ÉPALE259-MITOS

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Henry Ford, el magnate norteamericano de los automóviles, con todo su poder fáctico, pretendió establecer una realidad paralela sobre 10.000 kilómetros cuadrados de selva tropical, sin tomar en cuenta la fuerzas aleatorias de la naturaleza y la voluntad de los pueblos: creó una ciudad industrial con fachada de Disney World para la explotación del caucho en el corazón de la Amazonia, prohibiendo a sus trabajadores el alcohol, el fútbol y las mujeres, las tres divinas potencias en persona.

Fundada en 1928 a orillas del río Tapajós, en lo más recóndito del corazón del Brasil, la idea de la Ford Motor Company era convertir Fordlandia en un idílico y fundamentalista pueblo del Medio Oeste gringo, dedicado a la explotación del árbol del caucho en auge durante la revolución automovilística del primer cuarto del siglo pasado. Era un pueblo utópico rodeado de plantaciones, con su campo de golf, cine, hospital para cien camas, cementerio, biblioteca y casas imponentes al estilo Detroit.

La orden expresa de los gerentes de la empresa instalados en esa lengua de tierra negociada con el gobierno de Brasil, a cambio de una participación de 9% de los beneficios generados, era cero curda y putería, mientras se instaba a sus trabajadores (casi todos provenientes de los pueblos cercanos) a practicar la jardinería, bailes de salón y leer poesía.

Ford, abstemio, antisemita, puritano y abanderado del capitalismo más abrasivo, intuyó erróneamente que con su experimento social podría hacer que la vida en la selva fuera transformadora, mientras en paralelo libraba la batalla del comercio mundial en la fabricación de neumáticos y partes de carros como válvulas, mangueras y tapones con su propia producción de caucho, frente al monopolio de holandeses e ingleses que controlaban el mercado.

Pero es que el Amazonas, al parecer, tiene cierto imán para los locos. El Teatro Amazonas, en Manaos, es otra muestra de lo que la fiebre del caucho logró provocar entre ciertos espíritus presumidos: erigir en la selva un teatro de la ópera con una cúpula recubierta de 36.000 azulejos de cerámica decorada, escaleras, estatuas y columnas de mármol de Carrara y 32 lámparas de cristal de Murano, lo que dio origen a la aclamada película Fitzcarraldo, de Werner Herzog, quien también se trastornó intentando filmar sin decorados ni efectos especiales en medio de la franja amazónica entre Brasil y Perú.

En Fordlandia la gente se mamó: frente a la prohibición de alcohol, los trabajadores se escapaban hacia la cercana “Isla de la Inocencia”, rebosante de bares y prostíbulos. En 1930 se amotinaron por la dieta del comedor a punta de avena, duraznos enlatados y arroz integral, desatando violentos disturbios. Tras volver a la calma, el experimento fue decayendo, entre otras cosas porque  ninguno de los gerentes que Ford envió a la selva tenía conocimiento de agricultura tropical, de las plagas, de la competencia del caucho sintético y de las plantaciones asiáticas recién liberadas de la dominación japonesa.

La ciudad de la compañía solo duró seis años y hoy es un pueblo ruinoso, pero de pie, habitado por varias familias invasoras. Henry nunca se apareció por allí.

ÉPALE 259

Artículos Relacionados