando en río revuelto, lograron apresar a su sobrino y rival Boabdil. El Zagal disfrutó durante un año de su jefatura total, pero los españoles hicieron una jugada: liberaron a Boabdil a cambio de que se declarara vasallo de Los Reyes Católicos (ya el tipo antes había traicionado a su propio papá aliándose con los reyes: todo normal) y le siguiera metiendo zancadillas a El Zagal, que resistió hasta que pudo.

El Zagal, casi destruido, pactó con Boabdil para dividirse el reino: unas ciudades para Boabdil, otras para El Zagal. A la larga, los castellanos los derrotaron a los dos; El Zagal también negoció con los católicos y lo dejaron libre a cambio de entregar sus ciudades y su obediencia a los españoles. Boabdil les entregó el último bastión árabe: la ciudad de Granada; y se acabó el cuento de los gobernantes musulmanes en España.

El Zagal, en medio del derrumbe, se fue a buscar a sus ancestros en el norte de África, a una ciudad llamada Fez. Exiliado en el seno de los suyos, no contó con que Boabdil le guardaba su arecherita y le pidió al rey de Fez que le echara una vaina a su tío. Y se la echó: primero le robó todo el dinero y objetos que se llevó de España, lo encarceló y le aplicó un castigo espantoso: le quemó los ojos y lo echó a la calle a deambular como un perro amarillo. Varios años anduvo El Zagal mendigando por los pueblos, con un cartelito colgando en las ropas, que decía: “Este es el desventurado rey de los andaluces”.

Una versión sobre su final dice que terminó en una isla al norte de África, rescatado y cuidado por un emir que se compadeció de él. Otra, que murió en una ciudad llamada Tremecén, donde se ha identificado una tumba con su nombre en una necrópolis de reyes. Cualquiera de los dos destinos da igual, después de esos años finales de mierda.

ÉPALE 397