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YA ESTAMOS GRANDECITOS PARA SEGUIR INSISTIENDO EN QUE EL SIGNO FUNDAMENTAL DEL CAPITALISMO ES EL COÑOEMADREO. CUANDO TODAVÍA ESTABA EN PAÑALES YA ESE SISTEMA DESTRUÍA VIDAS. POR EJEMPLO, LA DEL HOMBRE QUE MASIFICÓ EL FETICHE DE LA LETRA ESCRITA (E IMPRESA)

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Hace poco leí en algún rincón de esa telaraña que llaman Facebook un comentario del pana Gustavo Borges, que originó unas cuantas carcajadas y más de una reflexión seria. El comentario decía: “El hombre más inteligente que yo he conocido no sabía leer, pero sabía escribir”. Cinco segundos después de analizar la frase ya todo el mundo concluye que se trata de un chiste, pero vaya enterándose: los primeros libros impresos del hemisferio occidental que se conservan fueron escritos por gente que no sabía leer. Pero, ¿sabían escribir? Pues sí, y lo hacían maravillosamente bien. Hacia el siglo XIII (mientras más me lo dicen más me sorprendo de la antigüedad del oficio) a esos hombres, llamados “copistas”, les asignaban un trabajo descomunal, esclavizante: copiar libros enteros (la mayoría de las veces ese libro era la biblia), trabajo que por lo general les llevaba años de labor; las biblias anteriores a la masificación de la imprenta eran “hechas” en diez años.

Hemos metido entre comillas el verbo “hacer” porque ese es el verbo fundamental para entender el tema de la impresión: los copistas agarraban un ejemplar del libro a copiar y, como no sabían leer, entonces se dedicaban a DIBUJAR cada letra. Usted les exigía a esos seres que reprodujeran una frase, como por ejemplo “marico el que lo lea”, y ellos agarraban esa serie de garabatos con una entrega, un cariño y una pasión dignos de mejor causa, y los iban dibujando uno a uno, entregándose horas y a veces días a una chambita extra que les magnetizaba especialmente: agarrar la primera letra (“capitular”, llaman a eso los impresores, diseñadores y demás herederos de ese oficio) y convertirla en un objeto artístico, en una letra única, hermosa e irrepetible. Como no podían leer ni siquiera los insultos dirigidos a ellos mismos, eran los esclavos adecuados para transcribir libros sobre temas heréticos y secretísimos, como el sexo y la anatomía. Como les pagaban poco o a lo mejor ni les pagaban, esos señores se la cobraron con la inmortalidad de sus criaturas: esas “E” espectaculares que sobrevivirán mientras haya planeta y técnicas de conservación del papel, o hasta que al Estado Islámico le dé la gana de incendiar todas las bibliotecas y museos de Europa.

Pero había otros “tipos” más arrechos: los que no dibujaban las letras sino que las esculpían en listones o planchas de madera que luego servían para imprimir páginas enteras. A ese sistema o técnica se le llama xilografía. He dicho y entrecomillado “tipos”; el estallido de genialidad que sufrió Johannes Gutenberg tuvo que ver precisamente con tipos; todavía hoy hablamos de “tipografía” y probablemente no sabemos de dónde proviene esa palabra tan pretenciosa.

CERTAMEN DE ARTESANOS INVENTORES

Según nos han contado, a Gutenberg se le ocurrió primero que a nadie (cerca del año 1440) la idea de ahorrarse el trabajo de esculpir toda una tabla de madera para poder imprimir una página, cosa que tenía varias desventajas, entre ellas el tener que volver a hacer toda una página si el artesano metía mal el dedo y cometía un error en una letra. Gutenberg implementó otra forma de hacer las cosas: imprimías todas las letras y signos (“tipos”) y con ese letra por letra armable y desarmable organizabas las palabras y páginas que quisieras. De paso, las letras las construyó de hierro, pues la madera se desgastaba y al cabo de pocas impresiones quedaba inutilizada. La xilografía quedó así relegada a la función de incluir ilustraciones, y también las letras capitulares, que les daban ese sello romántico y artístico a las páginas.

Pero el “según nos han contado” debe leerse así: la xilografía fue un invento chino (año 200 de la era cristiana), y el “letra por letra”, ese asunto de los tipos, los inventó 450 años antes que él un chino llamado Bi Sheng. Este señor ignorado y ninguneado entre nosotros perpetró además una hazaña ciclópea, monumental. Cuando el alemán Gutenberg lanzó la apuesta de que él podía imprimir 20 ejemplares de la biblia en una fracción del tiempo que un copista empleaba en terminar uno solo, debió fajarse con unos 200 caracteres o tipos construidos por él mismo; Bi Sheng debió armar en porcelana, nada más para ensayar un poco y entrar en calor, 3.000 caracteres del inagotable alfabeto chino. No es culpa de Gutenberg, son cosas de los procesos civilizatorios: hace 3 mil años ya los chinos conocían la seda y por lo tanto el papel de seda. Yo debería entonces estar escribiendo un perfil homenajeando a ese Bi Sheng, pero, así nos llamen colonizados y eurocentristas, seguiremos siguiéndole el rastro a Gutenberg.

