ÉPALE262-GABRIEL MISTRAL

SU OBRA, COMO SU VIDA, HA SIDO OBJETO DE UNA EXTRAÑA SEGREGACIÓN ENTRE LOS LECTORES: SU POESÍA FUE IGNORADA O FRANCAMENTE DESPRECIADA, PRIMERO POR AUDAZ Y LUEGO POR CONVENCIONAL

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE •@JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Pasan vainas injustas. De injusticias está llena la historia de los grandes hitos de la cultura. Por ejemplo: el famoso “Poema 20” de Pablo Neruda ha pasado a ser patrimonio casi genético de los hispanohablantes. ¿Cómo así? Bueno, que todo el mundo se sabe, ha oído o leído o CREE haber leído u oído aunque sea el primer verso de ese poema: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. ¿Por qué resaltar el verbo creer aquí arriba? Porque ese verso de Neruda tiene la particularidad de que todo el mundo se lo sabe, incluso la gente que no lo ha leído ni oído nunca. Naciste hispanohablante: ya traes instalado ese verso inútil en la memoria, así como en las computadoras que Microsoft te vende ya viene instalado el Paint: no lo usas nunca, pero ahí está, aunque creas que no está, porque no te importa.

Pero estábamos hablando de injusticias, y queremos hundir el dedo en una en particular. Ese universalmente conocido poema de Neruda es indiscutiblemente cursi y ridículo, y además violenta una de las leyes recónditas del discurso poético: hermano, si usted va a contarnos lo triste que se siente haga el favor de no nombrarnos a la tristeza. No sea obvio, esfuércese: el genio creador consiste en llevar a alguien a ponerlo triste aunque simultáneamente pueda ponerlo a bailar. ¿Que no se puede? Échese una pea y ponga a todo volumen el “Oye, traicionera” que popularizó Pastor López, y después hablamos.

ES EXTRAÑO QUE EN UN TIEMPO EN QUE HA COGIDO CALLE EL DISCURSO DE REIVINDICACIÓN DE LA MUJER FEMINISTA Y LA MUJER MILITANTE, A ESTA NIÑA QUE DECIDIÓ LLAMARSE GABRIELA MISTRAL SE LE RECUERDE MÁS COMO AQUELLA VIEJITA CON GANAS ETERNAS DE SER MAESTRA

Usted alegará que Pablo Neruda apenas tenía 20 años cuando escribió el poema ese, y aquí es cuando toca chapearlo: a los 15 años, víctima de un dolor verdadero y de una tristeza genuina, la joven Lucía Godoy Alcayaga le dedicó unos sonetos a un novio que se acababa de suicidar (parece que el muchacho agarró unos reales de la caja chica de su trabajo para ayudar a un amigo, y como no pudo devolverlos se colgó de un mecate. Ah muchacho pa bolsa; de haber tenido algún asesor en Pdvsa se hubiera salvado de ese destino). La adolescente agarró y le hilvanó esta maraca de himno al amado muerto:

“Del nicho helado en que los hombres te pusieron,

te bajaré a la tierra humilde y soleada.

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,

y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,

y en la azulada y leve polvareda de luna,

los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna

bajará a disputarme tu puñado de huesos!”.

 

¡Aprende, Neftalí!

Se acaban de cumplir 60 años de la muerte de aquella muchacha, que con el tiempo se convirtió en la primera hispanoamericana en ganar un Premio Nobel. La efemérides ha pasado extrañamente inadvertida. Es extraño, sí, que en un tiempo en que ha cogido calle el discurso de reivindicación de la mujer feminista y la mujer militante, a esta niña que decidió llamarse Gabriela Mistral se le recuerde más como aquella viejita con ganas eternas de ser maestra, conocida accidental de Pablo Neruda, y no como su precursora.

Parece que tuvieron un encuentro o varias ocasiones de compartir, hacia 1920, en Temuco. Gabriela Mistral era una hembra hecha de 31 años, directora de la escuela de niñas, y el joven Neftalí un adolescente, que tampoco es que se la pasara jugando videojuegos, pero en materia poética no había pasado todavía de aquellas extrañas metáforas tipo “Te pareces al mundo en tu actitud de entrega”. Con todo, y me perdonan la forma de decirlo pero las demás son muy aburridas, parece que el Neftalí se pegaba a la señora directora y esta, aparte del cuerpo, le regalaba las lecturas que el muchacho no tenía. Es posible que la literatura universal no tenga otro romance al que agradecerle más que a ese.

Gabriela hizo carrera como maestra a pesar de la oposición del gremio de los educadores de su país, que la consideraba una pirata e invasora pues no había estudiado para docente. Y no solo fue educadora sino que escribió docenas de artículos y tratados sobre las formas no convencionales de formar (y no solo educar o “enseñar”) seres humanos. En México desarrolló un sistema anticonvención: las “aulas al aire libre”, que son eso mismo que dice la expresión. Más de cien años atrás Simón Rodríguez había hecho lo mismo en Venezuela, y aquí nosotros lo ignoramos con la misma reciedumbre con que en Chile y México olvidaron a la Mistral. De su profusa obra publicada en libros y artículos en periódicos y revistas, una buena parte está dedicada al rol de la educación pública y el Estado, la pedagogía y los niños.

Como diplomática tuvo también una vida intensa y fructífera, pero no tan fructífera como la sensacional catarata de chismes y comadreos que se desató alrededor de su vida privada. La etiqueta de lesbiana la acompañó siempre; casi tanto como aquel verso nerudiano para idiotas que citábamos, se ha difundido un fragmento de una carta dirigida a Doris Dana, la joven con la que decidió irse a vivir los últimos años de su vida: “Cuando tú vuelvas, si es que vuelves, no te vayas enseguida. Yo quiero acabarme contigo y quiero morirme en tus brazos”. Dana no se fue nunca, y gracias a ella Chile puede enorgullecerse de tener la casi totalidad de los manuscritos y conversaciones de Mistral, custodiados por esta amiga incondicional hasta su muerte en 2004.

“Viví aislada en una sociedad analfabeta cuyas hijas eduqué y que me despreciaba por mal vestida y mal peinada”, escribió sobre un Chile que se cansó de homenajearla y de descuartizarla al mismo tiempo. Sufrió de muchas maneras y ninguna de esas maneras fue la pobreza; sería un justo aunque extrañísimo epitafio.

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