ÉPALE 236 MITOS

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

La jefa, en plena reunión de pauta, confesó no tener ni idea de quién era ese tal Haile Selassie. Varios, entre ellos quien escribe, advertimos nuestro mar de conocimiento y casi nos desfogonamos por una auténtica erudición sobre el mítico emperador etíope, raíz del movimiento rastafari, promotor lejano del reggae y casi papá de Bob Marley. Jurábamos, jactanciosos y confiados que la trascendencia del León de Judá, Elegido de Dios, Potencia de la Trinidad, Rey de Reyes se resumía en un buen tabaco de ganja, los pelos enredados y enhiestos hasta los tobillos y una sabrosa trona al compás cadencioso de No Woman, No Cry. Patinamos, para variar, entre los estigmas y la liviandad, cayendo en las trampas de la simplificación que Rafael Correa definió para otros ámbitos, perfectamente aplicable a este caso: “Populismo es el término de las élites cuando no entienden lo que está pasando”. Como a los poetas, a los gobernantes los corona el tiempo. Por eso, concluir, a estas alturas, que era un déspota o un dios, a lo mejor sigue siendo ligero. Si nos dejamos arrastrar por las interpretaciones de quienes difícilmente podían traducir una realidad que les superaba, concluimos que era un trimardito.

Ryszard Kapuscinski, mimado periodista polaco de ética dudosa pero con una pluma maravillosa, recogió sus impresiones en un texto abrumador, El emperador, donde lo convierte casi en una caricatura. En resumen, lo describe como un tirano con alma, enano siniestro y excéntrico que, entre satrapías de palacio, ascendió al trono en 1930 como descendiente del Rey Salomón bíblico y la reina de Sheba para hacer un uso abusivo del poder, al que se sujetó durante casi 45 años. Si nos orienta otra gran cronista, Oriana Fallaci, admirada por las escuelas de periodismo hasta que enloqueció luego de los atentados terroristas al World Trade Center de Nueva York, tras los cuales sugirió a las fuerzas aliadas acabar con el mundo musulmán, Selassie era un criminal que sometía a su pueblo a las peores hambrunas. Lo acusó, subrepticiamente, de ser admirador de Mussolini, desconociendo que en los años 30 combatió ferozmente y como pudo al fascismo que invadió sus tierras, frente al silencio cómplice de las potencias del mundo. Sin embargo, durante el encuentro de la Sociedad de las Naciones, en 1936, el emperador en el exilio sentenció, con un discurso anticipatorio: “Yo, Haile Selassie Primero, estoy aquí para reivindicar los derechos de las pequeñas naciones agredidas con la complicidad de las grandes naciones…”.

En las antípodas geográficas y sentimentales surgió, al comienzo de su reinado, una veneración —movida por las profecías bíblicas— que atribuyeron la divinidad a Selassie, por lo que surgió el deseo de los descendientes de esclavos de volver a África. El rastafarismo surgió entre la población de clase trabajadora en Jamaica y lo hizo en defensa de la supremacía negra, la hegemonía del bien sobre el mal, siendo el negro el color del bien. Selassie, encarnación de Cristo según el catolicismo ortodoxo etíope (el más viejo de África, que data del siglo I después de Cristo), gobernó hasta 1974, cuando fue depuesto tras una revuelta instigada por un ala militar. En agosto de 1975 se anunció su fallecimiento por circunstancias sospechosas, y lo que se desató después, como siempre, fue un ventetú sangriento que no reconoció ninguna santidad en la Tierra. Muchos, incluso, aseguran que su muerte no ocurrió y que aún vive, imperecedero, en un claustro aislado de la geografía africana.

 

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