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TODO EL MUNDO (O CASI) LO LISONJEABA EN SU TIEMPO Y ESA LISONJA UNIVERSAL CONTINÚA. PORQUE, SÍ, SU TRABAJO DE INVESTIGACIÓN FUE IMPRESIONANTE, MONUMENTAL. PERO HAY QUE DECIR ALGO MÁS: ESE TRABAJO, EN LUGAR DE EMANCIPARNOS, LE ALLANÓ EL CAMINO A LAS POTENCIAS INDUSTRIALES EN GESTACIÓN

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Marie Elizabeth von Hollwege se casó con un noble prusiano. El nombre de este pendejo no importa; lo que sí importa es que el tipo se murió a mediados del siglo, qué lástima. Marie Elizabeth superó fácil la depresión, ayudada por la fortaleza de su carácter y por el burrundango de montaña de dólares, euros, pesos o maravedíes que el noble le dejó como herencia. Volvió a enamorarse, esta vez de un militar; con él tuvo dos hijos. Cuando se cansó de tener hijos, maridos ricos y suerte, le dio por morirse.

El hijo menor de Marie Elizabeth se llamaba Alejandro von Humboldt. Con la parte que le tocó de aquella herencia, más sus ahorros y los aportes de varias cortes europeas, el prusiano (hoy sería alemán, a secas) decidió ponerle orden a sus ganas de convertirse en un científico serio y comenzó a organizar en 1796 un viaje a América. Era bueno para hacer lobby de altísimo nivel, y en esa lobiadera andaba cuando consiguió una audiencia con el rey Carlos IV, quien tenía eso que llaman visión estratégica. Revisó con atención las credenciales e intenciones de aquel alemán que andaba pidiendo recursos y permisos para explorar América, y le propuso por todo el cañón que le trabajara como geógrafo y le trajera al regreso toda la información que recolectara sobre la riqueza mineral de estas tierras. El interés de Carlos IV eran el oro y otros minerales; algo presentía el estratega europeo, aunque no tenía forma de suponer que la humanidad estaba en los preparativos tempranos de la Revolución Industrial. Así que la contratación de Humboldt fue lo que se llama una decisión acertada.

Humboldt no se limitó a cumplir en el ámbito de la petición del rey sino que se armó de todo el instrumental para sacarle a este continente cuanto secreto fuera posible sacarle: en cinco años de recorridos compiló toda la información que pudo sobre botánica, física, geografía, climatología, oceanografía, zoología, vulcanología, antropología, cultura y tradiciones, política, y en sus ratos libres le entraba por hacerse experto en astronomía. Todo esto sin dejar de parrandear y de ganarse una mala fama de borracho y cogedor de gente del carajo.

El hombre llegó a Venezuela por Oriente, acompañado de otro tótem de la investigación científica llamado Aimé Bonpland. Se bajó en Cumaná y comenzó por dirigirse hacia lo que hoy es el estado Monagas, adonde unos guías lo llevaron para que explorara la Cueva del Guácharo. Allí los guías le dijeron que una de las tareas de Bonpland, que era hacer ilustraciones de la fauna, iba a ser un poco difícil, porque esa cueva es oscura y esos pájaros vuelan muy alto dentro de la cueva. Humboldt le dijo: “Aimé, destácate”; el interpelado sacó un pistolón de la época y de un solo fucazo tumbó a varios ejemplares. Los sacó, los puso donde había buena luz y ahí se hizo los respectivos selfies con los bichos.

LAMECULOS

De muchos latinoamericanos y nativos de otros pueblos expoliados por siglos se dice que no podemos ver a un gringo o catire de apellido raro porque se nos bajan las defensas y las pantaletas. Eso es así a estas alturas del siglo XXI; imagínense cómo era la cosa hace 200 años. Cuando Humboldt y Bonpland llegaron a Caracas, en diciembre de 1799, la reverencia con que los recibieron las autoridades coloniales no fue normal. Aquellos musiús todavía no eran famosos pero traían cartas de recomendación del rey, ni más ni menos. Ni te imaginas el parrandón del fin de año y de siglo; los exploradores durmieron la pea el primer día del siglo XIX (el siglo de la Independencia y otros pequeños acontecimientos) pero al segundo día, nomás para terminar de sacarse el ratón, subieron para el Ávila, así que en estos días se cumplieron 218 años de esa excursión. Los acompañó en esa oportunidad un muchacho caraqueño, medio pajúo pero muy estudioso (o pajúo precisamente por eso) llamado Andrés Bello.