Los apologistas de Gutenberg afirman que el hombre hizo “su invento” sin tener noticias de lo que había hecho Bi Sheng cuatro siglos antes, y tal vez tengan razón; era muy pobre la Wikipedia de esos tiempos. La Wikipedia se llamó Marco Polo, quien en 1295 se dedicó a regar por Europa todos los chismes de lo visto y conocido en su viaje a China, y antes de Marco Polo ya se habían extinguido los bachaqueros más antiguos de la humanidad, caminantes de aquella Ruta de la Seda (400 años antes de Cristo) por la que fluían las mercaderías y noticias entre China, Europa y África sin que ninguna Guardia Nacional pudiera atajar ese contrabando internacional tan boleta. Hacia el 1234, en Corea se había perfeccionado la imprenta de Bi Sheng; los coreanos decidieron hacer aquellos tipos, no de porcelana sino de metal, así que tampoco fue el alemán el primero en emplear ese material resistente al desgaste. En Europa se habla de un tal Mentelin, de otro tal llamado Panfilo Castaldi; de Aldo Manuncio y Lorenzo de Coster, todos nacidos entre los siglos XIV y XV, como inventores o precursores del sistema llamado después “imprenta”. Ninguno de ellos nació tan lejos en el tiempo como el Bi Sheng. Pero este trabajo sigue siendo sobre Gutenberg.

Y LO QUE SE SABE DE GUTENBERG ES QUE, SIENDO UN PELABOLAS, SE ENTREGÓ A SU CREACIÓN JUSTO EN EL TIEMPO EN EL QUE EL CAPITALISMO COMENZABA A CALENTAR LOS MOTORES

Otra cosa tenían en común Bi Sheng y Gutenberg: eran trabajadores manuales, obreros y artesanos en el sentido estricto de la palabra, y por lo tanto seres explotados, vejados y humillados. Las biografías disponibles del chino dicen: “… fue un plebeyo (probablemente esclavo) y por lo tanto no se sabe nada de sus ancestros”. Y lo que se sabe de Gutenberg es que, siendo un pelabolas, se entregó a su creación justo en el tiempo en el que el capitalismo comenzaba a calentar los motores. Pidió varios préstamos para financiar la impresión de su primera biblia. Un Johann Fust le hizo ese préstamo y Gutenberg se juntó con otro ser olvidado e ignorado, llamado Hanz Riffe, para empezar los trabajos. Al cabo de un rato se quedó sin plata ni posibilidades de pagarle a Fust, y por supuesto este “socio”, justo con un familiar llamado Schoffer, le robaron la obra en curso y el invento, le patearon las nalgas y se quedaron con el artefacto y con las ganancias. A cambio de toda su hambre, los delincuentes imprimieron en la primera página de un libro impreso en 1502: “Este libro ha sido impreso en Maguncia, ciudad donde el arte admirable de la tipografía fue inventado en 1450 por el ingenioso Johannes Gutenberg y luego perfeccionado a costa y por obra de Johann Fust y de Peter Schöffer…”.

“Gran verga”, diría el esqueleto de Gutenberg, y aquí reside el porqué de la simpatía que nos genera este personaje, así no haya inventado nada o casi nada: se trata de un trabajador que un día tuvo la sospecha de que podía hacerse rico, pero terminó arruinado y despojado de su propia imprenta pocos años antes de morir en el cuarto donde lo hospedó el obispo de Maguncia (parece que además le echaba un plato o dos de comida, cada vez que llegaba el CLAP), a los 68 años. Al buen Johannes no lo jodieron dos socios. Lo jodió personal e individualmente el espíritu fundamental del capitalismo, pero su aporte fue herramienta para un salto adelante: treinta años después de su muerte ayudó a propagar las ideas que destruyeron el feudalismo, y medio siglo después estaba cocinándose la Revolución Industrial. Tarea: pensar y armar, como en una imprenta tipográfica, los datos “Gutenberg”, “hierro”, “Nuevo Mundo”, “industrialización”.

Dijimos por allá arriba que el signo del proceso civilizatorio es el coñoemadreo. Agréguense estos otros signos: la velocidad (llamada también lucha contra el tiempo, como si esa lucha fuera posible), la vejación de seres humanos y la destrucción de la naturaleza. Aplíquese ahora al caso de la industria editorial: los libros antiguos y los actuales, como los crímenes y obras luminosas de la humanidad, tienen autores intelectuales y ejecutores. Estos últimos son trabajadores, gente que hace cosas perdurables o perecederas con las manos, y a cambio suele resultar muerta y/o humillada. Cada vez que nos quejamos de que “internet está lento” deberíamos pensar en aquellos copistas que invertían una década de sus miserables vidas para entregarle un maldito o bendito ejemplar de la biblia a la iglesia. Y en cuanto a la destrucción de la naturaleza, pues fájese a resolver todas las paradojas que quiera: cuando una publicación deja de circular tal vez haya que celebrar la muerte de menos árboles, pero entonces habrá que pensar en los esclavos, las guerras e invasiones propiciadas por el coltán. Agarre ahí esos elementos y dedíquele un buen domingo a analizarlos. Eso así: con paciencia de copistas, que eso es lo que somos todos al final: ahí nos tiene, hablando de criptomonedas, big data, sicología de masas, relaciones humanas, sin saber un coño de lo que estamos transcribiendo.

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