POR NAILE MANJARRÉS / ILUSTRACIÓN GABRIEL LARA

ÉPALE269-SOBERANÍASSoy sincera. Suelo esforzarme en ello por eso confieso que tengo demasiadas deudas pendientes: admiro a García Márquez y no he ojeado Cien años de soledad; Amo a Eduardo Galeano y no he leído Las venas abiertas de América Latina; soy feminista, madre, y nunca me interesé ni poco, ni mucho, ni demasiado en la lucha por el parto humanizado y eso último me está comenzando a molestar. No es muy complicado hacer que me empiece a cuestionar: ¿Es una contradicción mi insensibilidad? Por mi culpa, por mi culpa, ¿cómo lo puedo reparar?

Caribay, ‘Carita’, Cardozo, mi hermana, una mujer, madre, cantora y militante del Movimiento Tetas en Revolución a cada rato se indigna por cualquier cosa que tenga que ver con amamantar y parir. A cada rato invita con su vida a salirnos de la burbuja de violencia naturalizada porque ¡cuán difícil es a veces ser humanos! Yo le pregunto a Caribay, por qué se indigna tanto, por qué es importante para ella la lucha por el parto humanizado. Ella ya tiene la respuesta clara: “que nos obliguen a no gritar o nos sancionen con indiferencia por hacerlo en el parto, es el acto más maltratador y machista que pueda existir en el mundo”.

Carita me escribe y puedo escuchar en mi mente su tono de voz firme, fuerte, grave, diciéndome “conozco mujeres parturientas que las han atendido de último por ser gritonas. Si me da la gana de gritar, grito y ya. Si ya que te digan que no les gusta que grites en el sexo hace que uno explote de rabia, imagínatelo cuando sientes dolor durante un parto”. Y fue con eso que entendí el peo: gritar no es solo un síntoma de placer, es expresarse como te sale, es un derecho.

Caribay me pone a pensar. A cuántas de nosotras, primerizas, solo por demostrar temor no nos dijeron “ahhh, pero cuando estabas tirando, no tenías miedo…!”. ¿A alguna de nosotras nos explican en qué consiste la cesárea? ¿A cuántas nos cuentan que deben amarrarnos para evitar que nuestro instinto meta las manos? Hago un ejercicio de memoria y recuerdo la aguja inmensa de la epidural, mi cuerpo temblando de frío y la sentencia del anestesiólogo: “No vayas a mover la pierna, porque si la mueves no podrás volver a caminar. Aún recuerdo el frío en la mesa metálica del pabellón, mi desnudez y pedir la mano a algún doctor para entrar en calor. Aún recuerdo la voz del que me dijo NO.

¿A cuántas sin darnos cuenta, nos violentaron? Después de seis años de ser madre, ahora es cuando puedo entenderlo, escribirlo, gritarlo. Ahora sé que no estaba mal querer estar acompañada. Ahora, sé que ese 11 de octubre tuve una hija, pero no tuve un parto, mucho menos humanizado, ni siquiera por haber pagado. Ahora, algún fresquito me da que en Venezuela la vanguardia de las bases populares, hombres, madres y mujeres solteras, se lo estén luchando.

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