NO ERA QUE HUMBOLDT VEÍA UNA MATA DESCONOCIDA, LA ESTUDIABA Y DESCUBRÍA QUE SERVÍA PARA BAJAR LA FIEBRE, NO SEÑOR: PARA ESO ESTABAN LOS GUÍAS E INTÉRPRETES, PARA SACARLE INFORMACIÓN A LOS NATIVOS

De ahí para abajo su viaje legendario nos marcó como país, como continente y por lo tanto como mina. ¿Por qué decir una cosa tan fea de una hazaña tan fastuosa? Porque el trabajo de compilación de Humboldt y Bonpland no fue gratuito ni puramente científico, sino que representó el mayor trabajo de inteligencia de la historia de una hegemonía sobre unos territorios. Gracias a esos exploradores la Europa en proceso de mutación del esclavismo al capitalismo preindustrial tuvo a su disposición la más gigantesca data de especies animales, vegetales y organizaciones humanas. Cada planta medicinal catalogada de acuerdo con su utilidad, cada grupo humano y formas de adaptación a la geografía y a los procesos políticos: todo cuanto caminaba, crecía, volaba y se arrastraba en estos territorios fue recopilado, retratado, desmenuzado, clasificado en útil, deleznable o inocuo. No era que Humboldt veía una mata desconocida, la estudiaba y descubría que servía para bajar la fiebre, no señor: para eso estaban los guías e intérpretes, para sacarle información a los nativos y entregársela a este emisario de lo que años después sería la industria farmacéutica.

Hay una cantidad de accidentes geográficos, especies y lugares que llevan hoy el nombre de Humboldt y Bonpland. Por ejemplo, dos de los picos más altos de Venezuela. Ni Humboldt ni el otro se acercaron a menos de 800 kilómetros de Mérida nunca de los jamases. Pero tranquilo todo el mundo, prohibido escandalizarse: Humboldt se llama un asteroide y Bonpland es el nombre de un cráter de la luna, y ninguno de los dos se montó nunca en una nave espacial. En la Cueva del Guácharo hay un salón que también lleva el nombre del prusiano, quien, por cierto, al llegar a la entrada de la caverna, una formación monumental de más de 20 metros, la comparó con una columna del palacio del Louvre. O sea, naguará: la naturaleza es tan acojonante, pero tan arrechísimamente arrecha, que una cueva moldeada por ella durante millones de años se parece a un maldito edificio parisino. Qué orgullosos deben estar los orientales.

Estando en Quito le ocurrió algo que a otro personaje le hubiera hecho pedazos la reputación. Pero a él no. Sucede que durante otra parranda sensacional se le vio muy cariñoso y entregado a un joven ecuatoriano llamado Carlos de Montúfar, quien con los años habría de ser uno de los próceres de la Independencia de ese país. Esto molestó sobremanera a otro prócer, colombiano para más señas: no sé si les suena el nombre de Francisco José de Caldas. Parece que Caldas tenía rato buscando acercarse a Humboldt para que se lo llevara de acompañante en su viaje, pero Humboldt prefirió a Montúfar, quien no sabía nada de geografía ni de botánica ni de zoología, pero su familia le aportó unos centavos nada desdeñables para su expedición y Montúfar terminó acompañando a Humboldt y Bonpland por varios lugares de América e incluso hasta Francia. El sensacional despecho de Caldas ha quedado registrado en unas amargas cartas, que dicen, entre otras cosas: “Humboldt se ha hecho acompañar por jóvenes obscenos y disolutos que practican amores impuros (…) se apodera esta pasión vergonzosa de su corazón y ciega a este joven sabio hasta un punto que no se puede creer (…) Humboldt partió de Quito el ocho del corriente (junio de 1802) con Mr. Bonpland y su adonis, que no le estorba para viajar como Caldas”. A Humboldt le preocupaba tanto la opinión de Caldas que, después de sacudírselo, subió con el adonis al volcán Pichincha para explorarlo un poco. Al volcán.

Años después, culminado su asombroso viaje, Humboldt recibió la visita de otro muchacho americano que andaba buscando respuestas o preguntas sobre la Independencia. Ambos presenciaron la coronación de Bonaparte, y si ese acontecimiento atacó de una extraña fiebre a todo el mundo sin haberlo presenciado se imaginarán qué efectos tuvo en aquellos jóvenes, el explorador y el otro, tan curioso como él. Juntos se fueron a Italia, juntos escalaron el Vesubio. Es que ambos eran aficionados a los volcanes; Humboldt subió solo 400 metros del Chimborazo antes que lo escoñetara el frío; el otro lo superaría años después, escalándolo con los restos de un ejército y escribiendo un texto voladísimo que ha pasado a la historia de los delirios grandiosos. Dice en una de sus partes: “Este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. (…) Y arrebatado de la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo”.

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